Opinando sobre Cuba

Cuba y España: una compleja (y descuidada) relación

España y Cuba mantienen desde hace ya bastantes años una compleja (y descuidada) relación que, en estos tiempos, donde las señales de cambio, a veces contradictorias, se manifiestan en diferentes escenarios, es preciso no perder de vista para contextualizar de la manera más precisa posible cada acción u omisión que protagonice cualquiera de los actores implicados.

En este contexto es donde precisamente ha de enmarcarse la visita a La Habana del ministro García-Margallo. No debe pasarse por alto que el ministro García-Margallo ha sido recibido por el presidente Raúl Castro el pasado lunes 16 de mayo después de un primer intento frustrado, que resultó ser un estrepitoso fracaso, cuando visitó Cuba en noviembre de 2014, y en el que esperaba ansiosamente ser invitado por el presidente cubano. Esta circunstancia es muy significativa y elocuente, y dice mucho de la calidad de las relaciones entre Cuba y España. El acercamiento entre países, y máxime entre Cuba y España, exige un profundo conocimiento de los códigos no escritos de ambas partes. La ignorancia, o el menosprecio, de los mismos abonan el camino del desencuentro. Como la historia reciente está demostrando.

La llegada al poder del presidente Aznar en 1996 supuso un punto de inflexión en las relaciones entre ambos países, constituyendo la promoción ante las instituciones europeas de la Posición Común un elemento clave que ha condicionado grandemente las relaciones entre la Unión Europea y Cuba; asimismo, el presidente Aznar estableció una profunda y fluida relación personal y económica con el sector más reaccionario del exilio cubano representado por Más Canosa. No puede entenderse la relación entre Cuba y España hoy sin poner en valor los antecedentes históricos. La conciencia histórica del pueblo cubano no olvida estos gestos, y otros tantos más, en un momento de profunda crisis económica y moral, después de la implosión de la Unión Soviética. Durante el «período especial», Cuba necesitaba sentir el aliento de España.

La incertidumbre volvía a acechar de nuevo como ya ocurrió en el viaje anterior. Al igual que en noviembre de 2014, en la agenda del viaje de mayo de 2016 a Cuba del ministro García-Margallo no estaba confirmado si el presidente Raúl Castro recibiría al ministro español. Es un dato muy significativo y relevante en el particular juego de las relaciones diplomáticas entre ambos países. Habiendo permanecido en la isla durante tres días, la invitación oficial a dicho encuentro no fue confirmada hasta unas horas antes de partir para España. La expectativa sobre el desenlace final se mantuvo en vilo durante toda la estancia en Cuba. El sentido final del viaje se definió casi en el tiempo de descuento. El significado político de este modo de operar por parte de la diplomacia cubana resulta evidente, como lo hubiera sido la contraria: que el presidente cubano no cursara la invitación al ministro español. El lenguaje manifestado en este modo de proceder adquiere en este caso un especial énfasis que demanda una interpretación rigurosa para deducir el mensaje que el anfitrión ha querido transmitir. Ningún gesto es gratuito, y mucho menos en este caso si lo enmarcamos en la complejidad de las relaciones entre ambos Estados. Esta situación, junto con otras de similar naturaleza, debe contribuir, después de una profunda autocrítica, a redefinir y clarificar de cara a un futuro, que ya es casi presente, la posición de España en un tablero internacional donde EE UU jugará un papel muy importante.

Después de este simbólico acercamiento de carácter menor entre Cuba y España resta a partir de ahora una ingente tarea a desarrollar por parte de ambos gobiernos (en el caso de España será, desde luego, el del presidente que reciba la confianza del Congreso de los Diputados, independientemente del número de escaños que obtenga) para reconstruir una estructura de relaciones que debe encontrar su fundamento en la confianza recíproca, la lealtad, la igualdad y el respeto mutuo. Y una especial sensibilidad (que, sin duda, dependerá de los grupos parlamentarios que apoyen al nuevo Gobierno en la investidura). Se vislumbra con trazos borrosos un tiempo nuevo inmerso en profundas incertidumbres.

José Chofre Sirvent

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