Humor cubano

La ollita roja

La mujer, algo nerviosa ante lo que parecía una inminente partida, preguntó:

-Hija, ¿revisaste bien? No vaya a ser que por cualquier detalle se nos fastidie la salida. -Sí, sólo queda esperar al inspector.

En ese momento tocaron a la puerta. Era el funcionario. Inventario en mano inició la revisión. Primero el auto, un Chevrolet de 1953, en buen estado. Después la sala, el comedor. Luego entró en las habitaciones. La última fue la de la abuela. Miró debajo de la cama. Sí, ahí estaba el orinal. Entró en la cocina y repasó el inventario: refrigerador marca Westinghouse, americano, año 1950. Comprobó el buen funcionamiento del equipo. Había también una mesa con sus cuatro sillas y una tostadora de pan antigua. La inspección se centró finalmente en los cacharros de cocina, uno por uno; acercó el papel a sus ojos, volvió a leer y dijo:

- Señora, no veo la olla roja.

-Compañero, déjeme explicarle, hace unas semanas fuimos de paseo a la playa. Los espaguetis cocinados los llevamos en la ollita roja, era domingo, imagínese usted qué barullo de gente. Se nos extravió, pero no hay problemas, compañero, compramos otra y reponemos la que perdimos.

-¡De ninguna manera! Aquí dice bien claro: una olla esmaltada de rojo de 20 centímetros de circunferencia y diez de alto. No puedo admitirles otra, cometería fraude y puedo ser sancionado.

-¡Por Dios, señor! Usted sabe que si no aprueba el inventario no nos dan el permiso de salida ¡No podremos volar! Compadézcase de nosotras, es el último trámite que nos queda.

-Señora, ¿a quién se le ocurre llevar a la playa una olla del inventario?

-Pero señor, si esa olla es mía, la compré hace cuarenta años cuando vivíamos en Santa Clara.

-Lo siento, pero ni yo hago las leyes ni las puedo cambiar, usted conoce bien que si el núcleo familiar abandona el país definitivamente todos sus bienes, muebles e inmuebles, pasan al patrimonio del Estado. Debió pensarlo antes de llevar la dichosa olla a la playa. Regreso dentro de diez días, y espero que puedan encontrar la ollita roja. Buenos días.

Convertidas en un mar de lágrimas, madre e hija se preguntaron qué hacer. ¿Poner un anuncio en la sección Búsquedas de la radio local y ofrecer una recompensa? No había tiempo para eso. ¿Buscarla en una tienda? ¡Imposible! ¿Dónde encontrar una olla como esa cuarenta años después? ¡Ah, la tía Manuelita, de Santa Clara! La compraron el mismo día. Otro imposible, la de ella era más grande y el inspector no lo admitiría.

La abuela, sentada en su sillón, arrojó la luz en el oscuro callejón sin salida:

-¿Por qué no buscan una ollita con esas dimensiones y la pintan con esmalte rojo?

-¡Abuela, te la comiste! Eres un tesoro.

Compraron la olla de aluminio de la misma medida, pintaron el exterior, y al tercer día, ya seca, la enterraron en el jardín para quitarle lustre y envejecerla. La desenterraron al cuarto día y la lavaron sin frotar mucho para no quitar la pintura. Sólo había que esperar la visita del inspector, que ya estaba al caer.

Cuando el hombre llegó echó una ojeada al mobiliario. Todo estaba en su lugar, y fue al grano:

-¿Y la olla roja?

-La encontramos, compañero, la encontramos. Por favor, pase a la cocina.

El hombre cogió la olla en sus manos. La miró de arriba abajo. El foco de atención se desplazó al fondo externo, sonrió y estampó en el documento la ansiada firma, prueba de que todo estaba okey.

-Ahora, por favor, salgan de la casa, tengo que sellarla.

Madre e hija se abrazaron. La madre dijo en un murmullo:

-Gracias a Dios que no descubrió el cambio.

Puesto el sello oficial del Instituto de la Vivienda en la puerta de la casa, el funcionario les dijo:

- Fue un trabajo casi perfecto. Digo casi porque la ollita de verdad tenía grabada en el fondo MADE IN JAPAN, y la ollita falsa dice MADE IN CHINA.

-¿Entonces? -preguntaron las mujeres, a punto de desmayarse.

-Tranquilas. Cuando se descubra el embuste, si es que se llega a descubrir, ya ustedes estarán muy lejos. ¡Feliz viaje!

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