Experiencias viajeras

Juana regresó de La Habana

Comenzábamos a extrañarla y nos preocupaba su anormal ausencia, ella nos había dicho que solo iría por una semana, ya habían transcurrido tres de ellas. La esperábamos como siempre, alegre, ágil y dicharachera, profesora celestial a la hora de utilizar la metáfora, sentaba cátedras entre todos nosotros. Un día que otro, mencionamos algo relacionado con los planes de este viaje, los que ella nos narraba en cada visita, los que realizaría luego de dos años de ausencia. La imaginamos llegar a su barrio y ser bendecida por todas sus antiguas comadres, recibiendo besos de niños mocosos y sudados por ese andar trajinado en pleno sol del mediodía, pero llegaba fuera de fecha porque ella prefería hacerlo siempre en Septiembre.

Contaba con cierto orgullo o ingenuidad, quién pudiera adivinarlo, partía el día de los cedeerres para uno de esos mercados donde se compra con fulas y se la gastaba toda, compraba muchos de los ingredientes que luego se utilizaban para preparar la caldosa. Nos dijo que colaboraba en su preparación, como en los viejos tiempos, nos decía mientras la escuchábamos formando una escuadra de idiotas. ¡Eso sí! Repetía hasta el agotamiento de nuestros sentidos con aquel disco, sólo refrescos, yo no le mantengo vicio a nadie. Entonces, ese día, sacaba una maleta que había llevado repleta de juguetes comprados en la tienda del dólar para los fiñes de la cuadra. Disfrutaba sus risas y alegrías y aquellos besos repetidos, sin mocos y carentes de sudores por la oscuridad del cielo. Las comadres la adoraban, decía ella, su presencia devolvía un poco de luz al vecindario. Llevaba varios años en esos trajines realizados en cada visita, al día siguiente de su arribo, Juana se llegaba hasta la compañía de electricidad con una caja de bombillos. Nunca que habló con la parte administrativa resolvió los problemas de su cuadra, utilizó la magia que solo ofrecen los fulas, trató directamente con los camioneros. Ese día se hacía la luz y los rostros de su gente adquirían matices humanos, sencillos, humildes y conformistas. Pero contaba ella que aquella felicidad solo duraba dos o tres días, la gente se robaba los bombillos y el resto era destruido por los pillos. Luego, las comadres debían esperar hasta el año siguiente, no porque a Juana le faltara voluntad para reparar el daño causado, las monedas se iban evaporando dentro de su bolso y después de una semana se encontraba tan desplumada como el gallo de Morón. La historia la conocíamos de memoria, pero nadie se atrevía a interrumpir aquella surrealista felicidad, no se puede negar que era muy feliz cuando nos repetía una y otra vez la historia de la caldosa, los bombillos y los jugueticos de los fiñes.

Llegó en silencio y se sentó en una mesita alejada de la barra, no pudo evadir nuestras exclamaciones de alegría, pero las aceptó en silencio, nos regaló una simple mueca involuntaria cargada de intrigas. Se dejó caer sobre el taburete con el peso del cansancio que arrastraba desde toda una vida, longitud desconocida por todos y limitadas a simples especulaciones. Si una virtud explotaba con maestría era, la de mantener desinformados a todos sobre su verdadera edad, había que conformarse con cálculos y sacar a la luz aquellas arrugas muy bien disimuladas por las cremas. No era la misma, comentamos todos escondidos de su presencia en la cocina. ¡Coño! Parece que a Juana le pasó por encima el tren lechero que viene de Santa Clara, expresó el cocinero después de asomarse por una pequeña ventanilla practicada en la puerta que da al salón. En el momento que le servía el agua detuve mi vista sobre su cabellera, no era la misma que vi partir hacía solamente tres semanas, parecía una escoba de aquellas que una vez usaron los barrenderos de La Habana. Y ella, tan orgullosa que nos contó el varo gastado para arreglarse el techo, creo que fueron unos ciento veinte dólares. ¿Y sus uñas postizas? Creo que le costaron unos cuarenta y cinco, ahora se encontraban impregnadas de ese color ámbar que deja a su paso la nicotina. ¡Ño! Se botaron más de ciento sesenta dólares en ná, pensé con esa mentalidad consumista que se adquiere con los años.

-¿Cómo estás? Le pregunté y ella levantó por primera vez la mirada, sus ojos andaban sumergidos en una profunda caverna morada y carecían del brillo que solo ofrece la felicidad. La regla no es, pensé rápidamente, esta temba pasó la menopausia hace varios años. Tuvo que haber realizado todas las guardias de los cederistas de su cuadra, no lo dudo, me respondí como consuelo esperando escuchar su voz, y de verdad, sentí deseos de mandarla al carajo ante tanta demora. Total, ya había tenido que escuchar miles de desgracias humanas durante dos años en este trabajo, si ella deseaba mantener silencio había que respetarlo, pero molestaba su silencio.

-¿Cómo estoy? Aquella voz rasgada salió de ultratumba, no parecía femenina, guardaba mucha similitud con la de Castro en sus últimos videos, ¿será una epidemia que está pasando por la isla? Detuve mis pensamientos cuando observé sus intenciones en continuar, alzó la copa y bebió todo su contenido como si acabara de atravesar el desierto de Sahara, volví a llenarla y me mantuve en la misma posición.

-¿Cómo estoy? Bien jodida, tengo cagaleras, gripe, dolor de cabeza y un hambre que no te imaginas…Se detuvo nuevamente.

-¡Solabaya! ¡Pa’llá, pa’llá! Tú estás podrida, va y tienes eso que anda, ni me des la mano hasta que te despojes o santigües. ¡Báñate bien y compra buen jabón! Ahora mismo te traigo el menú.

-¡Dale pal carajo! Escuché a mi espalda mientras me dirigía hasta el bar para dejar la jarra. Desde aquella distancia me detuve nuevamente a observarla y la encontré más destimbalada que el Caballero de París en sus tiempos estelares. Regresé nuevamente con el menú en las manos. -¿Para qué?, tráeme lo mismo. Expresó con desgana.

-¿No vas a variar un poco? ¡Mira! Tenemos un delicioso rabo encendido.

-¿Y eso qué es? Preguntó con fingida inocencia, tal vez no.

-No es el rabo que tú piensas mamacita, ese es difícil de encontrar en esta ciudad. Ella se quedó muy pensativa y tuve que creerle. Pudo ser que a partir de su edad las vacas nacieran sin rabo, porque un poquito después las vacas se desaparecieron por encanto.

-Te soy sincera, nunca lo he probado.

-Puede que te crea, puede que no, ya sabes, puedes bajarle números raros a cualquier chama de los que vienen aquí, hay que hervirte durante varias horas para ablandarte, mamacita, no lo olvides.

-¡De verdad! Nunca lo he probado.

-¿Quieres un rabo?

-¿Un rabo?

-¿Qué, ligaste alguno este viaje? ¿Te llevaste por nuestros consejos?

-No, ¿quieres que te diga una cosa? No vale la pena, allá todo el mundo está por escapar. Vienen, te meten tremenda trova y al final del cuento el objetivo es ese, escapar.

-Tienen que defenderse, ¿Tú no escapaste así?

-Pero es distinto, yo quiero algo formal.

-Eso mismo pensó el que te trajo, nada, es el riesgo que se debe pagar, es como jugar a la lotería, si no juegas nunca podrás saber si se gana o pierde.

-No, prefiero buscarlo en otro lugar. ¡Es más! Alzó la voz y se detuvo, algunos clientes dirigieron la mirada hacia su mesa y aquella acción la coaccionó un poco. -¡Es más! Repitió en un tono más humano.-No pienso regresar otra vez a Cuba. Esa última frase la expresó invadida por una infinita tristeza y decidí aflojar un poco la presión que estaba ejerciendo.

-¿Rabo con qué? Le pregunté para cambiar el tema.

-Con arroz blanco y plátanos maduros. Respondió algo ida y me retiré a la cocina.

-¡Oye! Juana está gravísima, dice que no regresa nunca más a la isla. Le dije al cocinero mientras servía un pancito y una mini dosis de mantequilla en una fuentecita.

-¡No jodas! Con el entusiasmo que llevaba esa mujer antes de partir tuvo que pasarle algo grave. Respondió mientras leía su pedido. -¿Un rabo? Trata de averiguar que le sucedió.

-Aquí tienes el pancito, mamacita, ¿deseas algo para beber?

-Sí, tráeme un mojito para ver si puedo relajarme un poco. Me dirigí nuevamente al bar, pero antes de hacerlo, pasé por el equipo de música y le puse el cd de Polo Montañez para alegrarle el alma, yo sabía que era su preferido.

-Espero que te guste y si lo deseas, puedes utilizarme como pañuelo para que sueltes todo lo que llevas dentro, no es la primera vez y ya estoy acostumbrado, ¿tan mal te fue? Coloqué el vaso frente a ella y se entretuvo unos segundos revolviéndolo y hundiendo la ramita de menta con un poco de rabia.

-Ni te imaginas la decepción que sentí al llegar, tal parecía que no me esperaban a mí. Se detuvo nuevamente y se llevó el vaso a los labios.

-¿Qué no te esperaban a ti? Le dije algo sorprendido.

-Así mismo, todo el interés de mi llegada se concentró en el contenido de las maletas, fue tanto el encabronamiento que mandé a todos pal carajo. Después, todo se tradujo en tragedias, comenzando con las historias que cada cual desea comentarte y que logran aturdirte. La cosa está mala, malísima, nunca la había visto así. Se tomó su breve pausa para llevarse el vaso a los labios nuevamente y sentí deseos de reprimirla por lo que acababa de escuchar. Juana era de aquellas personas que nunca vio nada, sintió nada o se vio afectada por la situación del país. Era de aquellas que se llenaban la boca para hablar mal de Canadá, pero de las que se niegan a regresar, hoy su discurso comenzaba a ser diferente. –Para más jodedera, mi hija se encontraba ingresada y yo quisiera que vieras la situación de los hospitales.

-Pero si no me equivoco, bastante mierda que hablas de los hospitales de este país. Creo que se sintió sin fuerza o valor para enfrentarme.

-Las ventanas del cuarto no tenían persianas, el baño estaba repleto de excrementos, las moscas campeaban por su respeto. En una de esas siento tremenda peste en la cama de mi hija, que por cierto, hace rato que se debe llevar la ropa de cama al hospital, ¿y qué tú crees?, cuando levanto la sábana noto que el colchón estaba podrido. ¡Mira! Así recién operada la levanté y tiré el colchón para el piso y comencé a echar cojones por todos lados. Cuando llegó la jefa de salón le dije que cambiara aquella porquería y mandó a un empleado. ¿Qué tú crees que me dijo aquel descarado? Que fuera con él para que yo lo cargara, ¡mira!, no le menté la madre porque Dios es muy grande. Le grité que ese era su trabajo y la gente me miraba como si se tratara de una loca, nadie dice nada, pero se lo tuvieron que cambiar.

-Ya te advertí en varias oportunidades que no debes ponerte a guapear tanto, recuerda que te ponen una trampita y no te dejan salir más nunca del país, aunque seas ciudadana canadiense.

-¡Me tocan los cojones! La casa no me la habían terminado, al siguiente día se aparece el plomero con su cara fresquecita y me dice debía pagarle setenta chavitos que le debía mi hija por el trabajo ya realizado. El tipo se presentó con su mujer y pensó tal vez que como yo venía de Canadá era comemierda, lo puse nuevo. ¡Mira, cacho de cabrón! Si quieres cobrar esa plata tienes que hacer bien tu trabajo, llégate al baño para que lo veas lleno de mojones. Ya lo sabes, destupe esa porquería, fija bien la taza al piso y luego hablamos. ¿Qué, me viste cara de comemierda? No ves que yo debo trabajar muy duro pa’que vengas a vacilarme. Se detuvo nuevamente y bebió otro sorbo de su mojito.

-¿Y lo arregló?

-No digo yo si lo tuvo que arreglar, el tipo se la llevó al vuelo que conmigo no había jueguitos, pensó que la madre era igual de verraca como su hija. Después, hablo con un vecinito para que se buscara unos varitos, le dije, mira Manuelito, chapea el patio y yo te voy a pagar diez chavitos. Manuelito me pidió que le adelantara algo porque no tenía nada de comer en la casa, ya sabes, el mismo cuento te lo hace todo el mundo. Le respondí que no, yo no pagaba por adelantado, si estaba tan necesitado que se pusiera a chapear y en cuanto acabara le daba su plata. ¿Qué tú crees que hizo el tipo? Chapeó la mitad del patio y me pidió cinco chavitos para resolver su problema, se los di y salió disparado a comprar ron. La mayoría de la gente anda borracha, hay un alto porcentaje de la población hundidos en el alcoholismo. Esta vez agarró el pancito y lo abrió a la mitad, se entretuvo untándole la mantequilla.

-Tal vez el tipo no pudo terminarte el patio por estar fuera de fonda, no es fácil trabajar sin jamar. Traté de justificarlo.

-El problema es que mucha gente no quiere trabajar y vive pendiente de los envíos de sus familiares, yo quisiera que vieras aquello, da lástima ver como se encuentra el país. ¿Y? De lo único que se habla es de escapar, todo el mundo quiere ganarse la pira.

-¡Coño! Pero en esa situación quién rayos desea vivir, ya llevan medio siglo con la misma cantaleta y la gente anda desesperada, también hay que comprenderlos.

-Y no te cuento de las tribulaciones para ir a visitar a mi hija, el transporte está de madre y yo no podía darme el lujo de andar cogiendo taxis todos los días.

-¿Cómo te movías?

-¿Cómo? Tuve que jugar parrillas de bicicletas como en los viejos tiempos. ¿Qué te cuento? Un día me llevó un sordo al que debía pagarle dos chavitos por el viaje. No te imaginas los sustos que pasé, un carro pitándonos detrás y yo golpeando al sordo para que se arrimara a la acera y el tipo que no entendía, no nos mataron de milagro. Una noche, mi hijo salió para el hospital a llevarnos comida, pero imagínate tú, por el camino lo detiene la patrulla y se lo llevan preso por cargar con él un cuchillo. Ya sabes el bateo que se formó por portar arma blanca, y lo más jodido, yo di ese viaje corta de plata, solo fui por la emergencia del parto de mi hija.

-¿Cómo resolviste la situación?

-Yo no sé si te causará risa, ¿te acuerdas de todas las muñecas que yo tenía decorando mi apartamento?

-Sí, me acuerdo de eso.

-Pues las muñecas me sirvieron para sobornar a los policías.

-¡Coño, Juana, no te creo!

-¿No me crees? Gracias a esas muñequitas pude sacar a mi hijo del tanque. Pero ahí no terminan las tragedias, cae enfermo mi nieto con un ataque de asma y me veo obligada a llevarlo hasta la Balear, ¿te acuerdas de ese hospital? Bueno, estuve veinticinco minutos esperando por el médico y la enfermera me decía que el doctor se encontraba en el baño. Tú sabes que yo me mando por esta lengua, ¡mira muchacho!, me le di una explotada a aquella enfermera que ni te imaginas, lo menos que le dije fue que si el médico estaba cagando una soga, pa’qué contarte. Después vino lo peor. Le dio una mordida al pan y lo masticó lentamente.

-¿Hubo algo peor que eso? Bebió un poco de agua y me miró a los ojos fijamente.

-No aparecía la medicina y la enfermera solo me dijo, ¡mírame bien a los ojos y trata de comprenderme! Le enseñé un poco de chavitos y desapareció unos minutos. Regresó con un paquetico en las manos, eran las medicinas que necesitaba mi nieto, le di diez chavitos y regresé con el niño a la casa.

-No es la primera vez que me cuentan algo similar.

-Es terrible que la corrupción haya invadido el alma de esa gente.

-No es la corrupción, Juana. Es la necesidad, la lucha que llevan esos seres por sobrevivir. Por fortuna tú pudiste resolver el problema gracias a la posesión de moneda fuerte, ¿te imaginas al que no tenga un solo centavo?

-Claro que lo imagino porque lo vi con estos ojos y nadie puede hacerme un cuento.

-Chica, tu viaje fue un desastre, ¿no hiciste nada por allá?

-¿Nada, cómo qué?

-Como sexo, chica. Como te recomendamos antes de salir para combatir un poco esas depresiones en las que sueles caer con frecuencia. Ya sabes, no hay mejor medicina que esa. ¿No recuerdas que el psicólogo de madame La Flamme le recomendó mucho sexo? Y eso que la temba tiene setenta y cinco años, eso es el mejor antídoto para el caso.

-Hasta para eso he sido fatal, ¿recuerdas que te hablé de aquel ligue que tuve por Internet con un cubano de la isla?

-Sí, me acuerdo de eso, estabas muy entusiasmada con esa conquista.

-¿Qué te cuento? El tipo fue a esperarme al aeropuerto.

-¡Coño! Es un tipo de ley, ¿no?

-¡Mira, no jodas! Estaba todo destimbalado, sin dientes y empercudido a no dar más, era la copia del Don Quijote de 23 y G. Le pedí un teléfono donde localizarlo y todavía debe estar esperándome.

-Pero en la isla hay más, no creo que hayas regresado en blanco.

-Pues mira que sí, hay un millón que se ponen pa’tu cartón, pero lo que buscan es la manera de escapar y yo quiero estabilidad.

-¿Qué vas a hacer entonces?

-Tengo otro ligue de Internet que vive en Miami, pero dice que no tiene papeles. Ya le dije que si quería agarrar esta conejita que cruzara la frontera.

-¡Coño! Pero es que tú no escarmientas, siempre andas metida en líos. ¿Por qué te demoraste tanto en la isla? -Esto no se lo vayas a contar a nadie, promételo.

-Te lo prometo, no se lo voy a decir a nadie.

-Y no lo vas a escribir tampoco, promételo.

-Y no lo voy a escribir, no te lo prometo.

-Resulta que andaba corta de plata y se me ocurrió alquilar un almendrón para ir al aeropuerto. ¡Ay, muchacho! Aquella cafetera de mierda se rompió en el camino y perdí el vuelo.

-¡No te creo!

-Y lo peor, no tenía dinero para pagarme un nuevo pasaje. Ni te imaginas lo que he llorado, pensé que me quedaba atrapada en aquella trampa. Ya te digo, no pienso regresar nuevamente, voy a tratar de sacar a toda mi familia.

-De verdad, te compadezco. Bueno, creo que ya recibiste una buena lección, pienso que no quede nada por contar.

-¡Ah, no! Si hasta el regreso fue fatal. Fíjate que me quedé dormida en el avión y la aeromoza no me despertó para darme el desayuno, parece que andan haciendo sus negocitos con los sandwichitos también.

-Pero muy bien pudiste reclamarlo cuando te despertaste, eso está incluido en el precio del pasaje.

-De verdad que no deseaba tener más problemas. Sonó la campanita de la cocina y fui por su comida.

-Buen provecho, Juana. Le dije cuando le presenté el plato y me alejé para que comiera tranquila.

-¿Y qué te contó la loca? Preguntó el cocinero en uno de mis viajes por la cocina.

-¡Ay, muchacho! Es una película de terror, pero como es tan larga mañana te la cuento, dice que no piensa regresar nuevamente a la isla.

-¡No jodas! Tan patriota, tan cederista…

-No va más, por primera vez la escucho hablar tan mal de su paraíso.

Tres días después, Juana regresó nuevamente al restaurante. Tenía mejor semblante y olía a todas esas cremas que ella utiliza desmedidamente. Se sentó en la barra y pidió un mojito como siempre había sido su costumbre. Pocos minutos después, entablaba una amena conversación con otro cliente.

-Yo te digo una cosa, el frío de este país no hay quien lo resista. En cuanto tenga una oportunidad me voy de regreso para mi país, ya estoy cansada de la nieve. Total, ya se terminó de arreglar la casa y como quiera que sea, yo nunca me acosté sin comer. Allá es otra cosa, aquí la gente vive con mucha soledad. La gente hace sus fiestas en la cuadra y todo el mundo se conoce, yo misma, cada vez que voy participo en la caldosa del comité… Se detuvo para beber.

-¡Chica! Búscate un marido y verás como la vida adquiere otro sentido. Llevas ocho años yéndote de este país y con la misma cantaleta.

-Ten la seguridad de que en la primera oportunidad me voy pal carajo. Reaccionó con algo de violencia y la dejé con la palabra en la boca.

-¿Sabes quién está en la barra? Le pregunté al cocinero.

-No me imagino. Contestó mientras preparaba una ensalada.

-Nada más y nada menos que Juana.

-No es una sorpresa, estuvo aquí hace unos días, ¿no?

-Sí, pero ya cambió el discurso nuevamente.

-No le hagas caso, consorte. Esa jeva está frita del coco.

Jueves, 22 de Febrero del 2007

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