Historia de Cuba

Baraguá

Herencia de un legado heroico

Era el 15 de marzo de 1878 y los mangos de Baraguá se mecían al leve batir del viento y nada hacía suponer que allí, ese día, acontecería uno de los hechos más gloriosos de la historia cubana.

En ese sitio habían quedado citados el general español Arsenio Martínez Campos y el general independentista Antonio Maceo Grajales para una trascendental entrevista.

El primero intentaría convencer al segundo de la conveniencia de deponer las armas según lo pactado en el Zanjón. Maceo, por su parte, tenía como propósito dejar sentada su negativa a aceptar la paz sin independencia que España había decidido conceder a Cuba.

Las condiciones que habían llevado al pacto tenían sus antecedentes en los mismos inicios de la Guerra de los 10 Años, pues muy pronto resultó evidente la falta de unidad revolucionaria que impidió a esa contienda superar su carácter regional y pasar a ser nacional.

A la altura de 1877 algunos de los males que aquejaban a la revolución habían comenzado a profundizarse. Aun cuando se mantenía el patriotismo dentro de las filas insurrectas, las contradicciones generadas impedían el desarrollo de un plan único y coherente para lograr el triunfo definitivo.

En esas circunstancias la duda comenzó a ganar espacio dentro del aparato político de las fuerzas insurrectas. La dirección de la revolución comenzó a tambalearse en sus posiciones, aunque se mantuvo la intransigencia de algunos jefes cubanos y su fidelidad a los ideales patrióticos.

Por otra parte, la administración española incrementó su ofensiva militar, en tanto desde el punto de vista político ofrecía perdón y olvido a quienes se entregaran o depusieran sus armas y odios contra España.

En esas circunstancias el 10 de febrero de 1878, el Comité de Centro --en representación de la Cámara de Representantes de la República en Armas, que ya se había autodisuelto-de común acuerdo con el general Arsenio Martínez Campos firmaba en San Agustín del Brazo el documento que ponía punto final a la Guerra Grande, conocido como Pacto del Zanjón.

Pero Antonio Maceo, que por su valentía y estatura militar se había ganado ya un reconocido prestigio, fue uno de los primeros en negarse a aceptar dicho acuerdo, por entender que el mismo no respondía a los dos objetivos fundamentales que habían lanzado a los cubanos a la lucha: la independencia y la abolición de la esclavitud.

Por ello, en un estallido de honor y dignidad intentó, serena y maduramente, reorganizar el movimiento revolucionario sobre la base de un hecho político que sirviera de punto de partida para rescatar a la Revolución de la crisis.

Inmediatamente se dio a la tarea de contactar con los patriotas de otras regiones dispuestos a continuar la lucha, para concertar una acción común, mientras realizaba ingentes esfuerzos en aras de rechazar todas las presiones y amenazas de los enemigos para amedrentar sus fuerzas.

En medio de las circunstancias que propendían a una crisis irreversible del movimiento independentista cubano, Maceo convocó a la ya citada entrevista en Baraguá.

La trascendencia de este acto, expresión acabada del espíritu revolucionario nacional, demostró la existencia de jefes, oficiales y soldados que habían soportado el peso y las penurias de aquella guerra y a la cual no estaban dispuestos a renunciar y mantenían su disposición de continuar luchando en aras de lograr la victoria definitiva.

No es casual que en los tiempos que corren, Baraguá tome vigencia y ese territorio oriental sirviera otra vez de escenario propicio para suscribir un Juramento que, salvando las distancias, afianza lo más revolucionario y genuino del pueblo cubano, enfatizando su intransigencia y posición inclaudicable en la defensa de sus ideales y principios.

Yolanda Diaz, Investigadora del Instituto de Historia de Cuba

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