Humor cubano

El largo y tortuoso camino del bocado

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Soy un bocado de picadillo de soya y para el que no sepa qué es un bocado, les aclaro que soy un mazacote compuesto por carne (0.000001%), tripas y tendones ( .00002%) y algo de soya (0.005%), el resto es detritus infecto del sitio donde me procesan y que eufemísticamente han dado en llamar Combinado Cárnico y que está en un lugar de la Ciudad de la Habana.

No vale la pena relatar cómo llego hasta allí, eso es otra historia.

Hoy voy a narrar mi recorrido desde que entro en la boca de un cubano hasta que soy excretado por el ano.

Desde el plato hasta la boca viajo montado en una vieja cuchara de aluminio y me acompaña un poco de arroz blanco( sin escoger) por lo que van también algunas piedras y virutas que me hacen el viajecito más placentero, pues aunque no me dirijan la palabra, están ahí, inertes e indiferentes y me hace sentir menos sólo, la soledad es más llevadera para este montón de mierda comestible.

El viaje es corto y lleno de vaivenes, la cuchara la sostiene una mano septuagenaria y temblorosa, tan temblorosa, que algunos granitos de arroz caen al abismo( a la mesa y al suelo).

Logro llegar a la boca, por fin.

Ohh, se abre como una caverna oscura, las paredes están llenas de cicatrices-mordidas, seguramente-; los escasos dientes conforman una empalizada desigual y podrida, con cavidades malolientes y granos pretéritos incrustados en ellos, como diamantes engarzados en preciosas joyas antiguas. Pero no son joyas, ni diamantes, es pudrición, decadencia.

La lengua saburral me envuelve como un tornado y me transporta de aquí para allá, dando bandazos ni ton ni son. Ya no estoy en la cuchara. La saliva es espesa y me siento como el practicante de surf, eso en un principio, luego la secreción salival se transforma en tsunami. Subo y bajo dentro de la boca, mi composición es endeble, no se necesitan muchos dientes para masticarme, y en efecto, no los hay, para suerte mía. Huyo de los pocos que hay y que están entretenidos masticando las virutas y las piedras con el poco de arroz que entró conmigo, pero la saliva ácida y espesa me está corroyendo todo. Soy un bocado de soya, o eso dicen en la carnicería donde me compraron hoy por la libreta de abastecimiento.

De improviso la cueva se abre de nuevo y penetra una nueva horneada. No me han masticado suficiente, pero no importa, ya llega mi relevo y con cierta dificultad me tragan. Me veo impulsado a través de lo que parece un tobogán y que compruebo para sorpresa mía que es un largo tubo tortuoso y que como una lombriz posee anillos que me impulsan con trabajo hacia abajo, hacia el estómago.

“Ahora me va a coger el ácido y me va a hacer mierda, más mierda de lo que soy” pienso. Pero no por mucho tiempo. Ya estoy en el estómago. Pensé que esto era más grande, me lo imaginaba. Pero estoy en el estómago de un cubano de a pie. Es angosto y el ácido que llega hasta mi es débil. Y eso que decían que esto era como el salfumante ( ácido clorhídrico), pero no, no pasa mucho conmigo. No puede pasar demasiado.

Las paredes son lisas y casi transparentes, algunas células me miran asustadas. Hacía días que no entraba allí ningún intruso. Eso se nota en sus caras, me observan, olisquean mi composición y actúan tímidamente. Menos mal. Pensé que era mi fin.

En el estómago estoy un tiempo, quizás media hora o un poco más, desde arriba, de vez en cuando, lanzan pocos de agua llena de parásitos ( larvas, lombrices y microbios sin clasificar), van cayendo y ellos tampoco reciben muchas agresiones. Aquí no hay consignas que los puedan detener. Se van colocando donde pueden. Algunos se adhieren a las paredes del estómago y las taladran, otros se pegan a ellas, provisionalmente sin intentar nada; los más atrevidos se van tras de mi cuando soy propulsado hacia el duodeno y se meten por ahí, van hacia la vesícula biliar ( a colonizarla, a estrujarla).

En el intestino delgado me reciben unas cuantas enzimas que pasan de largo, son las que absorben el hierro. Las oigo cuando se alejan comentando: “Más porquería, de ahí no se puede sacar nada de hierro, ni minerales, esto cada vez está más jodido”

“¡Qué bueno, no me han tocado!” me digo. Y sigo mi avance. Lo que me espera de ahora en adelante no es jamón. Siete metros de intestino delgado y luego unos metros de grueso. “Me encontraré con mucha porquería por delante” pienso.

Es un largo camino, lleno de ventosidades, pero sin pestes, no hay mucho que pueda apestar. Todo aquello está vacío como el túnel de La Habana en pleno período especial. Se ve que este vejete vive en una perenne carencia de condumio.

En el intestino grueso, al cual llego al cabo de los dos días de iniciado mi trayecto no hay ni agua. Aquello es indescriptible. Paredes atrofiadas, movimientos peristálticos casi ausentes. Nada, no hay nada.

Me quedo trabado en la ampolla rectal dos días más, el vejete hace esfuerzos por expulsarme en una taza de inodoro que observo desde mi altura, pero no hay fuerzas. Estoy allí y desde mi altura contemplo el paisaje desolador de una taza de inodoro del año cuarenta, sin agua y con medio centímetro de sarro.

No puedo sentirme más desolado porque pienso en los sacrificios que hizo el estado socialista para llevarme hasta la boca del viejo y me pregunto si valió la pena que el país invirtiera tanto en este bocado que se hace llegar a la tercera edad para terminar trabado en un intestino vacío y ausente de vida. Pero me queda la satisfacción del deber cumplido y que quizás mañana pueda estar en otra boca, en la boca de otro cubano que me necesite, pues yo sé que soy reciclable. En Cuba nada se desperdicia y menos mi composición tan poco digerible.

Y de improviso una ventosidad grande me impulsa al exterior y la claridad golpea como una maza. Caigo desde mi altura al abismo del sarro grueso que me recibe como un abultado colchón que mengua mi dolor.

“¿Qué ha sido? ¿Qué ha provocado tan estridente y fuerte peo?”

Ah, comprendo. El apagón. El encabronamiento me lanzó desde las alturas. Sólo la ira y el miedo pueden hacer algo conmigo. Gracias Fidel.

Jueves, 17 de Noviembre del 2005

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