Humor cubano

Me llamo Fidel Castro Ruz, el gusto es mío

He vivido tan intensamente hasta el día de hoy que, si me muero mañana, puedo darme por satisfecho…

No es que yo sea muy viejo, o me haya cansado de vivir; no es que me haya vuelto loco o esté bajo un repentino ataque de vejez, es que gracias a eso, cuando días calurosos como el de ayer me empujan a degustar una cerveza fría, puedo siempre mirar atrás y encontrar una anécdota que haga reír o llorar según sea el caso.

Ayer, cerveza por medio, me contaba sus méritos un izquierdoso que viajó a Alemania a protestar contra la celebración de la cumbre del G-8 y regresó apestando a marihuana. Uno de esos personajes que odian el capitalismo desde su lado más rosado me enumeró las piedras que lanzó, los autos que incendió por allá y el orgullo que siente por ello. Pues este “culirosado” que no tiene cerebro ni problemas que resolver al enterarse que soy cubano, me confesó que su sueño dorado es hablar al Comandante en Jefe. – Pues, mira chico, yo no he hablado una, sino tres veces con él…- le dije y poco faltó pa´ que me hiciera la Ola. Cuando se recuperó del orgasmo (el izquierdoso, no Fidel Castro) me preguntó por todos los detalles de tan memorable hecho, cuenta, cuenta… imploró:

- Pues sí, no una sino tres veces he tenido la oportunidad de conversar con “nuestro Comandante en Jefe” o para ser exacto, estuve un par de horas sin abrir la boca mientras él disertaba de los temas más disímiles e incluso del proyecto que supuestamente yo debía presentarle. Sí, porque quien piense que va a poder conversar con él, está muy pero que muy mal. Cuando Fidel habla, los demás callan, no por respeto o educación sino porque cuando se toma la palabra no la suelta. Era yo estudiante aún cuando Roberto Robaina se apareció en la CUJAE para promover una serie de proyectos que en aquella época se realizaron por su iniciativa. A aquella época y su gestión le debemos el club Hola Ola, los Joven Club de computación, casas del médico de la familia y un montón de cosas que ahora se ha apuntado el Comandante, pero que en honor a la verdad salieron de otros cerebros y que realizábamos nosotros, estudiantes ávidos de poder cambiar el mundo montados en el carro del embullo. Imagínate, teníamos a Dios cogido por las barbas, sólo teníamos que dar rienda suelta a nuestra imaginación juvenil… Robaina nos había dicho textualmente: Necesito un proyecto que cuando la gente lo vea diga: ¡Ñoooo!… Ya, eso nada más; nada de estudios económicos, ni factibilidad, ni nada… a despacharse con la cuchara grande. Hoy me doy cuenta que aquello era una locura sin pies ni cabeza desde el punto de vista económico, pero en la época de “El que no salte es yanqui” a quien le importaban millones más millones menos. El hecho es que cuando le presentamos el proyecto a Robaina, este lo miró y lo primero que dijo fue -¡Coñó!… y nosotros pensamos que habíamos cumplido nuestra parte en el trato. El próximo paso era convencer al Comandante de que nos diera la llave de los recursos… Y esa fue la primera vez que conversé con Fidel. Habíamos llegado temprano en la mañana aunque la entrevista estaba planificada pa´ las 6 de la tarde, por orden de la seguridad y poco faltó para que nos revisaran el ojo del culo, literalmente. Después estuvimos el resto del día incomunicados, la comida nos la llevaron al local donde estábamos “en cuarentena” y para ir al baño fuimos por una ruta hasta el local del baño previamente trazada e inspeccionada donde un seguroso te miraba la portañuela para asegurarse de que meabas como Dios manda, o va y el tipo era maricón.

Nunca supimos exactamente cuando llegó el Comandante. De pronto entró mucha gente, casi todos en guayaberas, pantalones y gafas oscuras y como de debajo de la tierra apareció a un par de metros su eterno traje verde. Llegó hasta nosotros, nos extendió la mano y a mí, que reconozco que estaba cagao, sólo se me ocurrió decir: - Mucho gusto, mi nombre es el Yoyo” a lo que respondió con un segundo apretón de manos y la frase: “-Y yo me llamo Fidel Castro, el gusto es mío”. Como a una orden, todos rieron y él, halagado por el efecto de su chiste, se llevó las manos a la cintura y comenzó a hacer una anécdota acaecida hace muchísimos años en el colegio jesuita al que asistió. Las risas y chistes se alargaron por espacio de los siguientes minutos. Nosotros, los estudiantes, más nerviosos que emocionados, permanecimos en el olvido mientras “Robertico” saltaba y hacía toda clase de esfuerzos y maromas por retomar la palabra y la atención de Dios pa´ acabar de mostrarle el cabrón proyecto. - ¡Comandante, acerca del proyecto…!- Pero de eso nada… el tipo es un jabón, no había manera de cogerlo, es una oreja sorda que sólo se oye a sí mismo. Veinte minutos más tarde algún guatacón se quejaba de dolor de estómago de tanto reír. -¡Qué cómico el comandante…!- ¡Ay chico, qué cómico… Bueno, pero ya a nosotros, que estábamos allí desde la mañana y habíamos echado meses de pincha pa´ ese instante, ya aquello nos hacía cualquier cosa menos gracia y creo que tampoco a Robaina que siguió insistiendo hasta que al final logró atraer la mirada del Comandante hacia la maqueta que le esperaba. -¡Ah, he aquí el proyecto del que tanto me han hablado!- dijo poniéndole la mano en el hombro a Robaina que por aquel entonces estaba menos gordo, tenía más pelo, y sobre todo no era un “traidor”. Continuó: -Sí, porque este hombre me ha empujado hasta acá a ver un proyecto que consiste en…- Y entonces se volvió hacia el resto de los presentes y explicó en las circunstancias en que había surgido la idea del proyecto, cómo la Ujotacé había acometido la tarea, habló de las horas que nosotros habíamos dedicado a su elaboración y las limitaciones de concebir un proyecto pensando en Cuba y sólo en Cuba.

-¡Si, Robertico chico, esta idea está limitada desde el principio, porque lo verdaderamente revolucionario es pensar no sólo en los niños cubanos sino en todos los niños del tercer mundo! ¿Qué tal si en vez de construir un centro nacional, hacemos un centro para el uso y disfrute de todos los niños de América Latina y por extensión del tercer mundo…? - ¡COÑÓÓÓ! dijimos esta vez a coro los autores del proyecto y no dudo que también Robaina para sus adentros. Después nos apabulló veinte minutos más con números que bailaban y salían alegremente de su cabeza, explicándonos los contras y las carencias de perspectiva de nuestra cuchara grande.

Cuando satisfizo sus fantasías y habiendo derrotado nuevamente al imperialismo, dio por terminada la conversación sin que otra persona, aparte de él, hubiera tenido oportunidad de abrir la boca. Se fue entre los aplausos, la gente y la cortina de humo que lo trajo.

-¡Ah!- se viró de pronto y localizándome en la distancia me dijo- Mucho gusto en conocerte Yoyo.

Y se fue entre risas.

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