Historia de Cuba

La celestina habanera

No sólo España puede pavonearse de tener su celestina. La Habana colonial también la tuvo. A diferencia del personaje de Fernando de Rojas, pobre y lenguaraz, la celestina cubana era real, palpable, de carne y hueso; una encopetada dama perteneciente de la aristocracia criolla, y bien entradita en años.

El poeta modernista y cronista Julián del Casal (1863-1893), descorrió el velo de las habladurías y, de paso, hizo patente que alcahuetería y chismografía no pasan de moda, sobre todo cuando es el pellejo ajeno el que está en boca de todos.

Ni loco ni tonto, Casal tuvo como escudo el buen tino de expresar el comentario en lenguaje indirecto, algo torcido, motivado por el rango social de la dama, para librarse del posible escándalo, y hasta de la posible acusación por difamación. Por lo obvio del asunto, no era necesario dar nombre alguno.

La alta sociedad, como el pueblo llano, eran partícipes de los comentarios; pero por si acaso, quiso Casal hacer creer que el chisme provenía de un cronista francés.

Cuenta Casal en La Habana Elegante del 8 de abril de 1888: “Cuando las mujeres –afirma un cronista parisino- han pasado sus años de galantería, presiden círculos famosos, distribuyen las reputaciones, ponen a la moda ciertos adornos y ciertos libros; protegen relaciones amorosas, hacen matrimonios, tienen escuelas de flirteo y son tan buscavidas como las jóvenes de 16 años”.

Casal reafirma esos criterios exponiendo el caso de la marquesa X, recién retornada de París, joven, viuda, de belleza extraordinaria, muy rica, figura principal de los más aristocráticos salones de la ciudad luz.

Su regreso a La Habana, precedida por la fama, coronada, además, con un refinamiento sencillo en su conducta y en el hablar y vestir, provocó sensación en todos los estratos sociales, incluido el Capitán General, máxima autoridad de la Isla.

Con tales adornos a la reinstalada en la alta sociedad habanera, no le faltó pretendiente, pero a la marquesa sólo le interesó un joven galán que, para desdicha de ella, estaba casado.

La marquesa, que no era ninguna santa y ardía en deseos eróticos, había conocido recientemente a la marquesa de la Real Proclamación, en una de las acostumbradas fiestas en el palacio de los condes de Casa Jaruco y Mopox. Ya a los oídos de la recién llegada de París, habían soplado las efectivas dotes de alcahueta de la marquesa de la Real Proclamación.

Conocedora del terreno que pisaba, la joven marquesa, aparentando curiosidad, preguntó en privado varias veces a la vieja marquesa sobre su galán tan bien ataviado, al que ya se imaginaba desnudo y en la cama.

Como sacada de la tragicomedia de Calixto y Melibea, la celestina criolla le contó que se trataba del marqués de Villalta, distinguido caballero diestro en las armas, el piano y el violín. Rico y casado.

Conocido el interés de la marquesa joven por el marqués, la celestina invitó a X a su próxima fiesta, donde arreglaría el encuentro amoroso. Él vestía un impecable esmoquin de casimir inglés, y ella, por ser viuda, un vestido negro. La celestina presentó la marquesa al marqués, y sorprendido por tanta belleza, quedó rendido. Al ver que las cosas marchaban a pedir de boca, la marquesa de la Real Proclamación entregó una llave al joven marqués, y le dijo: “Es la séptima habitación de la galería, distinguidos marqueses. Pasen ustedes buenas noches”.

En una esquina, Julián del Casal, invitado a la tertulia, contempló la escena, y sonriente, exclamó:

-¡Ah, esta adorable marquesa de la Real Proclamación!

Cuando notaron la ausencia de la joven pareja, los invitados comenzaron a cuchichear. Entonces la vieja marquesa, mientras el reloj del palacio daba las diez campanadas, exclamó con su voz bien timbrada de consumada celestina:

-¡Qué continué la fiesta, señores!

Fuente: CubaNet

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