Experiencias viajeras

Un viaje a la Cuba castrista

Cuba entró en mi vida muy pronto. Mi abuela paterna nació en La Habana, aunque no tardó en regresar a España. No así su hermana, mi inolvidable madrina, que vivió en la Gran Antilla un lustro para ella decisivo, pues coincidió con su primera juventud. Ella me hablaba mucho y con nostalgia de aquel bello país y de sus acogedores habitantes. Quizá eso explique algo que me sigue pareciendo muy extraño: cuando triunfó allí la revolución, en enero de 1959, yo apenas tenía cinco años, pero recuerdo que la noticia me causó un gran impacto.

Al poco tiempo, Fidel Castro se convirtió para mi en un héroe legendario. Incluso, para disgusto de mi madrina, anti-castrista irreductible, mi admiración hacia él aumentó durante mis años de estudiante universitario, en la primera mitad de los setenta, pese al revelador Caso Padilla.

La oportunidad de viajar a Cuba surgió a raíz de la invitación de un profesor cubano, Antonio Franco, a quien conocí en 1991, siendo alumno mío en el madrileño Centro de Estudios Constitucionales. Pese a ser militante de las Juventudes Comunistas y hombre muy reservado, mi futuro anfitrión no me ocultó algunas discrepancias con el régimen de su país, del que yo ya estaba completamente distanciado. Convinimos en que yo impartiese un seminario semanal sobre la Constitución española de 1978 a un grupo de juristas de Santiago de Cuba.

Era una oportunidad magnífica para conocer el país caribeño de una manera muy distinta a como suelen hacerlo los turistas. De modo que allí me fui. Corría el año 1992. Cuba estaba inmersa en pleno período especial, a resultas de la desaparición del campo socialista. Una verdadera desgracia para el régimen de Castro. La nueva Rusia le había cortado el suministro casi gratuito de petróleo y otros productos. El PIB cubano cayó alrededor de un tercio y las restricciones de todo tipo se habían agravado de manera muy notable, lo que endureció todavía más las muy difíciles condiciones de vida de los cubanos, sometidos desde el comienzo de la revolución a una severa cartilla de racionamiento, que casi sesenta años después continúa.

Me alojé en el céntrico hotel Habana Libre y ya en la puerta de entrada me topé con un grupo de jineteras muy jóvenes, que ofrecían abiertamente sus servicios, no por dinero, sino por algo de comida. De modo que la patria que había hecho la revolución para, entre otras muchas cosas, acabar con la mafia y la prostitución reinantes en aquel corrupto régimen de Batista, que de forma tan magistral muestra Coppola en El Padrino, se había convertido en uno de los destinos de turismo sexual más solicitados.

En el mismo hotel no tardé en entregar a una persona, para mi desconocida, unos medicamentos que me había dado un familiar suyo en la agencia de viajes en donde había comprado el billete de avión. No recuerdo el nombre de esos medicamentos, pero sí que eran muy básicos y baratos en España. Algo que chocaba con la tan cacareada calidad de la sanidad cubana. Todo un mito. Cierto que el número de médicos por habitante es en Cuba uno de los más altos del mundo. Pero, dejando a un lado que Castro los ha utilizado como arma política para respaldar su megalomaníaca intervención militar en África (costosísima en vidas y dinero) y más tarde para compensar la ingente inyección de petróleo venezolano, es bien sabido que una medicina de calidad requiere un desarrollo tecnológico muy notable, inexistente entonces y ahora en Cuba. Y me parece muy relevante subrayar que cuando Fidel conquistó el poder, su país no era Haití, como a veces se da a entender, sino que contaba con un nivel de desarrollo económico similar al que entonces tenía España.

Al día siguiente de mi llegada cogí un taxi con la intención de desplazarme al Museo de la Revolución. Mi sorpresa fue grande cuando el taxista comenzó a circular en una dirección opuesta a la requerida. No se trataba de engañar al incauto turista. El taxista me explicó que no podía ir directamente a donde yo le había indicado porque antes era preciso detenerse en una oficina para entregar un documento en el que se fijaba con antelación el importe del viaje. Sólo entonces pudimos ir a donde yo le había solicitado, aunque tardásemos el doble de tiempo. ¡Bendita burocracia socialista!

Un día después, ya en Santiago, comenzamos el seminario. Asistía una veintena de personas. La mayor parte profesores de Derecho, pero también algunos abogados, notarios y fiscales. Me llamó la atención una mujer vestida de uniforme militar. Antonio me explicó después que era una oficial de los servicios de inteligencia.

Mi labor no era fácil. Tenía la intención de defender los principios y valores de la democracia consignados en la Constitución de 1978, pero sin comprometer a mi amigo. Consideré que lo mejor era contrastar esos principios y valores con los del régimen de Franco, a quien no ahorré crítica alguna y por el que mis oyentes no sentían especial inquina -como es sabido el caudillo ferrolano nunca se sumó al embargo dictado por los Estados Unidos-, pero subliminalmente estaba claro que muchas de esas críticas -partido único, falta de libertades, represión de los disidentes, etc- eran perfectamente trasladables al régimen castrista. Así lo entendieron todos, incluida la uniformada espía. También el decano de la Facultad de Derecho, a quien le había llegado puntual información del seminario y con quien mantuve una entrevista a veces tensa.

Además de Antonio, desde hace un par de décadas profesor en la Universidad de Oviedo, dos de aquellos alumnos se vieron obligados a exiliarse años más tarde. Uno de ellos había tenido el valor de manifestarse en el seminario opuesto a la pena de muerte. Algo muy mal visto en Cuba. El otro fue acusado de homosexual y tuvo que dejar su profesión de notario. Con él y con Antonio departí largamente en los salones de mi hotel, al que ellos no podían entrar sin ser expresamente invitados por mi, a resultas de ese apartheid que el régimen establecía entre los que tenían dólares y los que carecían de ellos, que eran y son la mayoría de los cubanos.

De aquellas conversaciones recuerdo ahora dos comentarios que me hicieron mis contertulios. El primero sobre algunos conocidos suyos que no habían podido acceder a la Universidad por su declarada condición de católicos. El segundo sobre la falacia de creer que el racismo había desaparecido de su país. Cierto que en comparación a lo que ocurría antes de la revolución, en ese terreno se había avanzado mucho. No por casualidad la población negra era la más adicta al régimen. Pero bastaba echar un vistazo a los dirigentes del Partido Comunista para comprobar que en su seno los negros estaban claramente infrarepresentados.

También pude verificar que la educación -otro gran mito del castrismo- dejaba mucho que desear. Al menos la universitaria, muy en particular en el ámbito jurídico. Lo percibí en el seminario que impartí y lo ratifiqué en la desoladora visita a la biblioteca de la Facultad de Derecho, en la que faltaban los libros más elementales.

Como remuneración de mi seminario me dieron una pequeña cantidad de dinero en pesos cubanos, con los que compré algunos libros .una de las pocas cosas que se podían adquirir con esa moneda-. Pero no todos los que hubiera querido, pues muchos estaban prohibidos, entre ellos recuerdo todos los de Cabrera Infante. Periódicos, solo los oficiales: Granma, Juventud Rebelde… ¿Y qué decir de la televisión? Pues que era habitual ver a Fidel Castro pontificar sobre las más diversas cuestiones. Yo recuerdo sus inacabables peroratas sobre los últimos avances de la “gran biotecnología cubana” y sus triunfalistas comentarios sobre las últimas victorias de los deportistas patrios.

Ojalá la muerte de Fidel contribuya a que los cubanos recuperen su secuestrada soberanía y que a partir de ella sean capaces de construir en paz, lo más pronto posible, una democracia próspera que los aliente y reconcilie.

Joaquín Varela Suanzes-Carpegna es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Oviedo.

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