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Miami fue una fiesta

La capital de Cuba habita doblemente en el imaginario de los cubanos: la sombra de lo que fue la Habana señorial en la isla y la Habana trasplantada que se asentó en Miami desde el triunfo de la revolución castrista en 1959. Así fue cómo el corazón de la diáspora comenzó a palpitar en la Calle Ocho, verdadero símbolo del exilio cubano.

Mientras en Cuba apenas nadie salió a festejar o llorar la muerte de Fidel Castro tras el anuncio televisado que hizo su hermano Raúl al filo de la madrugada, a noventa millas del Estrecho de la Florida la noticia recorrió los barrios y la gente se echó a la calle para al fin celebrar la muerte del anciano dictador.

Ha sido una noche intensa y muy emotiva en la que tres generaciones (los abuelos, sus hijos y nietos cubanoamericanos), y las distintas oleadas del destierro (el exilio histórico de los años sesenta, la generación del éxodo del Mariel en 1980, la crisis de los balseros en 1994, la más reciente Generación Y) se fundieron en abrazos y sollozos compartidos. Cada cual tenía una historia que contar y no siempre el exilio ha estado unido, pero la madrugada el 26 de noviembre todos los muros se derrumbaron para vitorear la desaparición física de quien tanto daño le ha infligido al pueblo cubano.

Contrario a lo que durante años se había esperado, que un buen día Fidel moriría de modo fulminante y su gobierno colapsaría para dar paso a la transición, el viejo comandante se aferró tan tercamente a la vida como lo hizo al poder. Ni su enfermedad, ni sus achaques, ni su decrepitud creciente le impidieron mandar a la sombra a la vez que ungía como sucesor de la dinastía a Raúl. Esa era la única transición que vivirían los cubanos dentro y fuera de la isla. Garantizar el inmovilismo y la supervivencia del castrismo.

Así fue cómo poco a poco se apagó en Miami la ilusión de vivir ese momento tan ansiado de su muerte y un posible cambio. Periódicamente se propagaba el rumor de su muerte y en el popular restaurante Versailles, termómetro del sentir del exilio, se arremolinaba la gente en torno a ingentes cantidades de café cubano, dispuesta a conversar durante horas sobre una muerte inminente que nunca se materializaba. Fidel no acababa de irse de este mundo y ya nadie apostaba por la explosión en las calles. La comparsa del estallido de la alegría. La tan socorrida catarsis colectiva.

Anticipamos y fantaseamos sobre los posibles escenarios de la muerte mil veces anunciada del tirano de turno, pero al final no hay manera de imaginar la crónica que escribiremos cuando llega el instante porque la realidad nos desborda: la multitud se echó a la calle espontáneamente y ante los medios de todo el mundo lloraron, rieron, rumbearon y también evocaron los episodios más negros de un régimen implacable que los arrojó de su tierra.

La madrugada del 26 de noviembre en La Pequeña Habana y en las zonas tradicionalmente cubanas como Westchester o Hialeah se han recordado a los familiares que pasaron por el presidio político; los años tenebrosos de la hambruna que se pasó en el periodo especial; los seres queridos que murieron en el mar intentando huir; los actos de repudio que sufrieron los que salieron por el puerto de Mariel; tantas y tantas familias separadas por un cruel y ancho mar. Tantos y tantos años de represión, pobreza, miedo y persecución.

Miami amanece de resaca como si la celebración del Año Nuevo se hubiese adelantado con las campanadas negras de la muerte. Ha habido bengalas, brindis, caravanas de autos, multitudes en las avenidas, confeti, infinidad de banderas cubana smecidas por la brisa del suave invierno miamense. Fidel Castro ha muerto, lo que no significa que con él se entierra a la dictadura, pero su fin terrenal une algo más a los cubanos dentro y fuera de la isla. Se divisa el horizonte en las dos orillas. No todo es el océano profundo y oscuro de más de medio siglo de dictadura.

En Cuba no han hecho más que empezar las exequias por la defunción del ex gobernante y el duelo durará nueve días. En Miami recién comienzan las celebraciones que son la negación de la liturgia oficialista. El culto a la personalidad. El adiós al gran timonel. El padrecito de la patria. En esta otra Habana próspera y libre que los exiliados han forjado con mucho trabajo y sacrificio se repite lo que cantaba la gran Celia Cruz (tristemente ella no pudo ver tan ansiado día): a Fidel le ha llegado su hora en este gran carnaval que es la vida. Duelo oficial en la isla y júbilo en Miami. Son las dos caras de un mismo pueblo que Fidel Castro separó sin piedad. Un corazón partido en dos. Son muchas las lágrimas derramadas en las dos orillas.

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