Historia de Cuba

Los asturianos en Cuba en el siglo XX

El asturiano es un castizo rebelde. Como en la sidra,
los jugos de la tierra se le tornan alcohol de dulce fragancia,
pero si nos descuidamos, incalculables en el estrago.

Jorge Mañach

En los procesos de conquista y de colonización de Cuba la participación dentro del conjunto de las fuerzas españolas de los naturales de Asturias fue en realidad muy reducida. Los papeles protagónicos fueron desempeñados entonces por andaluces, castellanos y extremeños. Mas a partir del siglo XIX podemos observar que los mayores contingentes de españoles llegados a suelo cubano procedían de Galicia, Islas Canarias y Asturias. Diferentes factores propiciaron aquel flujo migratorio, entre los cuales estuvieron las limitaciones económicas que padecían estos individuos en sus respectivos lugares de origen, la sobrepoblación, fundamentalmente en las zonas rurales, y una política gubernamental que favorecía dicho desplazamiento hacia América. De esa forma las autoridades se deshacían de la presencia de un considerable número de ciudadanos, en su mayoría jóvenes, que podrían llevar a cabo serios conflictos sociales y, al mismo tiempo, reforzaban el componente hispano en los últimos reductos coloniales que la Corona conservaba en este lado del Atlántico: Puerto Rico y Cuba.

El progresivo incremento de la comunidad asturiana en nuestro país, algunos de cuyos integrantes ya habían logrado ocupar puestos sobresalientes en el aparato administrativo o en los sectores militares y económicos de la colonia, creó entonces las condiciones necesarias para el surgimiento de las primeras asociaciones de los naturales de Asturias. Siguiendo el camino ya recorrido por los catalanes y los gallegos, quienes habían fundado su respectiva sociedad de beneficencia en 1841 y en 1871, dieron vida el 8 de septiembre de 1877, día de la Virgen de Covadonga, a la Sociedad Asturiana de Beneficencia con el fin de socorrer a sus miembros más necesitados. Del mismo modo, siguieron los pasos de los gallegos, quienes habían creado su centro en 1879, y el 2 de mayo de 1886 constituyeron en La Habana el Centro Asturiano. Con el objetivo de divulgar en Cuba las informaciones procedentes del Principado y el quehacer de la colonia asentada en el país ya por esta época contaban con una publicación propia, El Heraldo de Asturias, fundada y dirigida por el periodista avilesino Lucio Suárez Solís.

Como era de esperar, la gesta independentista cubana iniciada en 1895 alteró el desempeño de estas asociaciones asturianas, pero no las frenó por completo. Así lo demuestra la inauguración en 1897, en plena guerra, de la Quinta de Salud “Covadonga” en la localidad habanera de El Cerro. De igual forma, el fin de la dominación colonial de España en Cuba, ocurrida poco después, no significó una fractura notable para la comunidad española, en general. De acuerdo con el Tratado de Paz de París los ciudadanos españoles que desearan continuar residiendo en la Isla conservarían sus propiedades y no se tomarían represalias contra los que hubieran asumido una posición hostil ante el reclamo de libertad de los cubanos.

La congruencia de aquellas disposiciones con las ansias emancipadoras de los mambises podrá ser motivo de polémica. Pero lo cierto es que sentaron las bases para que a partir de la ruptura de los lazos coloniales la relación entre cubanos y españoles se adentrara por un cauce de normalidad e incluso de concordia. Estas condiciones favorecieron también que en los años siguientes arribaran a los puertos cubanos decenas de miles de inmigrantes procedentes de España y, en específico, de Galicia y de Asturias. A algunas de las causas expuestas en párrafos anteriores se sumaban en esta ocasión el desarrollo alcanzado por la transportación marítima, la eficaz propaganda de las compañías trasatlánticas y sus agentes de “enganche”, el sueño de “hacer la América” y la necesidad de trabajadores que existía en un país arruinado y despoblado por la contienda liberadora.

Aquel proceso migratorio conoció en la primera mitad del siglo XX momentos de vertiginoso crecimiento y épocas de notable disminución. Como consecuencia del alza del precio del azúcar al ocurrir la Primera Guerra Mundial la economía cubana disfrutó de una inesperada bonanza, corrió el dinero y atraídos por él no pocos españoles se trasladaron a Cuba en busca de fortuna. Cuando pocos años después descendió abruptamente el precio del dulce quebraron los bancos y entró en crisis la economía cubana, la inmigración española descendió y muchos regresaron frustrados a la Madre Patria.

Por encima de aquellos vaivenes migratorios de las décadas iniciales del siglo XX la colonia asturiana se fortaleció desde el punto de vista numérico, económico y social.

Ese fortalecimiento se puso de evidencia a través de la fundación de diversas asociaciones comarcales de carácter benéfico, instructivo o de recreo como el Club Avilesino y Naturales del Concejo de Boal, creados en 1911, el Club Allerano y el Club Allandés, surgidos en 1914, Naturales del Concejo de las Regueras y el Club Cangas de Tineo, al año siguiente, y Naturales del Concejo de Navia, en 1925. De igual modo se consolida el Centro Asturiano, que en octubre de 1918 sufre la destrucción por medio de un incendio de su sede y, sin embargo, en 1927 inaugura en el mismo sitio un imponente palacio que cuenta con alrededor de mil metros cuadrados, varias plantas, un amplio salón de reuniones y la Biblioteca “Labra-Parajón”, con miles de volúmenes. Las modestas aulas de enseñanza elemental con que hasta entonces había contado pasaron a convertirse en el Plantel “Jovellanos”, de sólido prestigio educacional. Al mismo tiempo la Quinta “Covadonga” se convierte en uno de los principales centros de salud del país y la Sociedad Asturiana de Beneficencia edifica un enorme panteón social en la Necrópolis de Colón.

La crisis económica y política que caracterizó la etapa final del régimen de Machado, la posterior promulgación de la Ley de Nacionalización del Trabajo o Ley del 50%, que provocó el despido de numerosos trabajadores de origen extranjero, y la instauración de la República Española, que tantas esperanzas despertó entre las clases desposeídas, trajeron como consecuencia una afluencia mucho menor de inmigrantes procedentes de la Península Ibérica. Fue a partir del estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 que comenzaron a desembarcar en nuestros puertos, en busca de refugio, inmigrantes no de carácter económico, sino político. Y entre ellos no faltaron los asturianos.

El fin de la contienda española con la imposición de un régimen represivo encabezado por el General Franco y el inicio poco después de la Segunda Guerra Mundial obstaculizaron de igual modo la renovación numérica de la colonia española en Cuba y en particular la asturiana. El cese de aquel conflicto bélico no significó, sin embargo, una normalización de dicho flujo migratorio, pues Cuba a pesar de su relativa estabilidad política y económica descendió a un segundo plano como punto de destino de los emigrantes españoles. En cambio Argentina y más tarde Venezuela, países que conocieron en aquella época un momento de esplendor gracias a la producción de carne y de granos y al boom del petróleo, respectivamente, pasaron a ser los lugares de preferencia en Hispanoamérica. El triunfo revolucionario ocurrido en nuestro país en 1959 y el proceso de radicales transformaciones que de inmediato comenzó a llevarse a cabo provocaron una completa cancelación de la corriente migratoria procedente de España. El decrecimiento de la colonia asturiana en Cuba como consecuencia del fallecimiento o de la partida hacia el extranjero de sus integrantes comenzó a partir de entonces a hacerse mayor. El Centro Asturiano de La Habana fue intervenido por el gobierno a mediados del año 1961. Ya entonces el poder económico de los miembros de esta comunidad resultaba irrelevante.

Al trazar el balance de la significación para la sociedad cubana de aquel movimiento demográfico procedente de Asturias podemos llegar a la conclusión de que fue sumamente beneficioso. Desde el punto de vista numérico representó una necesaria repoblación del país, devastado por la guerra emancipadora, y desde la perspectiva económica significó la llegada de una valiosa fuerza laboral, integrada en su mayor parte por jóvenes, de vital importancia para las tareas generales de reconstrucción. Al margen de aquellos que sólo permanecieron una breve temporada en nuestro territorio es de notar que muchos de los inmigrantes asturianos se integraron sin gran dificultad a la sociedad cubana, establecieron familias y asumieron como suyo el destino de la nación. Con esa loable actitud y con un derroche de laboriosidad dejaron una valiosa huella en las más diversas manifestaciones de la cultura, la ciencia y la economía cubanas. Con el fin de citar ejemplos concretos de la participación de asturianos en esos ámbitos se impone entonces realizar a continuación un recorrido por distintas disciplinas y citar nombres y obras.

A lo largo del siglo XX fue notable la incorporación de autores de origen asturiano a nuestra literatura. En el género de poesía, por ejemplo, podemos mencionar entre otros muchos al gijonés Valentín Baras del Toral, al ovetense Constantino Cabal y al boalense Secundino Díaz Jardón, quienes dieron a la publicidad, respectivamente, los libros de versos Nocturno (1913), Del amor (1907) y Estela humilde (1955), así como José María Uncal, originario de Caravia, que confeccionó la valiosa antología poética de escritores españoles en Cuba Los argonautas (1924), y Emilio Martínez Suárez, natural de Pola de Laviana, quien nos legó el valioso volumen Nubes y rocío (1912). Sin embargo, de mayor significación para nuestra literatura fue el gijonés Alfonso Camín, quien debe ser considerado con toda justicia uno de los iniciadores inmediatos de la llamada poesía afrocubana. En una fecha tan temprana como el año 1913 incluyó en su libro Adelfas el poema “Musa africana”, dirigido a exaltar la belleza de la mujer negra, y con posterioridad, a través de sus composiciones “Elogio de la negra” y “Damasajova”, pertenecientes al volumen Carteles (1926), continuó desarrollando esa línea temática mucho antes de que fuese abordada por los cubanos José Z. Tallet, Ramón Guirao y Nicolás Guillén. Décadas más tarde el autor praviano Luis Amado-Blanco, exiliado en nuestro país, irrumpió en el panorama poético cubano con dos libros de notable calidad: Claustro (1942) y Tardío Nápoles (Madrid, 1970).

Luis Amado-Blanco, junto con el gijonés Antonio Ortega, también ocupa un lugar meritorio en nuestra narrativa. Ambos escritores obtuvieron el codiciado Premio de Cuento “Alfonso Hernández Catá” y a través de sus obras tomaron parte activa en el proceso de auge y consolidación de la cuentística cubana ocurrido en la década 1940-1950.

El primero agrupó sus relatos en el volumen Doña Velorio. Nueve cuentos y una nivola (1960) y dio a conocer además sus valiosas novelas Un pueblo y dos agonías (México, 1955) y Ciudad rebelde (Barcelona, 1967). Ortega, por su parte, además de incursionar en la literatura para niños con el libro de cuentos El caballito verde (1956), que escribió junto con la autora cubana Anita Arroyo, y de publicar la novela de sabor costumbrista Ready (1946), nos legó uno de los relatos más sobresalientes de la narrativa cubana: “Chino olvidado”. Otros narradores de origen asturiano que también descollaron en Cuba fueron Eva Canel, natural de Coaña, quien a fines del siglo XIX logró cierta celebridad con sus novelas Manolín (1891) y Oremus (1893), y el oventense Atanasio Rivero, autor de El Mayorazgo de Villahueca (1904) y Pollinería andante (1905). Con posterioridad sobresalieron Juan Antonio Cabezas Canteli, nacido en Cangas de Onís y autor del volumen de “cuentos sentimentales” Perfiles de almas (1923), el gijonés José Ramón González-Regueral Valdés con el cuaderno de relatos La noche ancha (1960) y el avilesino Rafael Suárez Solís con su novela Un pueblo donde no pasaba nada (1962).

En las distintas manifestaciones del género de teatro también estuvieron presentes personalidades literarias de origen asturiano. La ya citada Eva Canel fue muy aplaudida por su drama La mulata, que se publicó y estrenó en La Habana en 1893, y por su comedia El indiano, que dio a conocer al año siguiente. Ya en el siglo XX sobresale el dramaturgo avilesino Gonzalo García Quirós, quien a través de sus piezas Augusto y Huelga trágica, estrenadas en 1913 y en 1914, respectivamente, se convirtió en uno de los primeros cultivadores en Cuba del teatro social. A diferencia de éste, el gradense Regino López Falco fue uno de los grandes animadores de nuestros espectáculos teatrales humorísticos. En noviembre de 1900, junto con el comediógrafo cubano Federico Villoch, inició una temporada de sainetes, comedias y zarzuelas que con gran éxito de público se prolongó hasta junio de 1935 en el Teatro Alhambra. Bajo la dirección de Regino López, también famoso actor, aquella extensa temporada de teatro vernáculo ocupa un lugar sobresaliente en la historia de la dramaturgia cubana. En la década de los años 40, cuando ocurre el proceso de modernización de nuestros escenarios teatrales, también encontramos tomando parte en aquel valioso movimiento a varios autores nacidos en Asturias. En la dirección teatral sobresalieron Luis Amado-Blanco, su esposa Isabel Fernández, natural de Soto del Barco, y Francisco Martínez Allende, originario de Cangas de Onís. Los tres llevaron a las tablas obras presentadas por el Patronato de Teatro y por la Academia de Artes Dramáticas de la Escuela Libre de La Habana, donde además impartieron clases de dramaturgia. Por otra parte, Amado-Blanco y Rafael Suárez Solís sobresalieron como acertados críticos teatrales. Este último autor, de amplia cultura y múltiples inquietudes artísticas, también se desempeñó como comentarista de artes plásticas y como ensayista literario. Al margen de los numerosos artículos que publicó en el Diario de la Marina, en Información y en otros periódicos habaneros nos legó los valiosos estudios El arte de picar piedra (1931) y La resonancia del silencio (1941). Manuel Isidro Méndez, nacido en Navia, igualmente cultivó el ensayo literario, como lo demuestran sus obras Poetas de Artemisa (1919) y Un poeta musical (Gustavo S. Galarraga) (1922). Sin embargo, obtuvo su mayor éxito como estudioso de la vida y la obra de José Martí. A este asturiano le cabe la gloria no sólo de haberse adentrado en la exégesis martiana con textos como Ideario de Martí (1930) y Entraña y forma de Versos sencillos de José Martí (1953), sino de haber escrito la primera biografía de Nuestro Apóstol, que bajo el título de José Martí. Estudio biográfico vio la luz en París en 1925. Aunque debemos reconocer que ya con anterioridad, en 1908, desde las páginas de la revista Cuba y América, otro asturiano, el avilesino Julián Orbón Corugedo había dado a conocer un boceto biográfico de Martí.

Manuel Isidro Méndez también cultivó el estudio histórico, como lo demuestra su Historia de Artemisa (1973), y Atanasio Rivero el estudio cervantino. Al publicar éste en Madrid en 1916 la obra El crimen de Avellaneda; memorias maravillosas de Cervantes y varios artículos en la prensa con los cuales aspiraba a descubrir la personalidad oculta del autor del Quijote apócrifo levantó apasionadas polémicas en las que intervinieron los principales cervantistas de la época. Atanasio Rivero obtuvo méritos también como escritor festivo, pero en esa manifestación literaria los mayores éxitos le corresponden a Manuel Álvarez Marrón, natural de Tineo. Su serie en cinco volúmenes de Burla-burlando, compilación de los artículos que dio a conocer durante muchos años en el Diario de la Marina, le proporcionó una notable popularidad.

En la literatura religiosa igualmente dejaron su huella autores de origen asturiano. Dentro de los cauces del catolicismo hallamos, por ejemplo, al sacerdote jesuita y pedagogo Amalio Morán, nacido en Pola de Lena, quien dio a la publicidad más de una docena de títulos, entre ellos Por qué soy católico (1913) y, en tres tomos, Consideraciones para mis retiros (1920). Dentro de la variante evangélica encontramos al pastor bautista Domingo Fernández Suárez, originario de Villayón, quien no sólo predicó durante años a través del espacio dominical “La Hora Bautista”, sino que al mismo tiempo imprimió El cristiano y la ley (1944) y Creo en Dios (1950), entre otros estudios religiosos.

Además de haberse adentrado en el ensayo pedagógico de raíz católica el ya citado sacerdote Morán, sobresalieron como pedagogos el belmontino Rafael A. Fernández y el gozoniego Eufrasio Fernández Fernández. El primero fue desde 1918 hasta 1934 profesor de la Cátedra de Pedagogía de la Universidad de La Habana, dirigió el Colegio “Redención”, de la barriada del Cerro, fue miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País y de la Institución Hispanocubana de Cultura y además de confeccionar libros de texto para la enseñanza publicó el estudio Las actividades congénitas del niño desde el punto de vista de la educación (1918). Eufrasio Fernández, por su parte, fue director del Colegio de Primera y Segunda Enseñanza “San Isidro”, de La Habana, y con carácter instructivo publicó Lecciones de gramática española (1898) y Los problemas de Luisito (1905). Tras el triunfo revolucionario de 1959 impartieron clases en la universidad habanera los hermanos Áurea Matilde y José Luis Fernández Muñiz, nacidos en Pravia.

Ella fue durante muchos años profesora de historia de España y confeccionó varios libros para el estudio de esta asignatura, mientras él fue profesor de matemáticas y elaboró varios textos sobre análisis matemático. Incluso en una disciplina lingüística tan poco frecuentada como la lexicografía también hallamos la impronta de un autor asturiano. Al avilesino Constantino Suárez, conocido como Españolito, le debemos su valioso Vocabulario cubano (Barcelona, 1921). Gracias a su labor como viajante de comercio recorrió toda la Isla, se encargó de compilar los vocablos del habla peculiar de sus habitantes y fruto de ese esfuerzo fue dicho Vocabulario.

El periodismo constituyó, en cambio, un terreno intelectual mucho más cultivado por los autores nacidos en Asturias y sumamente extensa sería la relación de periodistas que pudiéramos citar en este trabajo. Mas de acuerdo con su nivel de relevancia no debemos dejar de mencionar al candamés José González Aguirre y a los naturales de Villaviciosa Nicolás Rivero Muñiz y José María Villaverde. El primero fundó en 1892 la revista El Correo de Asturias y más tarde fue jefe de redacción de La Unión Española y del Diario Español. Rivero asumió en 1895 la dirección del Diario de la Marina y al fallecer en 1919 había convertido a este órgano conservador, hispanófilo y clerical en el periódico cubano de más circulación y en uno de los más importantes de Hispanoamérica. Villaverde, por su parte, fue por largo tiempo el Presidente de la empresa editora del diario Cuba, de posiciones más liberales. Otros destacados periodistas asturianos fueron Jorge Fernández de Castro (Tartarín de Tarascón), director de Alerta, el ovetense Fernando Rivero, creador en el Diario de la Marina de la sección “Sociedades Españolas”, que fue copiada de inmediato por otras publicaciones habaneras, y el boalense Salvador Díaz Rodríguez, director de la revistas Ideales y Renovación.

Mención aparte merece el también boalense Celestino Álvarez González, quien en 1919 fundó la revista mensual El Progreso de Asturias, que dirigió hasta su fallecimiento en 1957. Fue esta la publicación de más larga vida y de más calidad de cuantas surgieron en el seno de la comunidad asturiana en Cuba; pero no debemos olvidarnos de otras de más breve existencia como Crónica de Asturias (1907-1914), Asturias (1914-1925) y Voz Astur (1918-1920). En las páginas de estas revistas, junto a las noticias sobre el Principado y sobre las asociaciones asturianas en nuestro país, siempre hubo espacio para la literatura y en particular para la poesía.

Muy asociado al periodismo nos encontramos el giro de la imprenta, que al menos durante las primeras décadas del siglo XX estuvo casi por completo en manos de inmigrantes españoles, entre ellos no pocos asturianos. Los hermanos Antonio y Segundo Pérez Sierra, naturales de Infiesto, fueron los propietarios de la Imprenta Militar, creada muchos años antes y que rebautizaron con el nombre de Pérez Sierra y Hermano. Manuel García González, nacido en Llanera, tuvo en su poder la Editorial Neptuno, que contó con un taller de imprenta y un almacén de papel. Y la casa impresora Fernández Castro y Cía, ubicada en la calle Muralla, tuvo como principales gerentes a varios asturianos, entre ellos a José Fernández Castro, originario de Soto del Barco.

La huella de los nativos de Asturias también quedó estampada en nuestras artes plásticas. En el dibujo, en la caricatura y en la ilustración de textos podemos mencionar el meritorio quehacer durante las últimas décadas del siglo XX de José Luis Posada, nacido en Villaviciosa. Sus creaciones han quedado en las páginas de las revistas Bohemia, La Gaceta de Cuba y Unión, así como de El Caimán Barbudo, en cuya fundación también intervino. En cuanto a la pintura podemos mencionar al gijonés Evaristo Valle y al piloñés Manuel Sánchez García. Aunque el primero permaneció poco tiempo en nuestro territorio realizó algunos murales en el Centro Asturiano y ofreció aproximadamente en 1928 una exposición de sus cuadros con temas vinculados a Cuba. Sánchez García, por su parte, estuvo entre los artistas que expusieron en 1924 en el Salón de Pintura y Escultura del Prado y a continuación realizó algunas muestras personales. En cuanto a la escultura el nombre más sobresaliente resulta el del piloñés Restituto del Canto Levilla, encargado de realizar toda la obra estatuaria y de adorno del Centro Asturiano y autor además de la obra escultórica en homenaje a Manuel Valle que se alza aún en la antigua Quinta Covadonga.

En relación con la música no pueden dejar de citarse los avilesinos Benjamín Orbón y su hijo Julián Orbón Soto. El padre fundó en La Habana en los primeros años del siglo XX un prestigioso conservatorio de música, que dirigió durante largo tiempo. Julián Orbón logró formarse como pianista, compositor musical y director de orquesta, estuvo muy vinculado a los escritores del grupo Orígenes y por sus obras musicales, entre ellas “Tres versiones sinfónicas”, ha sido considerado uno de los más importantes compositores de Hispanoamérica del siglo XX. A Julián Orbón le corresponde además el mérito de haber incorporado a la melodía de la mundialmente conocida canción La Guantanamera los Versos sencillos de José Martí, En este epígrafe dedicado a la música también debemos incluir al barítono ovetense Augusto Ordóñez, quien permaneció largas temporadas en Cuba y fue muy aplaudido en sus presentaciones en los teatros habaneros.

La radio cubana igualmente se benefició por el quehacer fecundo de los inmigrantes asturianos. Sirva como ejemplo el caso de Manuel Álvarez Álvarez, Manolín, originario de Carreño. Desde la localidad de Caibarién, donde se estableció, fue uno de los primeros animadores de la radiodifusión en Cuba a través de la emisora de su propiedad 6EV. Entre sus grandes méritos se encuentra haberle ofrecido a los oyentes en septiembre de 1923, de modo simultáneo, la pelea de boxeo entre Jack Dempsey y Luis Ángel Firpo, celebrada en los Estados Unidos. También fue esta la primera emisora en Cuba en narrar un encuentro de béisbol.

El caso de Manolín Álvarez en Caibarién nos puede servir igualmente de ejemplo acerca del valioso desempeño de los asturianos en distintas localidades del interior de nuestro país. Sin embargo, no es el único. Al gijonés Valentín Cuesta Rendueles le corresponde el mérito de haber fundado en Güines en 1890 la imprenta El Demócrata, que funcionó durante muchos años, así como varias publicaciones que desarrollaron el periodismo en la región. El avilesino Isidro Pruneda Fernández y el también gijonés Cándido Díaz Álvarez de igual manera fundaron y dirigieron, respectivamente, el periódico La Correspondencia, en Cienfuegos, y Heraldo Pinareño, en Pinar del Río. Por su parte José Ramón Suárez Castiello, nacido en Colunga, fomentó la actividad periodística en Cárdenas, Francisco Suárez Fernández, natural de Cangas de Tineo, dirigió varias publicaciones en Trinidad, la poetisa María Teresa Fernández-Getino, de Pola de Lena, estimuló la creación literaria en Artemisa, ciudad donde se radicó, y el avilesino Juan Francisco Alderete tuvo hace unos años bajo su responsabilidad los talleres literarios de la provincia de Camagüey.

Científicos de origen asturiano, para beneficio de la sociedad cubana, también desarrollaron su actividad entre nosotros. El sacerdote jesuita gradense Santiago M. de la Viña desde su puesto de Director del Observatorio Meteorológico del Colegio “Nuestra Señora de los Dolores”, de Santiago de Cuba, se encargó de acopiar importantes informaciones climatológicas y de orientar a la población santiaguera. En la sede universitaria de esa ciudad se desempeñó durante muchos años como profesor de química el gijonés Julio López Rendueles, autor de la valiosa obra en cuatro tomos Química general aplicada a medicina y farmacia (1948) y tras el triunfo revolucionario Sub-Director del Instituto de Biología de la Academia de Ciencias de Cuba. En el campo de la medicina descollaron los también gijoneses Manuel Villaverde Álvarez y Javier Fernández de Castro.

El primero se especializó en endocrinología, publicó varios textos sobre esta disciplina, entre ellos La diabetes y sus problemas (1958), y fundó la Sociedad Cubana de Endocrinología. El segundo se especializó en alergia, durante muchos años ocupó la dirección del Servicio de Alergia del Hospital Nacional “Enrique Cabrera”, publicó estudios sobre esta materia, entre ellos, en colaboración, Síndromes alérgicos y bacteriología intestinal (1950) y llegó a ser Presidente de la Sociedad Cubana de Alergia.

Ya en el terreno de la economía ocupó un sitio relevante el boalense José Manuel Álvarez Acevedo, director del mensuario Revista Nacional de Ciencias Político-Económico-Sociales, periodista de la publicación Cuba Económica y Financiera y autor del notable ensayo La colonia española en la economía cubana (1936).

Como se desprende del título anterior y como es bien conocido la comunidad española en nuestro país tuvo una notable incidencia económica principalmente en la primera mitad del siglo XX. En particular los asturianos sobresalieron en el comercio mayorista y minorista y en la producción de tabacos y cigarros. Dentro de la incalculable relación de inmigrantes procedentes de Asturias que aspiraron a enriquecerse en Cuba tan solo una pequeña proporción lo logró. En esa fracción pueden incluirse, por ejemplo, a Ramón Cifuentes Llano, natural de Ribadesella, que empezó su vida laboral en La Habana de empleado y llegó a ser el principal gerente de la fábrica de tabacos Partagás, al candamés Benjamín Menéndez García, dueño de la fábrica de aceites El Cocinero, a Manuel Cofiño Migoya, nacido en Parres, que logró convertirse en destacado comerciante del giro de la floricultura, y al luarqués Leoncio García López, co-propietario en los años 50 del pasado siglo de los Laboratorios Farmacéuticos Om. De igual modo se ubican en esa relación los hermanos José y Bernardo Solís García y Aquilino Entrialgo Álvarez, propietarios de la tienda por departamentos El Encanto, una de las más prestigiosas de Hispanoamérica. Como alto empleado de la misma el gradense José Fernández Rodríguez, Pepín, llevó a cabo toda una renovación del sistema publicitario del comercio cubano.

Gracias a su iniciativa El Encanto brindó ayuda económica a la Revista de Avance y a la Institución Hispanocubana de Cultura, creó el Premio Periodístico “Justo de Lara” y patrocinó programas culturales a través de la radio. Más tarde Pepín Fernández marchó a Madrid, donde estableció los emporios comerciales Sederías Carretas y Galerías Preciados.

En el lado opuesto de aquella elevada escala social se encontraban numerosos empleados y pequeños comerciantes y propietarios de origen asturiano, que de modo mucho más modesto también tomaban parte en el desenvolvimiento de la economía nacional. En ese giro menos relevante alcanzó renombre por su desempeño en favor de la clase correspondiente el cabranense Lucio Fuentes Corripio, fundador y Presidente de la Federación Nacional de Detallistas.

Como miembros de los estratos sociales menos favorecidos algunos inmigrantes asturianos se incorporaron a las demandas obreras de los nativos con el fin de lograr mejoras salariales. Entre esos luchadores estuvieron, a fines del siglo XIX, el ovetense Saturnino Martínez y, ya en las primeras décadas del siglo XX, el belmontino Hilario Alonso. El primero, también poeta y periodista, fundó en 1865 la publicación La Aurora, dirigida a los artesanos, y encabezó varias huelgas de los tabaqueros de La Habana. Alonso, por su parte, se inició como militante anarquista, sufrió prisión en varias ocasiones y dirigió varias revistas obreras hasta asumir los postulados del socialismo ortodoxo y ocupar la presidencia del Club de Cantineros. Ya en las luchas plenamente políticas participaron por este tiempo, de modo destacado, el asturiano Celestino Baizán Lobo y el ovetense Ángel Pío Álvarez. Baizán combatió de joven en las fuerzas insurrectas cubanas, alcanzó el grado de oficial y estuvo presente en la caída del General Antonio Maceo en San Pedro. Durante la República fue figura sobresaliente del Partido Conservador y de la Unión Nacionalista y se desempeñó como Gobernador de La Habana. Entre los más activos revolucionarios que combatieron la dictadura de Machado estuvo Pío Álvarez. Tomo parte activa en la colocación de explosivos y en la realización de atentados personales a los principales responsables de las fuerzas represivas hasta que fue detenido, torturado y asesinado.

A la masonería cubana también se incorporaron con fraterno espíritu constructivo numerosos nativos de Asturias. El ovetense Segundo Álvarez González llegó a ocupar el puesto de Gran Maestro de la Gran Logia de Cuba desde 1892 hasta 1895, el cabranense Cesáreo González Naredo, además de desempeñar cargos importantes en la Logia Unión Ibérica, fundó en 1932 la revista mensual Mundo Masónico, que dirigió hasta su muerte treinta años después, y el Comandante de Aviación José María Llanos Valle, nacido en Cangas de Onís, alcanzó a presidir la Fraternidad Española en el Exilio. Por otra parte, en la esfera de los deportes podemos anotar que el equipo de fútbol de la sociedad Juventud Asturiana, integrado casi en su totalidad por atletas de origen asturiano, escribió la página más gloriosa de la historia del balompié en Cuba al derrotar 4 goles por 2 en junio de 1927 al equipo “Nacional” de Uruguay, entonces campeón mundial.

Para terminar esta relación casi inabarcable de asturianos que tomaron parte destacada en la cultura, en la ciencia y en general en la sociedad cubana del siglo XX sólo añadiremos que si bien el personaje más popular de nuestro país a lo largo de varias décadas fue el gallego José María López Lledín, El Caballero de París, no muy detrás de él estuvo el candamés Carlos Manuel Pérez Rodríguez, conocido por Bigote Gato. Sus grandes mostachos afilados, su boina roja y el auto antiguo en el que se desplazaba han quedado como la estampa de una época pretérita.

En esa época se inserta una numerosa y vital colonia asturiana, ya hoy en pleno proceso de liquidación. Dejó ganancias, realizó aportes a la sociedad cubana. Quizás no sólo represente el esfuerzo de un nostálgico volver la mirada atrás y reconocer con agradecimiento las obras que aquellos asturianos nos legaron.

Jorge Domingo Cuadriello - La Habana, 20 de abril de 2006

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