Humor cubano

La resurrección de Cecilia

El hogar de ancianos huele a lejía. En la puerta, un banco con cuatro viejos, miran con pena a la familia que acaba de llegar: El hijo de doña Cecilia, su esposa, un niño de unos seis años. Las empleadas los esperan, con esa expresión que aprendieron a poner cada vez que hay una mala noticia que dar a los familiares:

-Hoy no se levantó. En una persona como ella, es muy extraño….

Luego, la empleada, apretando los dedos con abatimiento, dictamina:

-Creemos que va a morir.

Allí esta doña Cecilia, la madre. Es un bultito diminuto en la cama, cubierta por varias colchas. No se mueve, parece que no respira. Existe una única evidencia de que está viva, y es notada sólo por la nuera:

-Pero ella tiene las mejillas tan rosadas….

-Eso no significa nada, hija…..-se conduele la empleada-a veces se van así.

La nuera continúa con dudas:

-Ella comió hoy?

-Sí

-Que comió? Comió todo?

-Todo-la empleada comprendió el sentido de la pregunta y acrecentó:

-Sabes, le llamamos a eso la última comida, aquella del último viaje….a veces mueren minutos después de comer….

El hijo mira la figura lastimosa de la madre. Aunque es fuerte, su voz sale quebrada cuando pregunta:

-Dígame, ella no habla? Anteayer hablamos con ella….

La empleada reconoce:

-No ha hablado más….

-Podemos llevarla a un médico?

-Saben que pasa si muere solita en la frialdad de un hospital, sin nadie que la acompañe?

El hijo y la nuera asienten: Saben.

El hijo vio morir así a su padre, cuando la madre decidió hospitalizarlo, considerando que cuidar del viejo era demasiado molesto.

Y allí esta ahora la madre. Tiene varios hijos: Zé, Concepción, Filomena y los gemelos Víctor y Paula. Pero sólo Abel permanece cerca.

Filomena esta muy enferma:

-Es la enfermedad del Santo Padre-acostumbraba a decir gloriosamente la madre, orgullosa de una enfermedad Pontífice para su hija mayor…..

El Parkinson de Filomena la ha consumido. Crió a sus hermanos todos y su columna vertebral sufrió las consecuencias del esfuerzo prematuro:

-No tuve infancia-acostumbraba a decir Filomena cuando le diagnosticaron la enfermedad:

-Ahora no tendré vejez…..

Se equivocaba, al pensar que moriría joven: tiene vejez prematura, parece más vieja, temblorosa y acabada que su propia madre.

Zé trabaja en un escritorio de abogados, Concepción es contabilista de una empresa y Víctor, que debía ser cura, ahora es ingeniero eléctrico. Paula emigró para Suiza y Abel….bueno, Abel esta allí, ahora, el único a la cabecera de la madre.

Ya van dos días. Una nueva empleada los recibe en la puerta:

-Creemos que de hoy no pase: Ya avisaron a los otros hermanos?

Ahora es la nuera quien habla:

-No hemos avisado, no tenemos certezas de nada….

-Pero pueden estar seguros…Trabajo aquí hace 32 años….ella de hoy no pasa….es mas, debían traer la ropa de enterrarla.

La nuera conoce de sobra donde esta la ropa de enterrarla. Se lo repiten todos los meses desde hace 12 años:“Esta ropa, aquí en este baúl, es la de mi sepelio…….”

La nuera reía ante la morbosidad de la advertencia, pero hoy esta preparada. Fue para la aldea, y con una enorme llave como la de los cuentos infantiles, abre la casa desvencijada. Huele a humedad y hay hojas otoñales coladas por debajo de la puerta.

El cuarto de la suegra es oscuro y pequeño: justo para una cama y un baúl. El piso gime bajo sus pies. Una estampa del papa y otra santa forrada por un nylon, es el único adorno de la pared abofada por el peso del techo. El baúl contiene paños antiguos, algunos de lino. Amarillos y marcados por la humedad y el frío. Allí doblado y planchado, la ropa de la suegra:

Una bata interior de algodón, un blumer hecho a mano, una blusa negra con hombreras de esponjas y una saya negra plisada. Un pañuelo de encaje negro para cubrir el rostro, un chal para los hombros.

La nuera no amaba a su suegra. Le parecía una mujer beata, cruel y egoísta, pero ante la certeza de la muerte, la nuera no pudo evitar llorar junto a la ropa que desde hacía tantos años ella guardaba con celo para su último viaje.

Los vecinos de la aldea la rodeaban con pena. Querían ser útiles pero solo husmeaban en el baúl, barrían las hojas, revisaban la ropa, opinaban.

Y allí están, por tercer día consecutivo visitando a Cecilia en su agonía.

Las mismas, preguntas, las mismas respuestas:

-Sí, comió. Y comió todo-sin mucho entusiasmo, reconocían las empleadas de turno-Pidió al padre para confesarse. Ya el resto de los hijos, lo saben? Ninguno ha llamado para saber de ella…..

-Ya los hijos todos lo saben, sólo Filomena no sabe. Está muy enferma. -decía Abel.

El nieto, silencioso. Desde el primer día, observaba minuciosamente el rostro de la abuela, nunca había sido confrontado con el drama de la muerte. Mira a los presentes y dice:

-La abuela nos oye! La abuela, cada vez que venimos aquí, abre un ojo, y nos mira! -Shhh, -dice la nuera a su pequeño- no digas disparates, la abuela está muy enferma….

-De que?-quiere saber el nieto por primera vez.

-De….nada, esta muy viejita….

Regresaron a casa consternados.

El cuarto día, al medio día, llegaron al hogar de ancianos. La nuera advirtió que algo de inusual estaba pasando: los viejos de la entrada, no bajaban la cabeza pesarosos, como los días precedentes.

Al entrar, en la mesa del comedor, almorzando, Cecilia. Vestida rigurosamente de negro y su rosario colgado al cuello. Levanto con parsimonia la cabeza y se hizo la desentendida. Continuó almorzando. En un murmullo, balbucea:

-Fue un milagro!

Y el hijo, y la nuera, el nieto y las empleadas presentes, se miran, y estallan en una carcajada.

De vuelta a casa, los familiares de Cecilia se mantienen silenciosos. Un CD de Silvio rasga la tranquilidad del momento con una afirmación que los obliga de nuevo a reír: “Yo me muero como viví, como viví…..”

Por Tania Isabel - Lunes, 16 de Octubre del 2006

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