Humor cubano

Mi bautismo

Yo estaba cansado. Extenuado. El primer vuelo (Habana- Madrid) había durado casi ocho horas, el segundo, Madrid- Tenerife, unas dos horas y media. Pero a pesar del cansancio me sentía por lo demás muy bien. Contento. Divisé a mi esposa y a mis hijos entre las personas que esperaban un poco más allá del control de aduanas en el aeropuerto de Los Rodeos, en La Laguna, Tenerife. Ellos me saludaron y gritaron un par de palabras. No escuché qué decían. El gendarme del control de pasaportes verificó todos mis papeles y me dejó pasar con un gesto afirmativo de su cabeza.Junio del 2000. Hacía calor, aunque no tanto como esperaba. Abracé a mis hijos y a mi esposa. Cogimos un taxi rumbo al centro de la ciudad, Santa Cruz.

El auto avanzaba veloz. Nos dejó bajo unas arboledas. Una rambla umbrosa salpicada de bancos, jardines y estancos. Pagamos el viaje y mi hijo me arrastró a un estanco donde vendían periódicos y revistas. Traía en el bolsillo unas pesetillas de Cuba. Compré un helado, una revista y unos chicles

.Mi esposa se alojaba en un centro de acogida. En la periferia de la ciudad. Yo aún no había homologado mi título de médico. No me dejaban pernoctar con ella y mis hijos. Decidí buscarme la vida.

Comimos algo en un restaurante cercano y al caer de noche me fui a un hostal. Había traído algún dinero (dólares) de Cuba y en el aeropuerto lo había cambiado por pesetas, aún no circulaba aquí el euro.

No era mucho dinero, serían unos cincuenta mil pesetas ( en la actualidad unos trescientos euros) y el hostal me salía por cinco mil pesetas la noche. No me iba a durar mucho el dinero teniendo en cuenta que aún no tenía trabajo, el título demoraría unos ocho meses o un año en homologarse. Tenía dos opciones, irme a un albergue para indigentes o conseguirme un trabajito de camarero o repartidor de publicidad, pero no podía arriesgarme a gastar la plata que había traído de Cuba, así que al otro día pagué y me fui al parque más cercano y me senté en un banco a esperar a que pasara el día y a pensar qué haría de ahí en adelante. Mi mujer almorzaría con los muchachos en el centro de acogida.

Yo tenía puesto un pulóver blanco con un ¡Cuba sí!, en el pecho. Y estaba ensimismado leyendo las ofertas de empleo en la sección de clasificados de un periódico local, cuando escucho que me están tocando un claxon casi en la cara. Levanto la vista y veo a dos tipos en un auto descapotable parqueado junto a la acera — unos metros de donde estoy sentado — , que me hacen señas para que me acerque. Me levanto y me acerco al carro de color amarillo canario

— ¿Qué pasa?— pregunté extrañado.

— ¿Eres cubano?— preguntó el más joven de los dos.

— Sí, soy cubano. ¿ Hay algún problema con eso?

— Ninguno, asere. Nosotros también somos cubanos, aunque no tienes aspecto de cubano, pensamos enseguida que lo eras por el pulóver ese que llevas puesto y el periódico abierto, buscando pincha, ¿no?— siguió hablando el jovenzuelo.

Me recosté a la puerta delantera, la del chofer, y me incliné hacia delante. Les dije:

— Ustedes dos para detectives no tienen precio. Así mismo es. Soy cubano, busco trabajo hasta que me homologuen el título de médico y llegué a Tenerife ayer por la tarde.

— ¿Dónde estás parando? — preguntó el más viejo, y agregó — Me llamo Ramón, éste es mi hijo, Hugo.

Ambos me extendieron sus manos. Las estreché con fuerza.

— Mi nombre es José Luís y estoy parando en una pensión, en la calle Salamanca, pero no puedo seguir quedándome ahí, me sale la noche a cinco mil pesetas y dentro de poco sino consigo una pincha se me va a acabar el poco dinero que traje de Cuba.

— Sube— me dijo el más joven.

Abordé el auto y me senté en el asiento trasero, detrás del chofer, de Ramón. El joven se dio la vuelta en el asiento y se quedó de medio lado, dándome la cara, mientras su padre conducía a través de unas callejuelas estrechas y sinuosas.

— Nosotros regentamos un negocio ahí en la avenida General Franco, es un bayú, pero bajo la fachada de un hostal. Hemos hecho un dinerito con eso. La gente pasa y cree que es una pensión, pero alquilamos los cuartos por horas a los tipos que llevan su “material” y le sacamos buen varo. Llevamos aquí en Canarias como diez años, ¿ no verdá, viejo?

— Sí, da para ir tirando. Si quieres te podemos dejar dormir ahí hasta que consigas un trabajo y puedas alquilar un piso — contestó el viejo.

Me puse contento. No cabía en mi.

— Coño, me van a hacer tremendo favor. Cuando se lo cuente a mi mujer no se lo va a creer. No saben cuánto se los agradezco.

— No tienes que agradecer nada. Estamos para ayudarnos. ¿Ese maletín que llevas ahí es tu único equipaje?

— Sí, lo demás se lo llevó mi mujer para el centro donde está— respondí.

— Bueno, pues ahora, como ya casi es la hora del almuerzo, te invitamos a un bar a comer algo y luego te dejamos allí, ¿ te cuadra?— me dijo Hugo.

— Perfecto— exclamé.

Almorzamos bien: cocido, pescado, postre y vino. Cuando fui a pagar, Ramón se opuso.

— No, eso nunca. Con Mongo Núñez ningún cubano recién llegado a estas islas paga nada. Guarde eso, ya tendrá tiempo de invitarnos a algo en un futuro.

Obedecí. Recién caía la tarde cuando llegamos frente a un edificio gris de dos plantas. Nos apeamos del automóvil y dejé que ellos se adelantaran.

La recepción del hostal era exigua, con un mostrador de formica tras el cual se encontraba una mujer gorda de unos cincuenta y tantos años, muy maquillada. Todo apestaba a viejo y cucarachas. Más allá de la recepción se extendía un pasillo largo y oscuro.

— Rita, mira, un cubano recién llegado — me presentó Hugo.

— Es un placer— y extendí mi mano derecha a la mujer que hizo otro tanto con la suya. Le sudaba.

— Déjate de ceremonias. Yo también soy cubana. Mi nombre es Rita, pero todos me dicen La Caimana. Rita La Caimana. Estás en tu casa— me dijo.

— Gracias— contesté.

— Rita, dale a mi socio las llaves del 18. Ese cuarto nunca le cuadra a la gente porque no tiene baño adentro. Ni ventanas.

— No hay lío— contestó la mujer y me extendió unas llaves ( dos) de las cuales colgaba un número, el 18, y continuó— . Yo fui la candela en Cuba, pero ya estoy retirada del negocio. Ahora hay mucha carne fresca que es lo que le gusta a los clientes.

— Pero es usted aún joven— dije como cumplido.

— Ay, chico, desmaya esa trova. Dale, agarra pa tu cuartico, acomoda las cosas y si quieres date un paseo por ahí, así conoces la ciudad— contestó.

Los dos hombres se despidieron de mi en la puerta del hostal. Cuando se marcharon fui hasta el cuarto, dejé el maletín sobre la cama y salí a la calle, no sin antes despedirme de Rita que se estaba fumando un cigarro en el quicio de la entrada. Me guiñó un ojo con picardía, yo sonreí.

Llamé a mi mujer y quedamos para encontrarnos en un parque cercano a donde pernoctaba y ahí estuvimos en la cháchara hasta que anocheció y regresé a la pensión. Dormiría de gratis y mañana sería otro día, pensé.

Rita estaba hablando con un forzudo con aspecto de marinero en la puerta, ni me miró cuando entré. Seguro era algún cuadre que tenía, no por gusto era La Caimana.

Cuando estuve en mi cuarto encendí la luz. Miré mi reloj pulsera, las once y algo de la noche. Estaba hecho polvo. Me tiré sobre la cama , pero sin intención de dormirme, me levanté y rebusqué en el maletín. Saqué un libro y me volví a acostar, a la tenue luz de la lamparita de noche la lectura me fue acercando al sueño.

— ¡Harold no!¡Por ahí no, Harold!— era la voz de una mujer.

— ¡Sí, por ahí si!

— Te he dicho que no.

— Vamos a negociar, Karina— dijo la voz masculina.

Las voces me llegaban a través del tabique que me separaba de la habitación contigua.

Aquel toma y daca se prolongó por más de media hora. Luego se hizo el silencio y volví a concentrarme en la lectura, a la luz de mi lamparita. El sueño estaba rondándome. Los párpados me pesaban. Miré el reloj, eran la doce y algo. Decidí a apagar la luz.

No habían pasado ni cinco minutos cuando alguien tocó a la puerta. Me levanté, no me había desvestido. Abrí. Un enano rojizo estaba ante mi.

— Perdone usted, ¿ se encuentra Lucía?

— ¿¡Quién!?

— Lucia, he dicho Lucía. Rita me dijo que estaba en esta habitación— respondió el hombrecito a la altura de mi cintura.

— ¡¡MORENO, EN ESA HABITACIÓN NO ES!! ¡¡ES LA NÚMERO 28!! ¡¡ENANO Y SORDO!! ¡¡ES LO ÚLTIMO, LO ÚLTIMO!!— gritó Rita desde la entrada, de pie bajo un cono de luz mortecina que proyectaba una bombilla de cuarenta vatios. Tenía los brazos en jarra y las piernas abiertas, en actitud desafiante. Justo detrás de ella un hombre robusto y alto se reía. No era el mismo que había visto por la tarde hablando con ella.

— Oh, perdone usted, caballero— se disculpó el enanote.

No respondí, esperé a que el hombre se alejara un poco, más allá, hacia el número 28, y cerré la puerta. Regresé a mi cama. Me senté con la cabeza entre mis manos, me apreté las sienes. Me dolía la cabeza. Busqué una aspirina en el maletín y salí de la habitación rumbo al baño a buscar un poco de agua para tragarme la pastilla. Esperé un cuarto de hora, estaba ocupado. Salieron de su interior unos cuantos jóvenes. Riendo. Entré y tomé agua entre mis manos de la pila del lavamanos, de ahí bebí y pude tomarme el comprimido. Regresé a mi habitación.

Ahora, de la habitación de al lado salían gritos y se escuchaban latigazos, cabezazos, patadas, quejidos, lamentos … Ya no eran voces, ni negociaciones.

Imposible dormir ni concentrarse en la lectura de un libro. El cuartucho no tenía ventanas. Sentía calor. En el techo un ventilador agonizaba. Decidí abandonar el cuarto y dirigirme a la recepción, a hablar un rato con La Caimana. Allí estaba, sola. Abanicándose delante de un televisor de 14 pulgadas que emitía una vieja película del Oeste.

Me recosté al mostrador de formica. Ella dejó de abanicarse. Me miró y preguntó:

— ¿Qué, no hay sueño?

— ¿Esto es así todas las noches?

— No, qué va. Hay noches más moviditas. Hoy está tranquila la cosa. No ha caído todavía Ribaldo— dijo.

— ¿Ribaldo?— pregunté.

— Sí, es un chulo que cae de vez en cuando para controlar a su tropa. Tiene muy mal genio y casi siempre se deja caer por aquí a eso de las cuatro de la mañana, borracho como una cuba.

— Entonces hoy es una noche de las mejores, ¿ no?

— Sí, aunque son las tres de la mañana y todavía pueden pasar muchas cosas. Por ejemplo, el tuerto me dijo que iba a venir con la Sevillana, y no ha caído, para él le tengo reservado el 17, el cuarto que está al lado del tuyo. Como es camionero nunca duerme de noche, le gusta el día para eso. Es un noctámbulo.

Me erguí.

— ¿Y por qué ese cuarto?

— Es el que tiene aire acondicionado, el único. El tipo me deja buenas propinas.

— Entiendo. Oye, voy hasta la esquina, ahora vuelvo— dije. Pero cuando me disponía a bajar el último escalón y poner el pie derecho en la acera, Rita me grita:

— ¡¡NO TE VAYAS!! HAY TREMENDO LÍO EN EL 28. ¡¡CORRE, AYÚDAME!!

Giré sobre mis pies y entré de nuevo, Rita corría rumbo al cuarto 28. Yo la seguí a escasa distancia. Allí estaba el enano, pensé. No hubo que adentrase demasiado en aquel lóbrego pasillito. A mitad de camino atisbé una enorme figura que sostenía a su altura un muñeco que pataleaba ( ¡el enano!).

— Te mato, vicioso. Como le vuelvas a pedir eso a Lorena, te mato como una rata.

La Caimana me agarró por el brazo derecho y me dijo en un susurro:

— Ese que tiene a Gustavo, el enano, en el aire, es Gudencio. Tiene muy malas pulgas, es el chulo de Lorena y el enano es un vicioso, le pide cosas raras a la muchacha. Yo tuve una vez un lío gordo con él, quería ventosearme en la cara …

— ¿Sí? Asqueroso— atiné a decir.

Bueno, logramos arrancarle al enano de las garras al grandulón. Entre los tres: Lorena, Rita y yo.

El enano en venganza se marchó sin pagar y La Caimana le gritó que no quería verlo más nunca por allí, ni de visita.

Hacía mucho calor y la chica nos brindó unas cervezas, nos sentamos en la acera, a la luz de la Luna, a bebérnoslas. Los pocos transeúntes que pasaban a esa hora nos miraban con extrañeza. Al amanecer recogí mis cosas, le di las gracias a Rita y me esfumé. No regresé nunca más a aquel sitio. Unos días más tarde resolví un trabajo como repartidor de publicidad y dos meses después alquilé un pequeño apartamento para vivir junto a mi esposa y mis hijos. A los cubanos que me ayudaron los veo de vez en cuando y echamos unas partiditas de dominó en sus casas o en la mía. Da igual.

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