Experiencias viajeras

Exceso de equipaje

Ana venía de pasarse unos meses en los EEUU, con su hija y sus nietas. Su pesadilla comenzó cuando vio que le faltaba uno de sus maletines.

Ana Luisa López Martínez, una anciana de 71 años, aterrizó el domingo 19 de enero en el vuelo 9410 de la compañía American Airlines procedente de Miami. Venía de pasarse unos meses en los EEUU, donde reside su hija y dos nietas.

Los aeropuertos la estresan. Como no tiene la movilidad de una joven de veinte años, ir a recoger el equipaje con prontitud no es su fuerte. Además, la pone tan nerviosa que el equipaje puede estar ante sus ojos en la estera y ella no verlo. Califica este momento como “una pesadilla”.

Una pesadilla que se le hizo realidad cuando notó que le faltaba uno de los maletines que conformaban su equipaje. Después de una infructuosa búsqueda llamó a uno de los auxiliares del aeropuerto y le ofreció un dólar para que la ayudara a buscarlo, pero tampoco lograron encontrarlo.

Cuando ya todos los pasajeros habían recogido sus equipajes, en la estera que los transportaba solamente quedaba un maletín del vuelo 9410, pero no era el de Ana Luisa, y a pesar de que ella alertó a los funcionarios de que el dueño del maletín de la estera bien pudo tomar el de ella por equivocación, ninguno de los funcionarios pareció haber hecho nada.

Refiere Ana que le hicieron llenar un documento de reclamación para presentarlo en la oficina de Havanatur del aeropuerto, pues dieron por hecho que el equipaje se había quedado en los EEUU. Los funcionarios de Havanatur le comunicaron que la llamarían por teléfono en cuanto tuvieran noticias.

Pero pronto ella descubriría la suerte que había corrido su maletín. Cuenta que llegó a su casa a las diez y media de la noche, cansada y hambrienta, después de casi seis horas de haber aterrizado.

“A las once de la noche recibí una llamada de San Luis, en la provincia de Pinar del Río. Mi maletín estaba allá, y me preguntaban si por casualidad yo no tenía el de ellos”, cuenta Ana.

El maletín no se había quedado en Miami, sino que un pasajero despistado lo había cogido por error, dejando el suyo en la estera, como mismo había previsto Ana. El funcionario del aeropuerto encargado de comprobar los talones de facturación y las tarjetas de identificación de la aerolínea para evitar que algún pasajero saliera con un equipaje ajeno no hizo el trabajo que le correspondía.

Si lo hubiera hecho habría advertido que la tarjeta de identificación de la aerolínea American Airlines y el talón del maletín facturado estaban a nombre de una mujer. Además, el maletín tenía el nombre de Ana en letras grandes. El funcionario dejó salir a un hombre con un equipaje de mujer fácilmente identificable.

El pinareño tuvo que regresar con el equipaje de Ana al otro día para que en el aeropuerto le entregaran el que dejó en la estera, y a la anciana habanera le dijeron que para retirar el suyo tenía que pagar el exceso de equipaje primero.

“¿Pagar qué? Ustedes son unos descarados. Son ustedes los que tienen que pagarme a mí por su mal trabajo. Y vayan llamando a la policía, que no les voy a pagar nada”, les replicó la anciana.

Por suerte para Ana nadie se atrevió a obligarla a pagar el exceso de equipaje.

Pero sí tuvo que volver a pagar 20 dólares para un taxi, y cuando llegó a su casa se percató de que faltaban dos paquetes de café. En su lugar había una jaba de nylon con hojas de tabaco, quizás un intercambio del viajero de Pinar del Río, quien quería que la anciana probara el buen tabaco de la zona de vuelta abajo.

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