Deportes

El atletismo cubano

La historia del atletismo en Cuba comienza en los albores del siglo XX y recoge innumerables páginas de leyenda a la largo de sus primeros sesenta años. Su primer episodio épico quedó plasmado en 1904 cuando el intrépido y voluntarioso Félix de la Caridad Carvajal alcanzó un meritorio cuarto puesto en la prueba de maratón de los III Juegos Olímpicos de San Luis, en Estados Unidos.

Nacido en La Habana en 1875, este pintoresco cartero fue bautizado por el pueblo como ''El Andarín'', porque además de distribuir la correspondencia con diligencia, caminaba y corría constantemente.

Su preferencia por las largas marchas le llevó a entrenar de forma autodidacta a pesar de la precaria situación en que vivía. Interesado en participar en la cita norteamericana, acudió a las autoridades de la isla quienes no le prestaron el apoyo necesario. Logró recaudar el dinero del pasaje con la participación popular tras varias demostraciones de sus cualidades físicas en los parques habaneros.

Carvajal, que carecía de la alimentación adecuada y la falta de un entrenador, sufrió numerosos contratiempos para llegar al sitio de la competencia y se presentó al evento de fondo con zapatos de piel y pantalones largos que le fueron cortados en la salida. En el fragor de la prueba, acosado por el hambre, se detuvo a comer algunas manzanas verdes, las cuales le provocaron cólicos estomacales y la disminución del ritmo de la agotadora carrera. Finalizó en la cuarta posición para alcanzar una hazaña extraordinaria para su época.

Tras la actuación formidable de El Andarín, un velocista universitario se encargó de enseñarle al mundo que la simiente del campo y pista en Cuba continuaba a muy buen recaudo.

A finales de la década del 20 José Barrientos --conocido como el ``Relámpago de la pista''-- igualó el récord mundial de los 100 metros planos, que poseían corredores alemanes y norteamericanos, al parar los relojes en 10 segundos y cuatro décimas. Posteriormente lo pulverizó al recorrer la distancia en 10.2.

Aunque ninguna de las marcas fueron homologadas, Barrientos perdura en el firmamento del campo y pista al legar su nombre a la competencia atlética más antigua cubana, fundada en 1947, un año después de su desaparición física.

Otro corredor que marcó la pauta de la velocidad a mediados del siglo pasado fue Rafael Fortún, nacido en Camagüey el 5 de agosto de 1919. Aunque comenzó en el salto de altura a los 21 años, Fortún decidió dedicarse a las distancias cortas atendiendo a sugerencias de varios expertos en esa especialidad.

En 1946 intervino en los Juegos Centroamericanos y del Caribe con sede en Barranquilla, Colombia, y se adueñó de las medallas de oro en los 100 y 200 metros planos y obtuvo la plata en el relevo 4x100.

Cuatro años después acude a la cita regional en Guatemala y repite la colosal actuación tras ganar las preseas doradas en el hectómetro y el relevo y el subcampeonato en los 200 metros.

A los 35, el bólido camagüeyano participa en la versión de los Juegos de 1954 en México y vence por tercera vez consecutiva en los 100 metros planos. Fue declarado Triple Campeón Centroamericano, una hazaña no superada aún 52 años después. Finalizó además en segundo lugar como integrante del relevo 4x100.

Antes de este tercer triunfo en tierra azteca, Fortún formó parte de la delegación cubana a los Juegos Panamericanos de Buenos Aires 1951 y resultó el atleta más destacado de la justa al alzarse con los pergaminos de oro en los 100 y 200 metros. Intervino además en las Olimpiadas de Londres 1948 y Helsinki 1952 y en ambos eventos llegó hasta las semifinales.

Considerado en su tiempo el mejor corredor de distancias cortas en América, se mantuvo como amo y dueño de ambas especialidades desde 1946 a 1954.

Su récord nacional en los 100 metros de 10.3, impuesto en 1950, lo mantuvo por espacio de una década y el de 21.2 en los 200, implantado en 1951, permaneció imbatible por espacio de catorce años.

A los éxitos de estos reconocidos caballeros del campo y pista se sumó también el nombre de una joven morena, conocida como ''La Gacela de Cuba'' por sus brillantes actuaciones en los pruebas de velocidad y en el salto de altura: Berta Díaz.

Ella le dio lustre al atletismo femenino en la isla al convertirse en la primera mujer en conquistar una medalla de oro, obtenida en los Juegos Panamericanos de México 1955. Allí Díaz se impuso en los 60 metros planos con crono de 7.5, relegando al segundo puesto a la medallista olímpica, la estadounidense Isabelle Daniels.

Tras este resultado integró la delegación antillana a la Olimpiada de Melbourne, en 1956, y aunque no obtuvo ninguna presea, le correspondió el honor de inaugurar la presencia femenina cubana en la máxima cita del deporte mundial.

Avalada por sus resultados en las pistas, el Comité Olímpico de Estados Unidos la invitó a participar en sus torneos nacionales donde resultó campeona en varias ocasiones y rompió el récord del mundo en los 80 metros con vallas al marcar siete segundos y siete centécimas.

En 1958 fue seleccionada la Atleta del Año en Cuba y doce meses después ganó la medalla de oro en los 80 metros con obstáculos en los Panamericanos de Chicago con tiempo de 11.2.

Cuando en Tokio 1964, Enrique Figuerola se convirtió en el primer medallista olímpico del atletismo antillano al agenciarse la presea de plata en los 100 metros planos, no hacía más que coronar los empeños de una fecunda generación atlética, nacida con la República, que mantuvo viva por seis décadas la llama del campo y pista en Cuba.

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