Deportes

El cepillo y la tapa al pomo

El exceso de los boxeadores (léase vicios), no es nuevo en el deporte: en las peleas hasta finales de la segunda mitad del siglo XIX, verdaderos maratones de golpes de 20 y más rounds de una época en que el boxeo era prohibido en muchos lugares, era frecuente que un contendiente, cuando no ambos, mostraran con orgullo un protuberante "vientre cervecero" en el exacto sentido del término, porque, a lo largo de todo un día o de una noche, podían beberse un barril completo de cerveza, como si nada hubiera ocurrido, durante los descansos entre episodios.

Incluso en el beisbol, muchos jugadores, como el pitcher de los Cardenales del San Luis Morton Cooper, se bebían casi una botella de escosés y salían como si nada a cumplir con el compromiso del día.

Barney Ross, uno de los mejores boxeadores de la historia, que nunca cayó por un knockdown, participó en la Batalla de Guadalcanal, fue herido y condecorado con la Cruz de Hierro al valor, durante su recuperación, se hizo adicto a la morfina, que le administraban para los terribles dolores que sufría. Con ayuda profesional y religiosa se recuperó de la adicción y murió en Chicago en 1967, a los 57 años como asesor de gente agredida por el flagelo ¿Pudiera justificarse la situación en que cayó el pugilista? Depende, para mí, sí.

Pero la droga hecha adicción de forma voluntaria y sin razón aparente, está directamente relacionada con la sociedad, con el nivel cultural y con la procedencia del boxeador, por lo general, provenientes de barrios misérrimos y violentos donde en cada segundo cuenta lo que se haga para poder vivir el próximo.

El atleta cubano de hoy que llega a Miami con hambre de fama y fortuna en el circuito profesional, es escudriñado milimétricamente por muchos medios de prensa y por cronistas cubanos de la Isla y no cubanos (Dan Rafael, ESPN) para hacerlo leña, se vio ante el caso Gamboa y el suceso doméstico de hace un año. Cuando uno de estos deportistas resbala, le dan sin compasión, en el suelo y por la nuca.

Joel Casamayor acaba de dar positivo a marihuana producto del rutinario examen de orina posterior a la pelea del sábado pasado.

Considerando que existe una ojeriza hecha pública con respecto a los cubanos de hoy, que afecta el nombre de todos los cubanos y de la patria misma, cada cuadra que tenga por lo menos un peleador de las recientes hornadas, tiene que establecer una cartilla de moral y cívica que, en igual medida que les enseñen cómo se evita un golpe para que no los lastimen, les hagan entender que tienen que moverse por cauces limpios socialmente hablando.

Casamayor es uno de los mejores peleadores cubanos de todos los tiempos, un futuro Salón de la Fama, un orgullo del país más sufrido, reprimido y humillado del continente que, lo poco que le ha quedado luego del saqueo moral de 50 años, es sentir orgullo por sus atletas en el profesionalismo.

Cada boxeador, cada pelotero exiliado tiene que concientizar que también tienen que hacerse dignos de orgullo por su condición de ciudadanos ejemplares y no tienen otra alternativa.

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