Humor cubano

El corpiño gallego

Se le ocurrió preguntarme cuál era mi nombre mientras me arrinconaba con empujoncitos hacia un lugar más oscuro, justo en el momento en el que el dj cambiaba de tema dejando sin música todo el local que, acto seguido, miraba a la gritona como si una loca se acabará de escapar del psiquiátrico y la estuvieran buscando. Él sonrío sin ganas, forzando una mueca para hacerme sentir menos ridícula y no quedó otro remedio que confesarle que era española.- Si española de Madriz, ya tu sabes, con el Río Manzanares y patitos y patatas - Y la primera en la frente, porque poniéndome simpática soy aún más odiosa.

- Respira - me decía a mí misma - respira, respira profundo y relájate e intenta arreglarlo, pero pensándolo mejor, no respires tan profundo que las presillas del corpiño se te clavan en la columna vertebral y al final vas a terminar rompiendo el modelito de Purificación García que te compraste con la idea de que unos ojos como los que tienes enfrente te miraran.

- ¿Y tu de dónde eres? - pregunté con la intención de hacerme pasar por la mujer más amistosa del mundo.

- Otra idiotez más, si sigues así el muchacho al final va a creer que eres realmente gilipollas, tú no aprendes, no aprendes, el trato con los hombres cuando quieres hacerte la interesante se anuncia siempre como un patinazo, a ver si te centras un poquito y dejas de jugar a las vírgenes o al final pensará que no vale la pena ni intentarlo, o peor aún, no valdrá la pena la bronca que tuviste mientras te paseabas con el modelito por el pasillo de la casa rodeada de los masculinos hombres que te rodean, tu padre y tu hermano - me comentaba a mí misma en una de esas conversaciones internas que suelo tener, debido a mi arrolladora personalidad, porque al contener multitudes me es suficiente conmigo para pelearme, para reconciliarme e incluso para hacerme el amor.

- Mi amor, estas en Cuba así que yo debo de ser cubano, claro que si lo pensamos bien cabe la posibilidad de que puedas confundirme con algún dominicano o algún canario, a veces pasa, ¿nunca te confundieron con una cubana? - dice, sin dejar de mirarme de arriba a abajo, torciendo levemente la cabeza y yo me pregunto si ese gesto es signo interrogante o es que realmente no ve bien el canalillo por mucho que yo me esfuerce.

Celia grita “córranse ahí caballeros echen un paso pa´tras” y me tiemblan las piernas, quiere que bailemos esta y no otra y por un momento dudo buscando la aprobación de mis amistades, un grupo de cuatro que, descojonadas de la risa observan desde la barra y alzan los mojitos brindando para dar fuerzas a la compatriota cobarde.

Quería preguntarle de qué lugar exactamente de La Habana pero, justo cuando voy a hacerlo, se abalanza sobre mi boca con la intención de dejarme muda y eso que todavía no he comenzado a hablar sobre el hambre en el mundo, sobre las muchas veces que quise meterme a monja y sobre mi idea de montar una casa de “trabajadoras sociales” donde el personal se sienta como en su propio hogar sin demasiada ropa. Seguir el ritmo de un baile y de un beso mientras intentas coordinar ambos movimientos junto con el calor del local, el calor uterino y las transfusiones constantes de saliva no sólo es difícil sino que se parece a un nuevo programa de televisión en el que el concursante que cae antes al suelo gana un apartamento en Marbella y una bolsa de plástico con cien mil euros para pasar la jornada veraniega desahogado.

- ¡ Saca la mano de ahí! - Vuelvo a gritar y el dj, con el que mantengo una relación telepática, vuelve a parar la música con la excusa de cambiar la melodía, pero no importa, a él eso le da lo mismo, a diferencia del resto parece no escuchar la caída de un alfiler con la ayuda de un wisper xl y sigue insistentemente metiendo la mano en la parte delantera del corpiño y por ende clavando los corchetes de manera indirecta en mi columna vertebral.

No me gusta utilizar la fuerza en estos casos porque una parece poco cariñosa y nada predispuesta convirtiendo las leyendas en realidades, que si las gallegas son frías, que si los españoles no se parecen a los cubanos, que ni que decir de las españolas, pero tengo que hacerlo, no tanto por la importancia del toque en sí sino por la opresión que un objeto extraño produce entre mis dos artículos de regalo, artículos que yo valoro mucho y con los que tengo grandes conversaciones filosóficas después de darles esa ducha fría que tanto agradecen. Un golpecito seco sobre la muñeca es suficiente para que al sacar la mano una de las gemelas se revele, parece que ella si siente la necesidad imperiosa de saludar a su nueva amiga yéndose detrás de ella de forma incontrolada, para que luego digan que sólo los hombres tienen capacidad de reacción ante cuerpos extraños, yo soy la muestra de que todas las reglas tienen una excepción, mi cuerpo tiene reacciones extrañas ante situaciones incapaces de afrontar con normalidad.

- Espera un momento o no te entiendo bien o no te explicas correctamente, si te dedicas a pasearte por toda La Habana con una camiseta de lycra a juego con tu pantalón estilo “braga ancha” rezando para que caiga una tormenta caribeña con la única intención de participar en el concurso de camiseta mojada al que tu padre te prohibió asistir en tu época universitaria y después, con el mismo estilo y las mismas ganas, te plantas frente al primer tipo que te pregunta de dónde eres con ese par de fundamentos, no quieras hacerme creer que tu relación con Cuba es espiritual porque eso no se lo traga nadie, salvo que hayas creído que “montarse el muerto” es una nueva postura donde él se queda quieto con la intención de que lo revivan- dice Pilar sorbiendo el último trago de algo parecido a un mojito que nada tiene que ver con los de verdad.

- Te prometo que mi relación con Cuba es así de simple - digo seriamente intentando hacerla entender que el hecho de que un tipo te quiera meter mano sólo porque enseñas un escote y hablas con la z no tiene nada que ver con mis sanas intenciones.

- Querida, estas mal, ¿todavía no has entendido que la frase “mírame a los ojos cuando te hablo” la invento una mujer que estaba cansada de que todos los enfermos de tortícolis se le acercaran a altas horas de la madrugada? - explica mientras pide fuego a un tipo que lleva toda la noche escuchando atentamente la conversación como si no hubiera otra cosa más interesante.

- La idea de que las mujeres van a Cuba en busca de un macho es tan absurda como la creencia de que todos los cubanos intentan salir de allí casados con una despistada - menciono por si no ha quedado claro que esa mano no tenía nada que ver con la indumentaria, que incluso me las hubiera apañado de lo más bien si se hubiera producido con un esquimal en mitad del Polo Norte bajo una indumentaria en forma de manta zamorana si ese hubiera sido mi deseo.

- La cuestión no es esa, la cuestión es que si hubiera ocurrido en España no hubieras prejuzgado ni mi vestimenta ni la reacción del tipo, incluso, te hubiera parecido normal que el muchacho quisiera pasar una noche divertida sin llegar a la conclusión de que estaba intentando pescar un pasaje para Europa - la intento hacer entender a la par que observo al público que parece que se retira, ofreciéndome una sonrisa desde la puerta del local, tras horas de conversación filosófica donde ninguna se pone de acuerdo.

- ¿Crees que cuando me acerqué a ti la primera noche mi intención era salir de Cuba? - le dice a su esposa que desde el inicio ha imaginado como serían esas dos españolas en la barra del bar intercambiando impresiones.

- Claro que no mi amor, la primera vez que te ví en lo único que pensé fue en las ganas que tenía de pasarla contigo sin plantearme nada más - le contesta ella con la sinceridad que utilizaron desde el inicio de su relación.

- Vaya, me siento mucho más tranquilo y le doy gracias a Dios porque no llevarás ese día el corpiño que menciono aquella muchacha, porque entonces si que te hubiera pedido matrimonio al instante - le dice mientras abre la cama, la misma que les ha visto dormir juntos desde hace más de veinte años.

Raquel Ortiz (Pancrasia)

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