Humor cubano

¡Problemas con mi rabo, problemas conmigo!

Se apoya en la barra de un bar como si fuera una prolongación más de sus extremidades y pide, chasqueando los dedos, una cerveza al camarero que le observa por encima de los hombros con aire de prepotencia. No hay cosa que más le moleste a Ernesto que el saberse indiferente para el resto. El camarero le sirve con desprecio y él con la misma actitud le lanza dos euros en el plato de plástico con la intención de acabar cuanto antes el vaso para saltar a otro bar hasta que llegue la noche. Se trata de una de las primeras cosas que hizo cuando llego a España y que no ha dejado de hacer desde entonces, esa y el observar a cada uno de los habitantes de esta ciudad que le acogió y que en el fondo le ahoga. Mira el teléfono móvil, teclea los números y espera la contestación al otro lado del auricular. Nadie contesta. Vuelve a mirar la pantalla del teléfono y se dice "no es posible que hoy tampoco este en casa". Se rasca la cabeza y agita los ojos de un lado para otro, confundido entra en otro bar y realiza la misma operación sino fuera porque esta vez bebe mucho más despacio, casi como si estuviera meditando, intenta encender un cigarro de diferentes formas hasta que se percata de que la piedra del mechero estaba en el lugar equivocado, el bolsillo izquierdo del pantalón con agujero incluido la llevo rodando hasta el tobillo y de ahí al piso. Enfadado tira el mechero en la papelera de metal y solicita fuego al camarero que indiferente alarga el brazo con la llama encendida.

Ernesto se ha recorrido diez bares y aún se mantiene en pie. Toquetea el bolsillo de la chaqueta para asegurarse de que no ha perdido el teléfono móvil y se dice así mismo que ya no va a llamar más, que ya es hora de descansar de las tecnologías puntas, que aquí lo único que tiene importancia es su rabo. En realidad, lo dice con tanta convicción que si alguien le escuchará creerían que se trata de un portento de la naturaleza, pero lo que nadie sabe es que él esta convencido de que parte de todos sus problemas la tienen esa parte que va con él. Y es que Ernesto juega debajo de las faldas de las niñas que se encuentra y cuando no se las encuentra las busca y cuando no las busca se las imagina y cuando no se las imagina las sueña y cuando no se emborracha perdiendo la vergüenza y es ahí cuando le da igual enseñar el culo delante de cualquiera para después, de manera sorpresiva, darse la vuelta y lanzar ese latigazo al aire cortándolo en forma de zeta como si fuera el mismísimo zorro.

Ernesto es un santiaguero sui generis. No ha dejado de lado su parte cubana pero ha adquirido conocimientos de cada lugar por el que ha paseado. Conocimientos y coñocimientos, porque si a Ernesto le sobran son las ganas de reconocer el cuerpo de una mujer debajo de él, al lado de él, encima de él o de espaldas a él, no se trata de que sea mujeriego, se trata de que tiene demasiada sed y como las cervezas, las bebe de un trago largo, mediano o corto sin detenerse, haciéndoles un favor a ellas que se le cuelgan a los pantalones como si hubieran encontrado a través de él el significado de su propia vida. Pero eso no le importa, piensa que son nimiedades, que nadie debería de enamorarse por un manejo tan profesional del rabo, que sin ser chiquito ni grande, ocupa todos los espacios por donde puede introducirse y todos de forma placentera.

Esboza una sonrisa y cierra los ojos al mismo tiempo, revive la primera vez que mantuvo una relación sexual con una muchacha española diez años más joven que él. Sonríe porque recuerda como después de aquel altercado ella le perseguía por todo los lugares que frecuentaba echando mano a su paquete, como si esa fuera la parte más importante de su persona, desesperada solía decirle que no podía pasar sin él y él simpático donde los allá le decía que no podía desenroscárselo para complacerla. ¡Esa mujer estaba loca!, se dice mientras intenta atarse los cordones de la zapatilla que lleva media hora desatada suponiendo un peligro para su integridad física, ahora mareada y difícil de controlar.

¡No pude remediarlo! musita para sus adentros mientras por su cabeza pasa la última aventura en el que ella, algo maniática, le pedía que apagara la luz y él se negaba a hacerlo por el placer de enseñarle por entero la parte más descerebrada de su cerebro. Si hubiera podido remediarlo no se hubiera pasado toda la noche en urgencias con la vergüenza posterior, mientras su otra parte era sujetada por una enfermera que intentaba desinfectar la herida en forma de corte junto con la ausencia del frenillo. Tuvo que agarrarla fuertemente de la cabeza para que soltará aquella forma mordaz de amarle, pero ni por esas consiguió que se despegará de sus instintos animales. No podía ser de otra manera, el golpe en la nuca vino después, cuando por el dolor él olvidó que se lo estaba infringiendo una inocente enganchada con su aparato de dientes. Rebotó su cuello en el aparador y un ruido de cristal roto inundó la habitación.

¡ Señoría ¡ - gritaba desde el frío banco de madera - no pude remediarlo, problemas con mi rabo, problemas conmigo.

Raquel Ortiz (Pancrasia)

0
0
0
s2smodern

Escribir un comentario

NOTA IMPORTANTE SOBRE EL USO DE LOS COMENTARIOS:
Por favor, recuerde que los comentarios son comentarios no un consultorio, es decir, si usted tiene algún tipo de consulta que realizar, hágalo en nuestros foros, (http://www.conexioncubana.net/foro) allí siempre hay personas dispuestas a ayudar.
Gracias.


Código de seguridad
Refescar