Historia de Cuba

Los fusilados del Central Adela

Escrito por Eloy A. González.Publicado en Historia de Cuba Imprimir

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Sueños no son sino verdades, colgadas como están ya del recuerdo, hundiendo la conciencia en los lugares,  esos, donde los cansados llegan para alcanzar el reposo y los buenos,  cuando lo son, están en Paz. Sólo en palabras me aproximo al altar donde pocos van a ofrecer laVida, que es el Altar a la Patria, pasando antes por el cadalso cruel de la Tiranía.

Ojala aquella noche se hubiera perdido en las tinieblas y aquel día no se hubiera contado en el tiempo. Día marcado por la sangre de algunos bravos a los cuales no les llegó la luz tan esperada, ni vieron aparecer la aurora. Fueron fusilados, sus  vidas jóvenes fueron segadas en aquella noche estéril de piedad y de esperanzas.

Aquella noche y aquel día no se perdió en el tiempo, pero si en la memoria de muchos. Fue la noche del día 15 de diciembre  del 1961, en el Batey del Central Adela al norte de la provincia de Las Villas, en la ya sufrida Cuba.

Días antes se estaba produciendo un movimiento inusual de tropas formadas estas principalmente de milicianos, en la noche se oyeron disparos esporádicos; los mayores hablaban a escondidas en las casas. Entonces tenía sólo 11 años de edad y la Revolución seguía siendo un evento apasionante. El día anterior, 14 de diciembre, ya se sabían algunos pormenores de lo que estaba pasando. Un grupo de alzados, había sido capturado en una cueva en las inmediaciones de “El Caramelo”, un accidente geográfico cerca de las ciudades de Remedios y Caibarien. Escasamente armados y haciendo del desorden de la preparación su estrategia, no  ofrecieron resistencia y se entregaron.

Fueron  conducidos al Central Adela, donde estaba el Puesto de Mando de las tropas. Era todo lo que se hablaba; lo suficiente como para despertar mi curiosidad, así que salí desde mi pueblo, Buenavista, distante apenas unos tres kilómetros de Adela para ver que estaba sucediendo.  

Las tropas buscaban descansar y se echaban a la vera de los caminos, en los portales de las casas y negocios y debajo de los árboles  por todo el batey. Busqué a mi Padre que vivía allí y llegue a oír  lo que había sido el primer incidente de aquella mañana cuando los jóvenes capturados fueron traídos, amarradas las manos y con una capucha que les cubría la cabeza y el rostro, por el camino polvoriento que conducía al caserío de Quintana.

Allí caminando con muchas dificultades, se vieron atacados por un grupo de incondicionales del régimen, quienes vociferaban: ¡Paredón, Paredón! al paso de los valientes. Temprana muestra ésta de lo que seria años después las Brigadas de Respuesta Rápida. Cercenadas debían haber sido las lenguas de aquellos que formaban esa turba miserable que se prestaban diligentes a la más perversa ignominia,  para azuzar las penas de los que ya padecían la infame cercanía de la muerte.

Estábamos en el gran portal al fondo de la Casa de Vivienda del Central, en una de aquellas habitaciones vivía mi Padre, quién no escondía su asombro y nerviosismo ante los hechos de los cuales era testigo. Un hombre encorvado, con un gran sombrero de yarey calado hasta las cejas y sin apenas dejar ver su rostro; se acercó a mi Padre y le dijo casi como un susurro: “Ya llegaron los trajes”, “¿los trajes?”, preguntó mi  Padre sin percatarse de la horrible broma, “si los cajas, los ataúdes” agregó, para dar media vuelta y seguir andando por el camino que bordeaba el grande y esplendido caserón que daba al frente.

Nada se sabia de los detenidos, ¿Quiénes eran?, ¿de donde venían? Como tejiéndose una madeja de comentarios y preparándose el terreno para la leyenda, porque hasta esto hubo,  se hablaba de jóvenes que aún no alcanzaban la edad adulta y de una mujer dentro del grupo. Regresé de inmediato a mi pueblo a pedido de mi Padre, quién estaba visiblemente afectado por aquellos eventos que se precipitaban con rapidez y preocupado por lo que pudiera suceder en las próximas horas.

Juicio como tal  no hubo, el juicio vino de un alto mando del Ejército que descendió de un helicóptero para dar la orden de ejecución. A media noche fueron conducidos en medio de la oscuridad cómplice. Caminando el largo trecho entre la Vida y la Muerte, por la senda de un sacrificio cuya utilidad y posibilidad no parece demostrar la razón. Superado el viejo barracón a un lado del camino y siguiendo por la línea del ferrocarril hacia el poniente; allí delante de un túmulo de ceniza industrial a la orilla del camino fueron fusilados. Cadalso oscuro flanqueados por palmeras donde entregaron sus vidas. ¿Cuál habrá sido la última arremetida de esos corazones jóvenes?

Con las descargas del pelotón de fusilamiento terminó para ellos la Vida; esta cedió al descanso. Se hizo un silencio profundo, sólo superado por el leve murmullo del arroyo que desciende desde el lomerío, el mismo que guarda el lugar a donde fueron llevados los cadáveres para ser sepultados; allí en el Cementerio del cercado poblado de Buenavista.

Nombres, datos y precisiones no me han sido dados y muchos se escapan de la memoria. Las llamadas telefónicas hechas no fueron respondidas, las cartas enviadas no encontraron respuestas. Fue una paciente espera ésta, antes de escribir a sabiendas que no podía llenar los vacíos de tantas imprecisiones. Puede que me equivoque en poner algún nombre al querer honrarlos; pero es que con todos estamos en deuda.

Allí abrazados a sus ideales murieron frente al pelotón de fusilamiento: Norberto Camacho Guerra, Luís Guevara Domínguez, Jerónimo Camacho, Juan González, Luís Guevara y José González. ¿Son cinco?, ¿seis?, ésta es la lista con que cuento. Pero la certeza de la muerte recayó sobre cinco de ellos.

A la mañana siguiente, y siempre acompañado de la curiosidad, me fui al Cementerio, - para ver-, desde la tapia posterior la fosa común donde ya descansaban los nuevos mártires que vinieron a sumarse a una larga lista, - que a pesar del tiempo -, no cesa de añadir nombres de valientes.

Todos hemos sufridos impacientes, bajo la Tiranía prolongada que hoy padecemos. Estas muertes como muchas nos recuerdan el sufrimiento sin consuelo de las madres; que lloraron acompañadas del silencio atroz que produjo la desidia y la insolidaridad de muchos.

Estas vidas jóvenes truncadas, que tomaron de altar la Patria herida para ofrecer sus vidas; son hoy, aún pasado el tiempo, muestras de escarnios oportunos para las desesperanzas poco viril de muchos.

Nuestros muertos y nuestras memorias ven aún ocasión tardía, para reconocer en muchos tanto desamor y tanto descuido en el honrar. Tanto miedo paralizante como para convertir a nuestros mártires en inservibles fantasmas, cuyos espíritus vagan avergonzados y solitarios por que no hemos tenidos,  al menos el valor de mencionarlos.

Por este mes, en que escribo estas líneas comienza el así llamado Memorial Cubano; un periodo de homenajes y reconocimientos a aquellos que han dado sus vidas por la Libertad de Cuba durante las últimas décadas de Dictadura castro-comunista. ¿Estarán allí en sus blancas cruces, los nombres de los fusilados en el Central Adela? ¿Habrá alguien que los recuerde? Yo me sumo al escaso número de los que saben honrar.

Aquí están mis palabras escritas en lo acre de este Exilio que hoy vivo. Mientras camino abatido y triste por el vecindario pienso con seguridad que tendré la dicha de caminar cerca de esas palmas, - que como novias - , esperan. Me ofrecerán una brisa fresca como para matizar el regreso y secar una lágrima. Para poder llevar una flor al lugar donde se produjeron los hechos aquí narrados.

Y mientras pasa el tiempo, tal vez estos muertos como muchos, nos están llamando a formar fila y no queremos oírlos. Pero al menos de las entrañas desgarradas, – de Exilio y Patria –, que hoy mostramos algo nos dicen: ¡Levantémonos! para dar Honra y Honor a los caídos y mostrar un amor inextinguible hacia la Patria.

© 2005

Nota del autor: He incluido este artículo que escribí en el año de 2005 y fue publicado en la Red y en un periódico local. Lo hago honrando, de nuevo, la memoria de los jóvenes que fueron fusilados en  el Central Adela hace 50 años. Con este post no pongo termino al homenaje y a la indagación.

Consulte también: El crimen de piedra

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