El tabaco cubano

Fumar ya no es un placer

Después de saborear un delicioso café, fumar un cigarrillo de calidad equivale a llegar al cielo, para los aficionados a ambos placeres. En el mundo de hoy, donde por un lado los civiles son eliminados como moscas por considerárseles "bajas colaterales"; y por el otro, embargan su "libertad de expresión" en nombre de cualquier causa, fumar ya no es un placer, sino un crimen monstruoso.

Fumar un habano, un puro, un tabaco o un cigarro, es suficiente para que llueva sobre el auténtico buscador de placer la dura sentencia de la más reciente de las inquisiciones.

Por el camino que vamos, el hábito de fumar será relegado al secreto de las catacumbas, al interior de los bosques más intricados. Pero no. En los bosques no se puede fumar, para evitar incendios forestales. En definitiva, quedará restringido a una descripción más en una de las enciclopedias que se puedan consultar en Internet.

En Cuba, el pasado año, las autoridades prohibieron fumar en lugares públicos, aunque los fumadores siguen expeliendo humo como chimeneas bípedas, lo mismo sobre un camello -vehículo de transporte colectivo- que en los restaurantes.

A pesar de los 160 millones de excelentes habanos exportados en 2005 hacia Europa, Medio Oriente y América, salvo los Estados Unidos, la mejor campaña antitabaco que las autoridades cubanas llevan a cabo es la mala calidad de la producción destinada al consumo nacional.

Los otrora famosos cigarrillos Populares, fabricados para el consumo nacional, hoy son desdeñados por una marca de reciente aparición, Criollos. Sin embargo, para adquirir una caja hay que pagarla a 10 pesos, es decir, tres pesos más que al precio oficial, si no quieres andar un buen trecho de cafetería en cafetería al encuentro feliz de una cajetilla.

La cuestión se soluciona si se tienen 60 centavos en divisa. Entonces se puede comprar un paquete de Populares, H Upmann o Monterrey. Estos cigarrillos sí garantizan su calidad desde el envoltorio de celofán. Y aunque, si usted es conocedor, me dirá que los Criollos también muestran el celofán como abrigo de la cajetilla, no me discutirá, luego de fumar uno, que el riesgo de la falsificación me empuje a invertir el ahorrito de los cigarrillos en aquéllos que se venden en divisa.

A pesar de que los Criollos se fabrican en Holguín, la policía ya ha desarticulado varias pequeñas fábricas clandestinas en La Habana, según ha informado la prensa oficial. Lo que significa que el tráfico se extiende a lo largo y ancho del país.

Lo más seguro es introducir la mano en el bolsillo y sacar los sesenta centavos en moneda convertible que cuesta una caja de cigarrillos de calidad garantizada, y echar un humazo. Claro está, evitando molestar a los que desdeñan la vieja costumbre de aquel indio taíno, a quien Rodrigo de Jerez encontró fumando en un lugar de la isla de Cuba.

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