Historia de Cuba

La Paz del Zanjón

En 1878, Martínez Campos logró llegar a un acuerdo con las “fuerzas insurrectas cubanas”, que se comprometían a deponer las armas a cambio de que Cuba obtuviese el mismo régimen que Puerto Rico y de una amnistía general. El hecho de que Estrada Palma, presidente provisional de Cuba, hubiera caído prisionero (octubre de 1877) y de la disolución de la Cámara de representantes cubana (8 de febrero 1878) precipitó los acontecimientos.

Máximo Gómez tuvo una entrevista con Martínez Campos y fue autorizado a abandonar la Isla, como así lo hizo a primeros de mayo.

Por lo contrario, un núcleo de patriotas cubanos dirigido por Antonio Maceo no admitió esa capitulación, paz o tregua (que de todo tenía) llamada del Zanjón, que había sido firmada el 10 de febrero. Una entrevista de Martínez Campos con los jefes insurrectos no dio ningún resultado. Un año más tarde estalló en Oriente la llamada “Guerra chiquita”, dirigida principalmente por José Maceo y Guillermo Moncada en el interior y Calixto García en el exterior. Pero también Martí pudo huir de España, donde se hallaba desterrado, y después de llegar a Tampa a fines de 1881, formó el Partido Revolucionario Cubano. No era empresa fácil para España mantener los restos del imperio colonial. Aunque el general Polavieja dominó esta fase de las hostilidades; pero a partir de este momento menudearon los incidentes armados y comprendió ya entonces que el final ineluctable de los acontecimientos sería la independencia de la Isla.

Patriotas cubanos como Bonaechea, Limbano Sánchez y otros pagaron con su vida los diversos intentos de levantamiento en años posteriores. Al mismo tiempo, uno de los mejores valores del pueblo cubano, José Martí se convirtió en el guía e inspirador del movimiento de emancipación dentro y fuera del país. De incansable actividad, recorrió la Florida, Santo Domingo, Costa Rica, etc., aunando voluntades y organizando las fuerzas cubanas.

La opinión de la Isla evolucionaba también cada día más. El partido “autonomista” envió diputados a Cortes (en 1879 envió diputados después de hallarse privada está de derecho durante casi medio siglo). Uno de ellos, Montoro, propuso al Congreso que se concediese “la autonomía colonial en toda su pureza”, pero su propuesta fue rechazada por 217 votos contra sólo 17, de los diputados autonomistas y republicanos.

En Madrid, sólo se pensaba en sacar jugo a las colonias, y aun apenas eso, pues prevalecían concepciones sobre el asunto propias de varios siglos atrás. Un historiador de tanta autoridad como Don Rafael Altamirano ha diagnosticado aquella situación diciendo: “Se continuó escatimando derechos a los antillanos, recelando de todo movimiento liberal y empleando, cuando la situación se agravaba, procedimiento de fuerza”.

El 24 de febrero de 1895 marcó el comienzo de un nuevo y decisivo esfuerzo insurreccional: el Grito de Baire.

Un mes después se manifestaban también los primeros síntomas de Filipinas.

En el momento en que Cánovas se hace cargo del Poder. Pero ahora, en lo colonial, se trata de la “unión sagrada”: conservadores, liberales, ultramontanos e incluso algún republicano a lo Castelar. Ahora es Sagasta quien, llamando a sus amigos para que voten los créditos pedidos por el Gobierno, dice en el Senado la tarde del 8 de mayo de 1895: “máxime ahora que tenemos una guerra en Cuba, para cuyo término dará España hasta la última gota de su sangre y su última peseta”. Y Cánovas le agradece este discurso “altamente gubernamental y altamente patriótico”. Y ya está en marcha la consigna enloquecedora. Se agitan las charangas, se envía a lo más pobre de la juventud española (puesto que las gentes acomodadas rescataban con dinero la obligación del servicio militar) mal equipada y peor alimentada, a morir en los campos pantanosos de Cuba, mientras los “señoritos” hacían estrategia en las tascas y los cafés de la Península y cantaban La marcha de Cádiz.

Como se ve, la situación no podía ser más grave. El 19 de mayo, Sagasta declaraba ante las minorías de diputados y senadores liberales: “Después de haberse enviado 200.000 hombres y de haberse derramado tanta sangre, no somos dueños en la Isla de más terreno que el que pisan nuestros soldados.”

En España, después de la Paz del Zanjón y no sin complicados debates parlamentarios, se abolió definitivamente la esclavitud en Cuba, completando las primeras disposiciones en dicho sentido de 1870 (ley Moret).

La supresión del patronato en octubre de 1888 (ley Gamazo) dio libertad a unos 25.000 “patrocinados”.

En febrero de 1898, el general Blanco, enviado por el gobierno liberal a reemplazar a Weyler, informaba a Sagasta del siguiente modo:

“El ejército, agotado y anémico, poblando los hospitales, sin fuerzas para combatir ni apenas para sostener las armas; más de trescientos mil concentrados agonizantes o famélicos pereciendo de hambre y de miseria alrededor de las poblaciones…”

La guerra estaba perdida para la monarquía española, y ganada virtualmente por los cubanos. En Washington se estimó que había llegado el momento de ganarla para los Estados Unidos. Ya en 1890 Mr. Blaine, secretario de Estado norteamericano, no se había recatado en declaración a la prensa: “Cuba caerá como una manzana madura en nuestras manos”. Pero la ceguera de los gobiernos españoles era tanta que cuando, ese mismo año, reformista cubano Sr. Labra pidió la simple autonomía para la isla, Cánovas, también entonces jefe del Gobierno, no tuvo mejor respuesta que ésta: “España empleará la sangre de su último hombre y quemará su último cartucho y gastará su último céntimo en conservar aquellas provincias”.

En España pasaba el tiempo y se acercaba el momento de que el “turno” de partidos fuese una realidad. Sagasta constituyó definitivamente el partido liberal en una reunión de 131 senadores y diputados (19 de mayo de 1880), llamado entonces “fusionista”, y se nombró un directorio compuesto por Sagasta, Martínez Campos, Alonso Martínez, Posada Herrera, Romero Ortiz y Vega de Armijo. Éste era ya un partido “liberal-dinástico” frente al “liberal conservador” de Cánovas.

Llegó el momento en febrero de 1881. Cuando Cánovas presentó la dimisión al rey, so pretexto de una operación de la Deuda pública, estaba virtualmente de acuerdo con el monarca para que se la aceptase y fuese llamado Sagasta al Poder. Así sucedió; el 10 de febrero, el partido liberal entraba de lleno en el mecanismo constitucional del Estado monárquico de la Restauración.

La Restauración consolidó en España el poder de las antiguas clases dirigentes y con ello su base económica, la gran propiedad agraria.

El programa de gobierno resultó obra maestra de equilibrio y ponderación entre las aspiraciones de las derechas y las exigencias de los liberales. Sin abandonar el espíritu de la revolución de setiembre, dejaba para mañana el restablecimiento del sufragio universal y cerraba el paso a la reforma de la Constitución.

Desde que la guerra se agravó en las Antillas, los capitales españoles comenzaron a repatriarse. Sardá, basándose en los estudios de Barthe, calcula que de 1892 a 1902 se repatriaron unos 1000 millones de pesetas de las Antillas, a lo que hay que añadir los 20 millones de dólares oro que Washington dio como “indemnización” por la cesión de Filipinas y Puerto Rico.

Fuente: Aporrea

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