Opinando sobre Cuba

¿Irse de Estados Unidos?

Algunos amigos y conocidos habían dicho antes del 8 de noviembre que si salía elegido Trump como presidente "se irían de los Estados Unidos". Todos son cubanos. Todos emigrantes. Todos han tenido en este país las oportunidades que jamás soñaron en su patria, donde casi ninguno fue nada ni hizo nada para merecer las dádivas de este, su país de adopción. Hoy todos están aquí, a pesar del éxito trumpista, pero se ven disgustados, tensos, sensitivos, no se puede hablar de política con ellos. Para estos amigos y conocidos, irse es la solución. El abandono como castigo; dejar el lugar como si fuera una condena al otro y no lo que es, ceder el derecho de permanencia.

En parte como sanción, en parte como conducta estimulada, o por conveniencia individual, marcharse de la Isla ha sido desde los tiempos de la colonia una manera de resolver un problema. Pero entre el destierro como pena y el auto-destierro como opción voluntaria hay enormes diferencias. Una cosa es que usted se vaya de un sitio porque peligra su vida o la de su familia, porque el acoso político y las oportunidades de ser persona se le cierran, y otra es emigrar porque en la Isla usted tenía una bicicleta y vivía con sus suegros, y aquí, en Estados Unidos, usted podría tener un automóvil y vivir solo.

Hace mucho tiempo que los sociólogos han establecido la norma de que a mayor sacrificio de entrada, a mayor dolor inicial, mayor compromiso y entrega a la causa, a un líder. No por gusto ciertos partidos políticos, la mafia y otras organizaciones sectarias hacen a la membresía pasar duras pruebas que pueden ir desde cometer un crimen hasta demostrar una brava combatividad social. No es lo mismo ser balsero aéreo, que marítimo o terrestre —la reciente estampida sur-centroamericana. No es lo mismo haber sido separado de la familia durante años por prisión o disposición ministerial y reencontrarse con ella en el exilio, que haber viajado todos juntos en el mismo avión durante 40 minutos, y llegar a un Miami moderno, bombo mediante.

Los estudios sobre emigración cubana y sentido de pertenencia y referencia al país receptor, en este caso Estados Unidos, adolecen de ese elemento importante, diríase definitorio, a la hora de pronosticar ideas y conductas de nuestros compatriotas en la diáspora. Es lógico pues, que la mayoría de las encuestas en el sur de la Florida apoyen el fin del embargo y las nuevas relaciones con La Habana, ya que un porciento cada vez mayor de cubanos llega a este país sin haber sufrido cárcel, vejaciones, familiares fusilados. Una vez en territorio norteamericano, los emigrantes cubanos de nuevo tipo reciben sellos de alimentos, cuidados de salud, facilidades de estudio. Esa masa indemne diluye el llamado exilio histórico, herido y cada vez menos protagónico.

El Obamato ha sido una suerte de endorso a ciertos individuos que vieron, literalmente, los cielos abiertos para viajar a la Isla al año y un día como cualquier hijo de vecino. No es que esté mal, humanamente hablando. Es que es contradictorio, contraproducente, éticamente incorrecto. Las leyes norteamericanas protegen a los cubanos de esa manera porque suponen peligran sus vidas y la de sus familiares; porque el régimen los persigue, los acosa, porque disienten y enfrentan un régimen feroz, asesino. ¿Cómo explicarles a los demás el jolgorio de isleños que todos los días abarrota el aeropuerto de Miami llenos de maletas, paquetes y sombreros para ir al mismo lugar del que, dicen, tuvieron que irse?

Muchos de esos compatriotas intuyen que las cosas pueden cambiar con el gobierno de Donald Trump. Lo que ha sucedido, Cámara, Senado y Ejecutivo republicanos —que no es del todo bueno— inclinará la balanza de modo peligroso para quienes, hasta ahora, se han beneficiado de una política errática, circunstancial. Hombre de negocios, Trump abrirá las puertas por donde salga y entre el dinero. La política estará en función de esa matemática y no al revés. Ni un solo cheque en blanco al portador. Entonces… ¿cambiaran las cosas para los cubanos en el sur de Florida?

Teniendo en cuenta a los congresistas reelegidos, y la presencia del senador Marco Rubio nuevamente en el capitolio, la Ley de Ajuste y algunas disposiciones anteriores que suavizaban las relaciones con Cuba serán revisadas quizás antes de los primeros 100 días del nuevo Gobierno. El presidente electo, a quien algunos tildan de "mafioso", tiene una deuda de gratitud con el sur floridano, y en la famiglia las deudas no caducan. Podría alterarse el flujo de cubanos en ambos sentidos. Y de modo indirecto, la telaraña de negocios e inversiones que entre La Habana y Miami se ha estado tejiendo durante ocho años.

En vez de un muro, Trump podría construir un puente sobre el Estrecho de la Florida. Pero no dependerá de Estados Unidos. Y por el puente no pagarán ni un solo centavo. Los compatriotas que hasta ahora han vivido de "mulas" gracias a que están deshabilitados, tienen pensiones, sellos de alimentos y salud casi gratuita, deberán buscar otro trabajo, o como dicen amigos y conocidos, "irse de nuevo".

Emigrar es una elección más o menos voluntaria; depende de cuánto se haya sufrido, de cómo se haya alcanzado, en cómoda barca o nadando contracorriente. Quedarse y seguir las leyes es una muestra de gratitud; un gesto de decencia para quien brindó el salvavidas cuando estábamos a punto de ahogarnos.

Francisco Almagro Domínguez - Diario de Cuba

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