El cubano y la tiñosa

A veces, cuando mi mente se abre a la reflexión pienso en la suerte que pueden estar corriendo las auras tiñosas.

Estos buitres caribeños que señorean en el cielo cubano nunca han gozado del afecto popular. Prejuicios y fetiches siempre le han acompañado. El miedo que suscita el vuelo de la tiñosa sólo es comparable al que provoca la terrible mirada de una lechuza.

"Me parqueó una tiñosa" se dice cuando alguien se refiere a una mala noticia recibida. "Es un tiñosero", cuando alguien nos contradice o se nos opone. Pero quizás el único enemigo natural de importancia para estas aves haya sido el hombre.

Hoy, sin embargo, entre el hombre y estas aves carroñeras se ha establecido una curiosa y contradictoria relación en la que se mezclan la ayuda y la competitividad.

Los mejores amigos de la tiñosa son esos hombres dedicados al sacrificio ilegal del ganado a los cuales inapropiadamente la voz popular identifica como "matarifes." Asediados por el gobierno parecen contar con la complicidad ciudadana, tal vez porque posibilitan un alimento cuya presencia en el hogar es tenida como complicidad con el enemigo imperialista.

Estos fantasmas de la noche en sólo unos minutos derriban al enorme vacuno y cargan habitualmente con los cuatro miembros motores donde se concentra la mayor parte de la carne. El resto es donado con desintencionada generosidad a la bandada de buitres que en vuelos concéntricos celebran el festín. En pocas horas poco habrá quedado del animal sacrificado.

Casi todo el ganado tasajeado ilegalmente es propiedad del Estado. La razón es bien simple: un particular cuida tanto a su vaca como a su vida. Si la pierde se queda sin vaca, sin leche y con una fuerte multa que le impone el gobierno. ¿Por qué? Por haber sido negligente con su cuidado, alega el Estado. Pienso que la razón verdadera reside en que para las autoridades un hombre vale menos que una vaca.

En otro sentido el hombre es un fuerte competidor de la tiñosa.

Aquel "caballo muerto en la carretera" es inconcebible en la actual realidad cubana. Aún tengo en el recuerdo cómo el ganado vacuno o caballar atropellado en la carretera era el principal sostén alimenticio de la tiñosa. Las grandes y medianas fincas ganaderas sabían de la res accidentada por el vuelo circular de las tiñosas.

Hoy, la res que muere atropellada o "por causas misteriosas" atrae sobre sí a una procesión de hambrientos vecinos. En frenético arrebato, saco al hombro, cuchillo al cinto, machete en la mano derecha y cubo en la siniestra, se precipitan sobre los despojos del animal en lucha tenaz y contagiosa donde los primeros en llegar (o los más fuertes) llevarán la mejor parte.

Cuando el acontecimiento llega a oídos de las autoridades sólo queda de la res un poco de tripas dispersas sobre el lodo ensangrentado como muestra de la desigual distribución entre el hombre y la tiñosa.

Y así, tiñosa y hombre llevan su vida. Ambos recordando los días en que Cuba era una de las principales potencias ganaderas del continente. Entonces, y a su manera, ambos comían de la carne que hoy es privilegio de turistas o de la gente de "arriba". Pero los hombres de abajo hemos aprendido mucho de las tiñosas. A tal punto que comemos casi todo lo que se mueve y respira.

Y si fuera verdad que el vuelo de la tiñosa es presagio de aniquilación, les pido por su suerte y la mía, que desplieguen sus alas sobre esta realidad cubana, aniquilando el dolor y disipando las sombras.

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