El tabaco cubano

Historias del tabaco

Recientemente, a un veguero pinareño lo multaron porque -luego de terminada la cosecha tabacalera- sembró frijoles negros en la tierra dedicada al tabaco, que de todos modos iba a estar ociosa por varios meses. El campesino solo aplicó el viejo método de rotación de cultivos. Los frijoles, además de servirle para alimentarse o ganarse unos pesos, le aportan hierro a la tierra, lo que hará mejor la próxima cosecha de tabaco. Cualquier guajiro sabe eso. Pero los burócratas del Ministerio de Agricultura, no. Y tampoco les interesa. Para ellos, los tabaqueros es como si fueran esclavos de un gran latifundista: el estado.

El estado les paga una miseria por las cosechas y no les da nada para trabajar. Sólo órdenes, muchas veces absurdas. Deben comprar los aperos, las turbinas y las mangueras para regar sus cultivos, los fertilizantes y herbicidas. Y contratar hombres para la siembra, el guataqueo y la recogida. Eso, si encuentran a alguien, porque nadie quiere trabajar por menos de 30 pesos diarios (poco más de un dólar). Y el cosechero no puede pagar más porque la cuenta sencillamente no le da… Pero al estado sí le da la cuenta con el tabaco y de qué manera. De no ser así, los guías de turismo no recibirían la tajada de dinero que reciben por llevar los turistas a las tiendas de habanos.

Las comisiones por la venta de habanos oscilan entre el 20 y el 30% de la compra. Los precios de las cajas de puros (cada una contiene 25) oscilan entre 200 y 400 cuc. Si les pagan el 30% por la caja más barata, que cuesta 200 cuc, el guía se echa 60 cuc en el bolsillo.

Sin estas comisiones, que compran su silencio y su incondicionalidad al régimen - en contacto directo con extranjeros, cualquier cosa que digan puede resultar dañina- los guías no tendrían interés en llevar a los turistas a las tiendas de tabaco ni dedicarían una buena parte de la excursión a la publicidad y la información sobre el habano.

Con tal tajada, vale la pena la contienda que tienen que librar con los choferes de los ómnibus que transportan a los turistas -que no cobran comisión alguna-, los revendedores clandestinos y los policías.

Los negocios se hacen con desfachatez absoluta, frente a policías y custodios, lo mismo en la puerta de Partagás o La Corona, que en la Plaza de Armas, en la Habana Vieja, donde están las tiendas Galeón, que son las que dan mayores comisiones. Los revendedores conversan y jaranean con los uniformados, de quienes han comprado su protección (los nagüitos también tienen que vivir). En sus narices, acosan a los turistas, lo mismo para venderles que para llevarlos a comprar a la tienda, de la que reciben una comisión. Por el camino, forcejean entre ellos y presionan o chantajean a los guías ("meterles el pie, como le dicen).

A veces, se producen altercados entre los guías de Cubatur y los traficantes, principalmente durante el tiempo que pasan los turistas en la Calle de los Artesanos, o cuando visitan el Palacio de los Capitanes Generales, donde los dejan solos para que lo visiten a su ritmo, mientras los guías descansan y esperan afuera.

El asedio de los revendedores suele llegar hasta la misma puerta del ómnibus. Mientras, los policías, se tocan la mascada en el bolsillo y se hacen de la vista gorda. Tienen que aprovechar la buena racha, porque los rotan frecuentemente. Para que no le cojan el gusto al asunto.

Y cuando veo estos hechos, en los que todo indica que el estado está implicado, no puedo dejar de pensar en los mal pagados cosecheros, allá en los surcos.

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