Historia de Cuba

Crecer con Fidel

La Cuba de Fidel han sido muchos países distintos. La que le tocó vivir a la autora fue una Cuba desalentada y hambrienta, a la deriva, en que la generación de sus padres se quedó sin paradigmas.

“¡Pioneros, por el comunismo… Seremos como el Ché!”. El reto estaba duro y el futuro, cuando menos, comprometido. Al recibir la pañoleta roja de la organización pioneril, a los diez años de edad, se entraba en esa fase en que el paradigma ya estaba definido de antemano y tenía rostro de guerrillero, aunque en el fondo, todos sabíamos un poco que bastaba con decirlo, corearlo por las mañanas saludando a la bandera, con la palma de la mano abierta y los cinco dedos apretados sobrepasando levemente la frente, como muestra de que los intereses de todos estaban por encima de nuestras individualidades.

Con el muro de Berlín hecho añicos, la Cuba que me tocó vivir fue una Cuba desalentada y hambrienta, a la deriva, una Cuba en que la generación de nuestros padres se quedó sola, sin paradigmas; ellos, luchando el pan para mantener los nuestros. Y casi lo lograron, pero a un precio altísimo. Crecí en una isla rara, distinta; un país pequeño del “tercer mundo” que un hombre puso en los titulares internacionales. Crecí en una isla errante que creíamos que era el centro del universo.

Mi generación nació en los últimos años de la bonanza que llegaba por las tuberías físicas e ideológicas de la Unión Soviética. Recuerdo algún que otro “domingo rojo” y me sé de memoria algún que otro “muñequito ruso” [dibujo animado]. Pero el sueño se acabó cuando aún no alcanzábamos a comprenderlo y mi generación creció con la sola utopía de subsistir dignamente, un tanto a la sombra de las ideas del pasado, que aún prevalecían, por fuerza o por costumbre.

Con el muro hecho añicos nos salvamos como pudimos. Teníamos al líder que desde hacía décadas había arrastrado a todo el país a un destino común de “dignidad y gloria” y una vez más, en pleno Período Especial, sin tener qué poner en el plato, algunos de nuestros padres decidieron seguirle o dejarse convencer por su oratoria ferviente y sus cantos de victoria. Otros, desesperados, se lanzaron al mar en busca de una vida mejor lejos de su influencia y sus palabras. Ya lo he dicho, nos salvamos como pudimos. Mi generación creció fracturada, pero aún nos quedaba la alegría, y en la escuela cantábamos todos aquello del cantautor José Feliciano que decía: “Venga la esperanza, pase por aquí. Venga de 40, venga de 2000, venga la esperanza de cualquier color, verde, roja o negra, pero con amor…”.

Jugábamos a los soldados, éramos pioneros exploradores y realizábamos ensayos sobre qué hacer en caso de ataque químico o aéreo. Hacíamos guardias del Comité de la Defensa de la Revolución (CDR) y guardias pioneriles, cuidábamos las urnas en las elecciones, condenábamos siempre al imperialismo y, en general, nos divertíamos muchísimo sin que eso significara socavar nuestros espíritus infantiles, como ahora pretenden hacer ver algunos que reniegan de su pasado, o lo confunden, cegados por el resentimiento.

Crecer en la Cuba de Fidel era participar de marchas multitudinarias y corear eslóganes repetidos hasta el cansancio, mientras saltábamos como locos porque a alguien se le ocurrió vocear que “el que no salte es yanqui”. Era hacer murales y pancartas con fotos de héroes y contar una sola historia, repleta de lugares comunes.

Yo no le debo nada a la Revolución más que el hecho de ser hija de mis padres. Yo fui niña cuando no había juguetes, ni ropa, ni zapatos y entre la chiquillería se disputaban los envoltorios de productos extranjeros como piezas coleccionables. Yo no le debo nada a la Revolución más que ser una superviviente… aunque eso ya es bastante.

Pero en los momentos de flaqueza a nivel de país, de cansancio, siempre estuvo Fidel Castro, para recordarnos la proeza que estábamos llevando a cabo como pueblo, hambriento y hastiado pero antimperialista siempre, resistiendo… Y escucharle nos llenaba las barrigas, o algo por el estilo, entre resignación y esperanza.

Le veía tantas veces, en tantos discursos interminables que nunca seguí hasta el final, en tantas fotos, libros, anuncios, en tantas imágenes, que ahora me doy cuenta de que frente a él, físicamente, solo estuve en dos ocasiones, ambas en la Plaza de la Revolución de Santa Clara: la primera vez bien cerca de él, escuchándole hasta el final, incluso bajo la lluvia (lo que me ocasionó un tremendo resfriado) y la segunda perdida en el tumulto, casi sin alcanzar a verle, pero conmocionada con el regreso definitivo de los restos del Che Guevara. Fuimos, tal vez, una de las últimas generaciones en emocionarnos, en cantar “El Necio” a todo pulmón, en compartir ciertos ideales con nuestros padres.

Crecer en la Cuba de Fidel fue también hermanarnos en la carencia, compartir lo poco, ayudar al otro; fue recibir ciertos valores que treinta años después me cuesta creer que gran parte del mundo no comparta. Fue asumir de forma colectiva la épica de David contra Goliat, de crecerse ante las dificultades, de dar siempre más, de entender como hermano a un palestino, a un angolano, a un saharaui, a un etíope, a un nicaragüense, a un vietnamita, de sentirnos en la necesidad de ayudarles. Cargamos esa cruz, cierto desfase y un ego de tres pares que probablemente heredamos del Comandante.

Pero hay muchas Cubas en la Cuba de Fidel. Mi Cuba no fue la de mi padre, ni la de mi madre y ni siquiera la de mi hermana mayor. En la mía, el derrumbe del socialismo y nuestro andar a la deriva flexibilizaron los principios y ya podíamos burlarnos de los soviéticos y sus delirios, hacer chistes sobre el propio Fidel y hasta criticar al gobierno, casi siempre en voz baja. En la Cuba que me tocó hacíamos prácticas de tiro y dábamos clases de preparación para la defensa a sabiendas de que no vendría a atacarnos el imperialismo. Seguíamos el juego, nos dejábamos llevar por la inercia porque los que nos guiaban no sabían hacer otra cosa. La Cuba que me tocó, a fin de cuentas, me hizo fuerte y un tanto indiferente, me enseñó a adaptarme, a no quejarme, a valorar lo que tengo y echar pa’ alante. Me formó lo suficiente para darme cuenta de que quería y necesitaba más que eso, aunque fuese simplemente salir de la burbuja y enfrentarme al monstruo de verdad, con mis propios recursos.

Hoy se me hace raro saberle ausente, aunque de una forma u otra, todos llevamos a Fidel en nuestras vidas, para bien o para mal. Unos con devoción, otros con odio. A cada cubano le toca una dosis de Fidel, en vena, a granel, y cada cual sabrá qué hace con la suya. La historia, esa que absuelve, dirá exactamente cuándo Cuba deja de ser la Cuba de Fidel -si no ha dejado ya de serlo- y la verdad es que me cuesta imaginar cómo será el país en el que crecerán esos cubanos del futuro. Será, sin duda, un país diferente.

Grettel Reinoso

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