Opinando sobre Cuba

Aguante cubano

Nos discriminan, nos imponen dos monedas, excesivos precios en productos y servicios, y luego nos reprimen si disentimos.

En conversaciones que he sostenido con compatriotas y extranjeros ha surgido la pregunta de por qué los cubanos hemos aguantado tantos abusos del castrismo.

La interrogante tiene su causa en las discriminaciones a las que estuvimos y estamos sometidos, en la existencia de un doble sistema monetario, los precios excesivos de servicios y productos y el uso indiscriminado de la represión ante el menor signo de disidencia.

Pero quienes preguntan olvidan circunstancias históricas ineludibles, porque el daño antropológico que el castrismo ha causado al pueblo cubano tiene su génesis en la lucha de la Sierra Maestra y la clandestinidad. Tampoco puede olvidarse que lo que un día fue la revolución cubana gozó de la abrumadora simpatía y apoyo del pueblo porque su programa político y económico se sustentaba en la restauración de la democracia. Medidas de indudable repercusión popular en un país donde hasta entonces el pueblo fue considerado una entelequia por los gobernantes garantizaron un apoyo extraordinario al castrismo, que, usándolo, fue capaz de convertir la más mínima crítica en un acto contrarrevolucionario y así legitimar la represión “en nombre del pueblo”, aunque los reprimidos formaran parte de él.

En abril de 1961 un grupo de enardecidos milicianos, “en nombre y representación del pueblo de Cuba” sin que nadie les concediera ese derecho, aceptaron la proclamación del carácter socialista de la revolución hecha por Fidel Castro en 23 y 12, un ejemplo típico de manipulación de las masas.

El control absoluto de la educación, los medios de difusión, el sometimiento de toda la población a una vigilancia que abarcó la telefonía, la correspondencia y hasta la vida privada, unidos a que el progreso familiar e individual quedó indisolublemente vinculado a la fidelidad al régimen, fueron, entre otras, prácticas suficientes para establecer el férreo control del castrismo sobre la sociedad. Cuando en octubre de 1965 se constituyó el Comité Central del Partido Comunista de Cuba, se formalizaba políticamente otra dictadura de izquierda que, de facto, existía desde 1959.

Quienes osaron enfrentarse al régimen totalitario lo pagaron con la muerte en combate, el paredón, la cárcel, el exilio forzado o el ostracismo.

En la década de los setenta surgieron los adelantados de la oposición pacífica. Comenzó a formarse la trama de una nueva conciencia y aunque el régimen continuaba gozando de apoyo popular era evidente el descontento, como lo demostraron los sucesos de la embajada del Mariel y sus secuelas.

El período especial fue otro punto de giro. Todavía los avances de la sociedad civil independientes eran lentos, aunque más visibles. Sus protagonistas contribuyeron a revelar otra Cuba inexistente en los medios oficialistas. A ello contribuyó enormemente Radio Martí.

La postura de Fidel Castro, negado a admitir el fracaso del socialismo real que él copió fielmente, unida al desabastecimiento, a las salidas del país de importantes figuras de la cultura, el deporte y la política, al fortalecimiento del éxodo masivo de cubanos, al surgimiento de marcadas diferencias sociales y fenómenos como el apartheid turístico, la despenalización del dólar y la prostitución, aumentaron el descontento popular.

A partir de entonces la sociedad civil comenzó un marcado ascenso. Los espacios que ha conquistado se deben a su valor y constancia. La represión aumentó, pero gracias a eso el pueblo sabe que la policía sí golpea y encarcela a hombres y a mujeres por el sólo hecho de reclamar pacíficamente el cumplimiento de derechos humanos que el castrismo vulnera de forma masiva y reiterada.

Todo ocurre con la complicidad de la Fiscalía General de la República y los tribunales. Los opositores cubanos carecen de derechos. A la complicidad de las instituciones estatales se une la no menos vergonzosa de numerosos gobiernos del mundo cuyo último acto cínico ha sido elegir a Cuba como miembro del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

¿Hasta cuándo?, preguntan algunos, olvidando que ser opositor pacífico requiere de una gran dosis de humildad y valor. Cualquiera puede asesinar por la espalda a un policía como hacían los miembros del 26 de Julio, o poner una bomba en un cine o un establecimiento público. Si la oposición pacífica comenzara a hacer eso, si se levantara en armas —si es que las consiguen pues una de las primeras medidas de la dictadura fue eliminar las armerías— seguramente el castrismo y sus infaltables testaferros elevarían sus gritos a sus cómplices en la ONU para denunciar a los “terroristas” y acabar con ellos, con la anuencia de los gobiernos que alaban a la democracia mientras apoyan al castrismo.

Pero no hay nada como un día tras otro. A pesar de las campañas difamatorias, las discriminaciones y los abusos, el pueblo mira. Es una lucha larga, pero al menos los opositores no tendrán que echar sobre sus conciencias la muerte de ningún otro cubano. Su mérito es que luchan pacíficamente hasta por los cobardes que hoy los golpean, discriminan y sancionan.

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