Experiencias viajeras

Quiero ser turista

El otro lado de la calle

Mi filosofía de la vida es muy sencilla, es matemática y la puede aplicar el hombre más simple de la tierra, es una suma algebraica de los momentos positivos y negativos que se viven en ella. La vida es tan corta, que muy bien vale la pena tratar de vivirla en toda su extensión, con la intensidad que se merece. Nunca he creído en los cabrones vendedores de futuros, por lo menos así fue mientras viví en mi país de nacimiento. La mayoría de estos comerciantes de esperanzas son unos degenerados, que gastan el tiempo, pidiendo sacrificios con la mirada puesta en un futuro que nunca llega, pero ellos, viven el presente a toda plenitud. El que compre esa mercancía es un tonto, pagas y pagas, pero nunca llegas a obtenerla.

Haber sido marino me ayudó bastante en la vida, tuve el gran privilegio de conocer mucho del mundo, la vida, el hambre, la miseria humana, pero, por encima de todas esas cosas, se me abrieron los ojos y podía establecer comparaciones, por eso viví como pocos, rodeado de aventuras, contrabandos, alcohol, mujeres, hijos de putas, miedo, peligros, en fin, de todo como en botica, mucho de lo que nunca vivieron mis compatriotas, para los que la vida fue una operación con signos negativos solamente, que traducido al idioma que hablamos los de abajo, es una pura mierda. De que vale la vida cargada de sacrificios, cada generación debe pagar su cuota, pero la vida es una sola en esta tierra, la otra estará por vivir, en el cielo o el infierno, pero esta hay que aprovecharla. Muchos de los de mi generación se fueron, se van todos los días y en su humilde caja solo llevan diplomas y medallas, la mía será diferente, en ella me llevaré lo que nadie te quita, lo que se baila.

Tropicana no fue un santo de mi devoción, deslumbrará a muchos turistas que visitan la isla una vez o más en su vida, es innegable su belleza, esa conjugación que existe entre mujeres, luces, humo, música, alcohol y la naturaleza. Es sumamente bello su escenario, no por gusto lo construyeron gente que buscaban plata, capitalistas al fin, a un comunista no se le ocurren esas cosas, lo han demostrado durante muchos años, son incompetentes y estancados. Durante los cuarenta y un año vividos en Cuba, esta especie de ser humano no construyó ningún centro nocturno que fuera capaz de superar a los que existían desde antes del 59, de eso no me puede hablar el mejor ni el más experimentado turista que visita la isla en estos momentos. Todo lo que se ha realizado a partir de la venta de la isla, ha sido diseñado por capitalistas.

Digo que Tropicana solo deslumbra a turistas, porque ese tipo de cabaret existe en lugares muy contados de la geografía americana, las discotecas las han desplazado a otro plano, son mucho más económicas y obtienen más ganancias que aquellos, donde esas grandes producciones son carísimas y no están al alcance de cualquier bolsillo, pero, mi rechazo a este centro nocturno se debían a varias razones que el turista no conoce, por ejemplo; Como es al aire libre, se te podía joder la noche ante cualquier aguacero, después de haber solicitado un servicio de comida y bebida nada barata para el trabajador común de la isla, quien solo podía asistir a esos centros, luego de un millón de sacrificios, ya que para el disfrute de una noche muy bien se podía gastar el salario de un mes entero de trabajo, era algo similar, al esfuerzo que realizan los musulmanes para acudir a la Meca, de veras que no les miento. Siendo marino yo era un tipo privilegiado en Cuba, una parte de mi salario lo recibía mi esposa mensualmente en la Empresa y el otro, era para divertirnos.

Tropicana nos quedaba lejos de la casa, a la hora de la salida con cuatro tragos en el estómago era casi imposible cazar un taxi y cuando lo lograbas, tenías que ofrecerle el doble o el triple del costo de la carrera, de lo contrario, se te pasaba la borrachera en el camino. Otra razón fuerte lo era; que en oportunidades se encontraba moliendo el central azucarero que se haya en las proximidades de Marianao y cerca de la CUJAE (Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría) y el hollín caía sobre la mesa, la comida, la ropa y la bebida, entonces, cuando salías de allí, parecías un fogonero de aquellas locomotoras que trabajaban con carbón, como estabas borracho te causaba risa, pero cuando se te pasaba la nota las cosas cambiaban, porque solo se tenía una mudas de ropa para las salidas extraordinarias o quizás, la que llevaste ese día era prestada.

Tropicana también tuvo su época en la que había que bailar con la música, que pusiera el dueño de esa finca que se llama Cuba, digo esto, porque cuando llegabas hasta allí, el show no era gran cosa, ni las coristas tampoco, unas cuantas cocotimbas que habían sido seleccionadas por sus condiciones revolucionarias, pero nunca por su porte y aspecto, la realidad que no comprendían los comunistas era; que cuando una persona visita un cabaret, lo hace con la intención de gastarse unos pesos, divertirse, emborracharse y de paso ver algo bueno, algunos culos y tetas bailando, nadie paga para ver a unas "compañeras", uno paga por el consumo y dentro de él está incluido el show. Nada de esto es fantasía, todo eso ocurrió en Cuba y si la gente que tiene buena memoria se acuerda, recordarán la última selección de la Reina del Carnaval en La Habana, eso sucedió en la Ciudad Deportiva, todo terminó mal y con gran rechifla porque salió elegida una muchacha por sus méritos y no por la belleza, como todos estábamos acostumbrados que fuera.

Por esas y otras razones, cada vez que llegaba de viaje yo hacía lo imposible por disfrutar la vida, mis cabarets preferidos eran los del Riviera, Capri y Habana Libre, los otros de menor categoría los visitaba por simple curiosidad o porque estuviera algún artista de mi preferencia, como sucedió con aquello que siempre consideré una trampa, me refiero al cabaret Nacional, metido en un sótano y hasta donde acudí para disfrutar del dúo de Clara y Mario. Fuera de esos centros distinguidos de La Habana, pasé por casi todos los clubes, restaurantes, hoteles y mis experiencias se extendieron a otras ciudades del interior de la isla como Cienfuegos, Santiago de Cuba, Varadero, Cárdenas, Nuevitas, Soroa, etc., todos eran de segunda aunque para los habitantes de esos lugares eran lo máximo. La historia era la misma donde quiera, aquello era una epidemia, la corrupción era nacional y por tal motivo, tenías que sobornar a cualquiera, bueno, se tuvo que sobornar hasta la gente de las funerarias.

Siempre se ha tenido que bailar con la música del loco, cuando quiere que bailes manda a tocar y cuando no, hay que tocarle los cojones, esa es la vida en Cuba pero invisible a los turistas, basta recordar aquella ley seca del 70, tuvo muchos mártires que murieron por beber alcohol metílico, de eso solo se deben acordar los viejos, los viejos cómplices del sistema, pero los que nacieron en esa época, hoy tienen 30 años y no saben nada, no lo sabrán en una isla donde mucha gente padece de amnesia.

Un día del mes de Julio del año 1978, llegué a Cuba en un vuelo de Aeroflot, hacía un año que estaba ausente de la isla y no conocía a mi hija de varios meses de nacida, recuerdo y hablé de eso en uno de mis escritos, que viajé vestido con el uniforme de gala de la marina angolana, era un traje maravillosamente confeccionado en Holanda, de superior calidad a la que vestían en esos momentos los pilotos de aquel avión ruso. Al subir la escalerilla de la nave y siendo un vuelo militar, donde solamente viajaríamos diez civiles, la aeromoza que nos recibió a bordo, nos hizo señas de que pasáramos a área del pasaje de primera, solo éramos dos oficiales que por el emblema de nuestras gorras, nos identificaban como extranjeros. Así, sin saber el motivo, nuestro vuelo se convirtió en un poco más placentero, tragos, repetición de comida, mejor trato, rodeados de oficiales del ejército, personal dirigente, etc., esos privilegios se mantuvieron hasta el área militar del aeropuerto José Martí, ¿los demás?, aquellos eran de la tonga, simples soldados que se habían jugado el pellejo en Angola, a nosotros nos condujeron en una aspirina (guagua Girón XI), hasta la clínica de enfermedades tropicales ubicada en la calle 200 entre 17 y 19 en el reparto Siboney, de ahí, esa misma aspirina nos dejaría en la puerta de nuestras casas, ¿los infelices guardias?, a esos, los llevarían para un campamento militar, hasta que terminaran sus chequeos médicos.

Dos días después de llegar a Cuba, fui con mi esposa a cobrar los sábados y domingos trabajados durante un año, más los días feriados de ese tiempo transcurrido. En aquel tiempo yo ganaba solamente $250 pesos cubanos al mes, aún no habían implantado en la marina un nuevo sistema de salario, que me situaría posteriormente, por encima de lo que ganaban dos ingenieros de cualquier especialidad, pero aquel salario yo lo dejé autorizado en su totalidad, para que lo recibiera mi esposa en mi ausencia.

Nuestra Empresa se encontraba situada en la calle San Ignacio Nr.104 y Obispo, en La Habana Vieja, a solo dos cuadras de la Catedral de La Habana y una zona turística muy frecuentada por extranjeros, que en ese entonces no eran tan numerosos como ahora.

Cuando salí de mi Empresa, cargaba en el bolsillo más de dos mil pesos en efectivo, una cantidad en aquel momento alarmante para un cubano, muy raro de poseer, si no se estuviera involucrado en negocios turbios, hacían un bulto, que nadie se hubiera imaginado fuera dinero y aquello me hacía feliz, esa moneda me serviría para disfrutar el mes de vacaciones que tenía por delante antes de regresar nuevamente a Angola. Debo repetir, que cuando salí para ese país a cumplir esa misión, no me ataban lazos afectivos con el renombrado Internacionalismo Proletario, ya había tenido la amarga experiencia de mi viaje militar cuando la guerra y conocía a fondo el desprecio que se siente por la vida humana por parte de ese sistema, sin embargo, me consideraba un Internacionalista, para lo que pudiera servirme, así actuábamos todos, era más bien un comportamiento oportunista, tratando de sacarle provecho a todo lo que pudiéramos.

Caminando Obispo arriba en busca del Capitolio, se me ocurre decirle a mi esposa que la invitaría a tomarse un Daiquirí en el "Floridita", quedaba haciendo esquina en la calle Obispo y no recuerdo exactamente si con Monserrate, pero su recorrido me era inconfundible, porque ese era el nido de muchos marinos cuando llegábamos de viaje, para los cubanos trabajadores era un sitio casi inaccesible, el salario no les daba para tres tragos en ese, ni en ningún otro lugar con un poco de vergüenza. Debo confesar que nunca me gustó ese trago, allí, siempre pedí un "Mojito" que era mi trago predilecto, me gusta el sabor de la hierba buena.

Mi esposa acostumbrada a mis locuras se puso de lo más contenta, nos encontrábamos en una nueva luna de miel, esa era nuestra vida, una constante luna de miel, perenne, porque éramos jóvenes y enamorados, no por gusto hemos llegado hasta nuestros días. Así, acompañados por la alegría de ese nuevo encuentro y la juventud que nunca nos abandonaba, entramos en el restaurante y nos dirigimos a la barra, nunca tuve la intención de permanecer mucho tiempo en aquel lugar.

- Por favor, puede ponernos un Daiquirí y un Mojito.- Solicité al barman en lo que acomodaba a mi esposa en uno de los asientos, el barman no me contestó nada y yo no le puse mucha atención, me dediqué a acomodar el asiento mío hasta que quedara acorde a nuestras relaciones, muy cerca.

- Compañero.- Era raro oír esa palabra en un lugar de primera categoría como el Floridita, pero no le hice mucho caso hasta que sentí que me tocaban por el hombro.

- ¿Dígame?- Respondí a secas y algo asombrado.

- El problema es que no podemos servirle en esas condiciones.- me dijo el tipo al que rápidamente identifiqué como al Capitán del restaurante.

- ¿A cuales condiciones se refiere?- Pregunté algo alarmado, ya que había visitado ese lugar en infinidad de oportunidades, "El Floridita" no era uno de los escondites de Hemingway solamente, era uno de los rincones favoritos de todos los marinos cubanos de todos los tiempos, es de suponer, que les hablo de los tiempos en los cuales el peso cubano tenía su valor y el cubano valía también.

- Compañero, el problema es que no podemos servirle si se encuentra en mangas cortas.- Me respondió aquel trabajador cubano sin poder ocultar su pena.

-¡Compadre no joda!- Respondí un poco alarmado ante aquel imprevisto para el cual no me encontraba preparado, mi esposa comenzó a dar las primera muestras de

nerviosismo. -¿ A quién se le ocurre vestir en mangas largas en un país como el nuestro?- No puedo ocultar tampoco, que me encontraba emocionalmente alterado, así llegaban casi todos los que permanecían más de un año alejados de sus familias.

- El problema es que son orientaciones que vienen de arriba.- Fue la típica respuesta de aquellos momentos, eran las respuestas que se daban en todo el país y nadie sabía de donde venían, pero, eran las que estaban dados a informar. Después de cuarenta años con ese régimen, encontrarán la respuesta que se ha ofrecido durante estos años, todo viene de arriba, como si cada cosa llegara a esa tierra desde el cielo. Yo me encontraba vistiendo un Jean marca Lois y una camisa de Lienzo, mi esposa vestía de una manera casi similar, siempre nos gustó combinar nuestras ropas, eran cosas de nuestra juventud, pero eran caprichos caros, el Lois no era barato en España y a nosotros solo nos pagaban un dólar diario, pero yo hacía mis sucios negocios y de esa manera nos vestíamos y disfrutábamos un poco de la vida.

- Ven acá compadre, ¿tu sabes cuánto cuesta esta ropa que tengo puesta?- Le pregunté algo enojado, mientras mi esposa sentía un bien fundado miedo.

- Mire compañero, de verdad que lo siento y créame que no es mi culpa, no puedo servirle en esas condiciones.- Fue todo lo que alcanzó a decirme el infeliz Capitán. En ese momento no recuerdo por cual motivo di una vuelta en mi asiento, tal vez fue para verle la cara a mi interlocutor, al que me había tocado por el hombro segundos antes, pero en ese movimiento, veo que las mesas que correspondían al bar, estaban ocupadas por extraños de una blancura que los diferenciaban de los cubanos, todos , absolutamente todos, se encontraban vestidos de shorts, mostrando aquélla blanca palidez de los países del norte. No recuerdo lo que sentí en aquellos momentos, solo atiné a meter la mano en el bolsillo del pantalón donde guardaba el fajo de billetes que había cobrado, los saqué y mostré ante los ojos asombrados de aquel cubano como yo.

- ¿Sabes lo que es esto?- Pregunté con la aorta inflamada y el rostro enrojecido, mi esposa estaba apunto de estallar en una crisis nerviosa, yo no podía ocultar la alteración que produce el sentirse con derecho a esas reclamaciones, no solo por ser cubano, por ser Internacionalista, condición que me distinguía de los demás.

- Mire compañero, déjeme explicarle, el problema es que ellos son de área dólar.- Trató de convencerme, pero los efectos fueron aún más negativos.

- Bueno y a mí que carajo me interesa que sea de área dólar, ese dinero que te mostré, me lo gané en una Misión Internacionalista, ¿es que ahora por dólares tenemos que aceptar que se orinen en la estatua de Martí?- Lo dije refiriéndome a una foto de unos marines encaramados en la estatua de nuestro Apóstol, que han explotado durante estos años, acusando a Cuba de ser un burdel de los EU, mi esposa estaba temblorosa y viendo que aquella situación no tendría solución, no tuve otra alternativa que salir de allí diciéndoles; "Métanse el Daiquirí por el culo' y luego de tirar las puertas a mis espaldas, no me quedó más remedio que andar hasta el hotel Sevilla, muy cerca de esa zona, maldiciendo al gobierno, a los extranjeros y a mi suerte.

Nadie que se haya encontrado en una situación similar en su país, puede saber lo que se siente, ¿qué se vive del otro lado de la calle? No creo que existan muchos países, donde le prohíban al natural a disfrutar de sus cosas, de su tierra, a las cuales tiene todo su derecho, solamente por haber nacido allí, esas cosas se viven en Cuba.

Duele mucho llegar a una playa, donde no exista nada que ofrecerle a nuestros hijos, ver que al pasar las horas, la sed provocada por ese sol implacable de los trópicos logra sus efectos y cuando procuras aliviarla, no existe nada para ello, mientras a tu lado, un turista se la calma a sus hijos con un refresco, no interesa de que marca, pero, para el tuyo, el que nació en esa tierra, no hay ni agua fresca. Quisiera saber que sienten

aquellos que defienden ese sistema, los que nunca han vivido del lado de acá, los que nunca han visto como se le desorbitan sus ojos a los niños cubanos, ante esas simplezas y cosas tan absurdas, como lo son; ver después de tantos años de ausencia a un personaje totalmente desconocido para ellos, Santa Claus, adornando las vidrieras, que existen juguetes para hacerles mas feliz la infancia, pero solo al alcance de los que tengan dólares

Nunca sentí nada en contra del turista que con su codiciado dinero me desplazaba de mi lugar y privaba de mis derechos, los cubanos somos así, hasta en las malas somos gente solidarias y damos nuestra bienvenida al extraño, le abrimos la puerta de nuestra casa y le brindamos nuestros corazones, ignoro que deben sentir ellos. Pero un poco mas tarde, amargado, cuando el círculo se cerraba para nosotros, no podía verlos con simpatías.

Varios años más tarde y encontrándome estudiando en un curso de recalificación, para Capitanes y Primeros Oficiales en aulas que poseía nuestra Empresa, a la hora de la salida y acompañado de uno de los que fuera subordinado mío en el pasado, nos encontramos con un español que era amigo común, el hombre era nuestro proveedor en el puerto de Santander, además de dedicarse a este negocio, poseía un bar restaurante y un mercado, donde laboraba toda su familia. Sus atenciones con nosotros en su país siempre fueron exquisitas, el hombre conocedor de nuestras dificultades económicas siempre fue espléndido y aquel encuentro nos produjo alegría, fue algo inesperado y el sentimiento demostrado era sincero. Se me ocurrió la brillante idea de invitarlos a tomarse un mojito en el bar del restaurante "El Patio".

- Por favor, ponga seis mojitos.- Cantidad que solicité por estar el pequeño grupo integrado por el proveedor, la esposa, su hija y el marido, todos, conocidos nuestros.

- Lo siento compañero, pero tiene que pagar en dólares.- De verdad que aquello me dejó perplejo, era algo incomprensible.

- Ven acá pariente, tu no estás viendo que estoy vestido de uniforme de la marina y que el dólar es ilegal en este país.- Dije sin salir de mi asombro.

- Compañero son orientaciones.- Me respondió el tipo.

- Compadre, pero a quién se le ocurre semejante orientación, cómo es posible que me pidan que cometa un acto ilegal.- Respondí tratando de mantener la ecuanimidad.

- Bueno, es lo que está orientado.- Se limitó a responder el infeliz que comprendía yo tenía la razón.

- Jodé hombre, sirve los mojitos que yo pago.- Intervino el yerno del gallego cuando vio que la situación se estaba acalorando.

- Tito, el problema no es que tu pagues, el lío es el siguiente; ¿Cómo carajo yo no puedo tener una atención con ustedes en mi país compadre, después de todas las que ustedes tuvieron con nosotros en España?-

- Vamos hombre, no te calientes la cabeza, nunca podrás arreglar el mundo.-

Después de aquel trago amargo, nos pusimos de acuerdo para que fueran a mi casa donde les ofrecería una comida, hubiera preferido pagarles una noche en Tropicana, mostrarles algunos de los lugares que yo frecuentaba, devolverles esa atención que tuvieron conmigo y mi esposa en España, pero todo indicaba que me podía buscar un problema. En esos tiempos no eran muchos los turistas que llegaban a la isla, era muy fácil reconocerlos en cualquier carretera, los únicos autos Nissan eran para ellos y llamaban la atención verlos parqueados en cualquier calle, los informantes del Ministerio del Interior comunicaban cada vez que eso ocurría, vivíamos en un país donde atender a cualquier extranjero requería de una autorización, era como si el Estado fuera nuestro dueño o padre. Ha pasado mucho tiempo de ello, pero los cubanos saben que es cierto esto que les digo, sobretodo, los militantes del Partido, quienes precisaron de ese permiso para recibir a sus parientes de Miami en sus casas, allá por el año 1976.

Cuando llegué a la casa con ellos en el auto, mi esposa se puso de lo más contenta, luego, cuando partieron y le informé de mi invitación, parecía que el mundo se nos caería encima, no teníamos nada en el refrigerador. Salí y conseguí una pierna de cerdo, en aquellos tiempos se podía comprar en muchos mercados, luego, los cerdos se marcharon del país. Por medio de un socio que administraba una Pizzería, conseguimos una caja de cerveza, una vecina me regaló unas yucas, otra aportó frijoles negros, otra me regaló un aguacate, otro socio de la marina trajo una botella de vino y así, contando con la solidaridad de mis vecinos, con los que siempre me llevé muy bien hasta el momento de mi partida, logré una cena fenomenal. Los gallegos quedaron satisfechos y en medio de las conversaciones cruzadas hubo uno que manifestó, no haber creído en la propaganda que se hacía sobre la situación cubana y la comida de la población. Fue entonces cuando el gusano que llevaba dentro despertó y le hice la historia de aquélla cena, ellos solo oían mi relato perplejos.

Otro de esos viajes logré por medio de soborno y conexión con amistades, una habitación en uno de los hotelitos que se encuentran frente al hotel Atlántico, eran propiedad de los canadienses pero como estaban en tiempo muerto, se podían conseguir por medio de socios, habían algunos turistas allí hospedados. La mayor parte del tiempo la pasábamos en la piscina donde mis hijos disfrutaban mucho, el problema ocurría cuando me decían que tenían sed, mientras los hijos de los extranjeros podían consumir cualquier clase de refresco, fuera nacional o importado, los niños cubanos no tenían derecho a ello, gracias a Dios eran grandecitos y comprendían, para calmarles la sed no tenía otra alternativa que pedirles una Sangría, en el caso de matrimonios que andaban con niños pequeños la situación era diferente, aquellos solicitaban a lágrimas vivas un refresco y señalaban en dirección a los extranjeros. Luego, a la hora de la comida la situación era similar, a los nacionales nos ofertaban una porquería mientras veíamos a los turistas consumiendo de todo. No creo que a nadie con dinero en el bolsillo y en su condición de ciudadano de un país, pueda ver con buenos ojos como lo discriminan.

El círculo se nos fue haciendo cada día más pequeño, los lugares a los que antiguamente teníamos acceso se nos cerraban, mucho antes de la llegada del Período Especial, la entrada que tuvo el restaurante Polinesio por la calle 23 fue clausurada, pero estas medidas solo se le aplicaban al pueblo, en cada hotel de Cuba, restaurante, cabaret, motel, etc., siempre habían habitaciones y reservaciones que no se ofertaban al público, porque pertenecían a las provincias o municipios del Partido o en su defecto, a la gente del Estado, esto lo viví en Soroa pero el turista no puede verlo.

Con esa gran crisis que ha azotado a la isla desde siempre, pero que ahora se hace más aguda que nunca, la gente haciendo gala del buen humor que caracteriza a los cubanos, sacaron varios chistes cargados de ironía y que eran una abierta crítica a la situación que se vivía, como aquel surgido a raíz de la entrada de la gente de la comunidad cubana en el exterior y que rezaba; "Cambio a cinco tíos militantes por uno de la comunidad".

Con el tiempo cambian los refranes, pero, casi siempre dicen lo mismo, hoy, en medio de ese Período Especial, donde el hambre y el apartheid llegaron a los límites inimaginables, otro de esos chistes donde le preguntan a un niño dice; ¿Qué quieres ser cuando seas grande? El infante responde.- Quiero ser turista.-

Esto puede interpretarse de mil maneras diferentes, en un país donde alardean de una buena educación, ser turista no es una profesión, es de suponer, que eso que estuvo en boga no lo pensó un niño, pero para el cubano común, ser turista es mucho más importante que muchas cosas en nuestro país, donde un profesional cualquiera anda en una bicicleta china, se acuesta con el estómago vacío y no tiene garantizada la medicina como tanto anuncian. Ser turista es tener privilegios en nuestra tierra, relegar al nacional a un segundo plano, ser turista es mucho más que ese chiste para un cubano, es ser libre.

Esa es una de las interpretaciones que más se acerca al mensaje irónico que encierra ese chiste, es una manera de expresar ese deseo que tanto esperan los cubanos, ese sentimiento que hoy no manifiestan abiertamente, por esa gran dosis de miedo sembrado durante tantas décadas, muchos de esos dicharachos extraídos de la sabiduría popular, no pueden ser comprendidos por un extranjero, para ello se requiere ser nacional y haber vivido esas amargas experiencias. Hoy, del lado de acá, gozando de la libertad que siempre había deseado, yo estoy en el bando de los que pueden ser turistas, de los que pueden hablar, pensar y moverse libremente. Si estuviera viviendo en Cuba, mi respuesta sería la misma; "Yo quiero ser turista".

Lunes, 17 de Julio del 2000

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