Historia de Cuba

De África al Caribe

Los huérfanos etíopes que se educaron con Fidel Castro.

Desperdigados por hospitales de África, miles de médicos comparten historia e idioma: el español. Son los niños de la Isla de la Juventud. Cuatro décadas después, hablan de ello

El teléfono sonó impertinente en el rincón del salón en una humilde casa en Dire Dawa, al Este de Etiopía. Estaba en el suelo, apoyado en la pared de pintura amarilla, frente a un mueble con los retratos solemnes en blanco y negro de un esposo e hijo fallecidos y una bandejita con la cafetera, el azucarero y las tazas a punto para el ritual del café.

Una esbelta viuda de elegante pañuelo a la cabeza y bata larga, que rondaba los 60, se agachó para responder. En la mano derecha aún lucía la alianza de oro de su matrimonio, aunque había enterrado a su marido hace más de tres décadas.

--Mamá, soy yo -dijo, al otro lado, una voz emocionada desde La Habana.

--¿Quién? -respondió confundida la viuda.

--Wendesen, tu hijo -agregó aquel hombre, en perfecto amárico pero con la melodía del Caribe.

--Mi hijo está muerto -resolvió la madre.

Era 2006. Habían pasado 27 años desde que Wendesen y Mesfen, dos de los seis hijos de Asede, abandonasen Etiopía en un barco rumbo a Cuba. Tenían 10 y 14 años.

Como ellos, miles de huérfanos del conflicto entre Etiopía y Somalia de 1978, estudiaron en Cuba. En plena Guerra Fría, EEUU apoyó a Somalia y la URSS y Cuba a Etiopía. Como agradecimiento, Fidel Castro ofreció educación gratuita a los hijos de los caídos.

En 1978 y 1979, salieron del país dos barcos repletos de niños: "Como mínimo se habla de 5.000 etíopes educados en Cuba", cifran Asha Miró y Rediet Senbet, en el libro "Los rastros de sándalo".

'Ni sabía dónde quedaba Cuba'

"Me dijeron que me llevaban a Cuba y pa' Cuba, pero ni sabía dónde quedaba", recuerda Wendesen, mientas apura un cigarro en la casa de su madre. El teléfono sigue en el rincón.

A sus 46 años, es la segunda vez que regresa a casa desde que se fuera con 10 años. La primera vez fue en 2013. Pasaron 34 años sin verse. Para entonces, el niño etíope que se marchó en barco ya no era ni niño ni etíope casi, sino un cualificado oftalmólogo que hablaba español y prefería que lo llamaran "William".

Los primeros años, Wendesen escribía a su madre. Y su madre, como no sabía leer ni escribir, le dictaba las cartas a sus hermanos. Las cartas se demoraban meses pero llegaban. Con el tiempo, se diluyeron hasta agotarse. El mayor, Mesfen, regresó cuando acabó sus estudios. Cuando Wendesen quiso volver ya no pudo: "Cayó el gobierno y ya no nos dejaban regresar". El coronel Mengistu fue derrocado en 1991.

La familia de Wendesen no supo más de él hasta la llamada de 2006: "Gracias a una muchacha que estudió conmigo en Cuba que vino a Dire Dawa de visita. Le dijeron que no sabían nada de mí y ella me localizó". Cuando Wendesen llamó a su madre, tuvo que dar muchos detalles. "No me creía", sonríe.

"La única llamada que esperaba era la del pésame", asegura sosegada la madre, rodeada por sus hijos y nietos. Luce un vestido blanco tradicional y un turbante negro para la ocasión. Es la fiesta de despedida de Wendesen, que vuelve a irse. Vive en Suecia.

La cena transcurre entre recuerdos: "Cuando se fue, le metí en la maleta dos camisas, dos pantalones, un peine, agujas e hilo", rememora la señora Asede. La hermana, Sion, que entonces tenía seis años, recuerda despedirse en la estación. Ese día, su madre le pidió a Dios volverlos a encontrar; "bueno, se lo pedía siempre".

De África al Caribe

El tren salió de Dire Dawa rumbo a Addis Abeba, lleno de niños. Los llevaron a Tatek, un campamento militar donde les enseñaron a marchar y el himno cubano. Después, partieron en barco. Era la primea vez que veían el mar.

"Lo recuerdo como si fuera ayer", asegura Nega Aberra, farmacéutico de 49 años, que se fue a Cuba con 12 años y volvió con 24. "A los niños en el barco vomitando y llorando porque echaban de menos a su mamá; éramos críos". De Etiopía a Yemen, luego a Egipto, a las Islas Canarias y a través del Atlántico a Cuba. "No sabíamos nada de la distancia ni de la separación", conviene Etagegn Hailu, economista de 45 años.

Los niños de la Isla de la Juventud

El destino final fue la Isla de la Juventud, donde estudiaron becados los huérfanos de varios conflictos, la mayoría africanos. Se calcula que unos 50.000 niños de 45 países. Hoy, desperdigados por hospitales de África, miles de aquellos jóvenes comparten historia e idioma: el español.

Las doctoras Haregeweyn y Senait, que ahora rondan los 50, se hubiesen quedado. "Mi primer novio fue un cubanito. Por eso los quiero tanto", bromea Haregeweyn. "Pero aquí tengo a mi mamá; además, me formé para ayudar a mi país", aclara Senait. "Nos lo dieron todo sin recibir nada a cambio: la cultura del trabajo y nos educaron", enfatiza Nega. "Qué hubiese sido de nosotros si no hubiésemos estudiado en Cuba", conviene Wendesen.

Y pasaron los años, los niños crecieron y con ellos, sus historias, con distintos desenlaces: unos volvieron, otros se enamoraron y se quedaron y otros como Wendesen tardaron más de la cuenta.

El día que Nega regresó, todos le abrazaron menos su madre, "me imaginé lo peor", pero la madre estaba en el baño. Dice que los encontró como los dejó: "Intactos", aunque regresó escuchando son cubano y a Rocío Durcal y prefería el arroz a la 'injera', una masa tipo crep con la que los etíopes acompañan todos sus platos.

LOLA GARCÍA-AJOFRÍN

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