Experiencias viajeras

Cuba, un asombroso surtidor de paradojas

Por fin hemos llegado, mi esposo y yo, a ese largo lagarto verde, como llamaba Guillén a la isla de Cuba. Mi ilusión era visitarla antes de que terminara la época de los Castro. Tal vez por morbosa curiosidad, quiero verificar por mí misma si todo lo que se habla, positivo o negativo, es cierto.

La primera impresión

Es el mes de noviembre, acaba de pasar el huracán Sandy que castigó con fuerza a la ciudad de Santiago, pero en la Habana hace un tiempo maravilloso. Un radiante sol con un clima bajo en humedad y que no excede los 25ºC.

Al aterrizar en el aeropuerto José Martí de La Habana, pienso en todo lo que sabía y sentía, antes de tener el privilegio de estar en Cuba; admito que este país siempre me ha causado gran admiración. Y aunque sea políticamente incorrecto y me tachen de comunista, o de fidelista, también confieso que Fidel, no sé si será porque se parece físicamente a mi padre, o por los logros sociales y la tenacidad con que ha resistido tantos embates, ha despertado siempre mi simpatía y admiración. He aquí mi primera paradoja: ¿Por qué un dirigente que va en contravía de tantos de los principios que deben caracterizar a un buen gobernante, despierta en mí estos sentimientos? Por otro lado, siempre que pienso en Cuba, en el pueblo cubano, se me viene de inmediato a la cabeza, como un reflejo condicionado, la palabra Dignidad, pero en mayúsculas. Porque para mí, Cuba es el modelo de la dignidad de un pueblo. Había llegado el momento de comprobarlo…

En esto voy pensando en el taxi que nos lleva del aeropuerto a la casa particular, situada en La Habana vieja, donde nos vamos a alojar cuando, sin previo aviso, golpea mi vista la ciudad en todo su esplendor, con sus carros modelo años 40 y 50 rodando por unas calles amplias, semivacías pero bordeadas de edificios que nos recuerdan a Buenos Aires, París o Madrid. Así de impactante es la arquitectura habanera. Al verlas pienso que hasta sus edificaciones han envejecido con dignidad. Muchas están ruinosas, pero conservan su grandeza y su monumentalidad. La Habana a diferencia de Cartagena y de otras ciudades del Caribe, no es colonial. Tiene vestigios de construcciones coloniales pero en su gran mayoría las edificaciones tienen la grandeza y el aire de las urbes europeas más importantes. La ciudad nos muestra su pasado como centro de poder y riqueza.

Al llegar nos recibe Adela, la dueña de casa, una cubana muy amable; una mujer madura, un tanto reservada y discreta, pero muy cortés. Ella es lo que ahora llaman en Cuba una cuentapropista. Personas que tienen autorización del gobierno para tener su propio negocio y producir con él, pagando impuestos al Estado. Cada día hay más cuentapropistas, con restaurantes a los que llaman paladares, puestos de perros calientes, pizzas, hamburguesas, taxis, bici-taxis, coco-taxis, entre otros. Poco a poco, con paso tímido, se ha venido incentivando la propiedad privada y el trabajo por cuenta propia.

La habitación asignada está muy bien. Limpia, con baño privado, sin lujos pero con todas las comodidades necesarias. Pagaremos 25 CUC (equivalente más o menos a 25 dólares americanos) por noche (por la habitación), más 4 CUC por persona por el desayuno diario, que resultó ser muy sencillo pero bien hecho y bien servido. Adela vive con sus dos hijos, su esposo y su madre. La casa es amplia, agradable y cuenta con una excelente ubicación. Queda a la vuelta del antiguo Palacio Presidencial y del Museo de la Revolución y tan sólo a una cuadra del mítico y populoso malecón, al que llaman el sofá o el banco más largo del mundo. En las tardes, cuando baja el sol, se colma de gente que llega allí para pescar, conversar, tomarse unos roncitos escuchando música o simplemente para disfrutar del atardecer y la brisa marina, cuando el fuerte oleaje lo permite.

Los contrastes de La Habana

No vemos la hora de salir a caminar para comprobar por nosotros mismos lo que tantos otros nos han descrito de La Habana. Cuando salimos, percibimos que realmente estamos en el corazón de la ciudad vieja. A contadas cuadras nos encontramos con toda su grandeza. La avenida del Prado, los hoteles Plaza, Telégrafo y Presidente, el Capitolio, el Gran Teatro de La Habana con sus salas García Lorca, Lecuona, Lezama y Bola de Nieve. A los dos días de estar en la isla, tenemos la oportunidad de asistir, en la preciosa sala Lorca, a un espectáculo de danza, en el marco del Festival Internacional de Ballet de La Habana que se realiza por estos días. Fuimos a la premier de una obra, coreografía de la reconocida bailarina Alicia Alonso, quien a sus más de 90 años todavía dirige obras para el Ballet de Cuba. Además nos sorprende que esté presente en el teatro durante todo el evento. El estreno es un homenaje, por el centenario de su natalicio, al escritor cubano Virgilio Piñera. Otro día estuvimos en otro espectáculo en el marco del mismo festival, en el moderno y amplio Teatro Mella, ubicado en la zona del Vedado. Los dos días los teatros tuvieron lleno total, con público mayoritariamente cubano. Las boletas son subsidiadas para ellos, y se privilegia a los locales frente a los extranjeros.

Todos los sitios que recorremos están rodeados del más puro ambiente cubano. La música vibra por todas partes, pero sin ruido… es decir verdadera música, sin amplificación en ninguna parte. Esto, por contraste con lo que vivimos a diario en Cartagena, nos encanta (y nos permitió ratificar lo que pensamos), a diferencia de tantos otros: El Caribe, como lo pude comprobar también en República Dominicana, Puerto Rico y Panamá, no es bulla, no es ruido, es alegría, es música. Ese día y los siguientes, caminamos muchísimo por la ciudad vieja donde se ven también parques bien cuidados con bella y exuberante vegetación. La gente se ha apropiado de estos espacios, los usan y los disfrutan. En el parque frente al Teatro, se reúne diariamente lo que han denominado la tertulia beisbolera. Discuten todo el día y todos los días sobre la llamada pelota caliente y los transeúntes se van uniendo o dejando el grupo pero siempre hay un buen número de participantes que animan el espacio con una amable y sana discusión deportiva que no incluye violencia ni ánimos exaltados.

Se puede apreciar en toda su magnitud el valorado y prolijo trabajo de restauración que ha hecho, desde la dirección de la Oficina del Historiador de La Habana, el historiador Eusebio Leal, a quien llaman cariñosamente “el dueño de La Habana”. Entre estas obras están, la Plaza Vieja, la de San Francisco, la de la Catedral y la de Armas con su ventorrillo de libros viejos y la imagen del Ché y Fidel inundando todos los rincones; los vendedores ofreciendo la moneda con la imagen del Ché, los habanos que fumaba el Ché, gorras y camisetas con su imagen… el clásico culto a la personalidad de un hombre. También hay libros sobre la revolución, revueltos en los mismos estantes con otros de distinta factura como misales antiguos, obras literarias, álbumes con las marquillas de los tabacos clásicos, estampillas y monedas antiguas… en fin una deliciosa miscelánea de suvenires.

Mientras camino, en mi cabeza retumba la historia de las últimas seis décadas de Cuba. Este país fue vilipendiado, durante años, por su vecino del norte con la complacencia de sus propios dirigentes. Sin embargo encontraron la forma –tal vez no la mejor y no es mi propósito defenderla- de sacudirse y decir ¡basta! Se quitaron de encima no sólo una dictadura opresora sino una humillación extranjera sin límites e iniciaron la búsqueda de un camino propio. No ha sido un camino sembrado de suaves pétalos, sino uno lleno de laberintos, afiladas espinas y trampas insondables, que fue creando confusión en sus dirigentes, quienes después de haber conseguido lo impensable, erraron el camino aislando a su pueblo, equivocándose al elegir sus aliados y sosteniendo un sistema económico, que hoy es prácticamente inviable. Además cometieron el mayor error: durante décadas han tapado la boca de su pueblo, coartando muchas de sus libertades y han mantenido una dictadura fuerte y anacrónica, que no permite que la gente se manifieste abiertamente y pueda elegir libremente su destino.

Llevamos varios días recorriendo la ciudad y disfrutándola. Caminar por la bulliciosa y abarrotada calle Obispo con sus ventas de artesanías, hotelitos, galerías de artistas, paladares, bares y librerías, buscando el Floridita para tomarse la infaltable foto con Hemingway en el bar donde dicen que se prepara el mejor Daiquirí del mundo, es una obligación. Otros imperdibles son, el mojito en La Bodeguita del Medio, visitar el hotel Ambos Mundos, donde vivió Hemingway, o almorzar en La Guarida, paladar donde se filmaron algunas escenas de la exitosa película Fresa y Chocolate. Las nostálgicas farmacias del siglo XIX como la Sarrá, Johnson y Taquechel son un encanto con sus pomos, morteros, balanzas e instrumentos antiguos, donde hoy se venden hierbas medicinales y se preparan otros medicamentos naturales.

Mientras caminamos, escudriñamos (con la vista) hacia dentro de las enormes casonas, casi todas con las puertas abiertas. Nos encontramos con bellísimos pero ruinosos interiores, con ropas de todos los colores tendidas al sol y al viento en balcones y terrazas. Escaleras y pasamanos de mármol de Carrara, pisos con baldosines importados y portones, frontispicios y rejas de la mejor calidad y diseño por todas partes, que aun así, ruinosos como están, son un deleite para los sentidos. Muchas personas viven apretujadas en estos grandes caserones antiguos, otrora opulentos, a los que llaman solares (inquilinatos), donde a veces hasta 10 o más familias conviven compartiendo en ocasiones tan solo un baño por piso. Por otro lado, es cierto que en toda la isla no hay nadie que viva en casas precarias de cartón y plástico y nadie vive o duerme en la calle.

Desde la Oficina del Historiador, a través de su propósito de restauración, se ha venido adelantando un plan especial para mejorar estos solares, que busca, además de rescatar el patrimonio tangible, cuidar que no se maltrate ni se desplace a la gente que allí vive; quieren que los habitantes permanezcan pero en mejores condiciones. Nos cuenta nuestro buen amigo Nelson Melero, quien ha trabajado de cerca con Leal, que tienen albergues temporales especiales para ubicar a las personas que habitan las casas mientras estas se intervienen. Como al restaurar y mejorar las condiciones habitacionales de estas casonas no cabría el mismo número de familias, se negocia con quienes acepten salir de la ciudad vieja y se les ofrecen otros lugares que a su vez se arreglan o se construyen especialmente para ellos; pero a quienes no quieran salir, se les respeta su deseo. De esta experiencia, se debería tomar ejemplo y así evitar que Getsemaní se termine convirtiendo en un barrio fantasma, como ya sucedió con el centro amurallado.

Más, ¿es siempre mejor?

En Cuba no hay supermercados, ni almacenes por departamentos y mucho menos centros comerciales. Las compras de comida se hacen en tiendas de barrio, carnicerías o en pequeños mercados muy poco surtidos o carretas callejeras como las nuestras. El comercio de ropa y otros bienes, consiste en almacenes a la antigua, provistos con lo estrictamente necesario. Casi todas las mercancías escasean por temporadas y hay épocas en que hasta comprar un cepillo de dientes o un jabón se vuelve una odisea. Tampoco hay opción de elegir marcas en ningún producto. Hay que arreglárselas con lo que se encuentre.

Pero paradójicamente con tan poco, ningún ser humano se acuesta sin algo en el estómago, toda la población tiene acceso a la salud, a la educación, a la cultura, a la literatura, al deporte y a un mínimo vital de alimentación, que reclaman utilizando la famosa libreta de racionamiento, que infortunadamente cada día es más precaria. Las oportunidades, los escasos bienes y el dinero, se reparten lo más equitativamente posible. Lo difícil es, que al no tener mucho que repartir, todos o casi todos, tienen enormes carencias materiales y esto, sumado al bloqueo, les impide beneficiarse no sólo de diversos productos sino de los adelantos tecnológicos con los que contamos otros. Pero como decía, nadie carece de lo fundamental y todos tienen una vida digna, si por dignidad entendemos que se tienen las necesidades básicas cubiertas.

Para comprar algunos libros, entramos a una librería en la calle Obispo. Debo decir que compramos 12 libros por menos de 5 dólares, lo cual da la dimensión de la importancia y el subsidio que tiene la industria editorial. “Leer es crecer” se lee en varios carteles. Cuando estamos en la caja, nos damos cuenta de algo que es muy curioso para quienes vivimos en una sociedad de consumo: no se consiguen bolsas plásticas. Estas, son un verdadero lujo. Nos queremos llevar los libros pero no hay donde empacarlos; afortunadamente estamos con un amigo local que lleva en su maletín, como todos los cubanos “por si acaso”, varias bolsas o jabas como las llaman ellos y nos saca del apuro. “La jaba - nos dice - es en préstamo y con carácter devolutivo”. Ellos bromean diciendo que el cuerpo de los cubanos no se divide, como el de todos los demás mortales, en tres partes sino en cuatro: cabeza, tronco, extremidades y jaba. Pero esta carencia, tiene sus importantes ventajas. Al no usar elementos plásticos desechables, no producen basura que contenga empaques de icopor, plásticos o similares, lo cual es un aporte ecológico enorme.

La sociedad de consumo en la que estamos inmersos muchos pueblos del mundo, nos está consumiendo como individuos y está consumiendo nuestro planeta poco a poco sin que nos demos cuenta y sin que se tomen las medidas adecuadas para evitarlo.

Pero La Habana no es tan solo la ciudad vieja, aunque sí es la zona más visitada. Entre los otros barrios, se destacan los más conocidos como Miramar o El Vedado, con sus enormes casas aristocráticas donde funcionan las embajadas y residen las familias más acomodadas de la ciudad o que han servido bien a la revolución y al partido. Están también múltiples barrios residenciales donde vive el grueso de la población, que infortunadamente no tenemos tiempo de visitar.

La presencia de los ausentes

Nos impresiona otra lujosa y bien cuidada ciudad de 57 hectáreas que está dentro de La Habana. Es la bellísima Necrópolis o Cementerio de Colón. Las elaboradas, engalanadas y cuidadas tumbas y mausoleos son de un preciosismo inigualable. Esculturas de la Pietá, ángeles y arcángeles en mármol, alabastro o piedra, engalanan el entorno de quienes lo habitan y que ya no están vivos pero que dejaron para la posteridad su sello de grandeza y opulencia que perdura hasta hoy. Lo recorremos con gran interés y visitamos las tumbas más representativas.

Entre estas, nos llama la atención una con una historia singular. Es la de “La milagrosa”. Una mujer que murió de parto junto con su bebé. En la bóveda, su padre, el conde Balboa, hizo que un escultor tallara la figura de Amelia con el niño en los brazos y portando una cruz. Fue enterrada con su hijo a los pies; después de un tiempo, con ocasión de unos trabajos de reparación, tuvieron que exhumar el cuerpo y dicen que la sorpresa fue mayúscula cuando encontraron el cuerpo de la mujer, casi intacto y al niño en sus brazos. La gente le reza con fervor como a una santa, y alrededor de su tumba hay una innumerable cantidad de pequeñas lápidas que agradecen, con distintas palabras, los milagros concedidos.

La pacífica lucha del día a día

Disfrutamos mucho que en toda la isla se respire tanta paz y seguridad. Se puede caminar por sus calles, a cualquier hora, con la tranquilidad de que no le van a robar a uno; a lo sumo, algunos llamados jineteros, tratarán de embaucar al turista para conseguir algún dinero, pidiendo que se les invite a unos tragos, o intentar venderle tabacos u otras artesanías, como de hecho nos ocurre, pero nadie se acerca a uno para hacerle daño. La prostitución existe como en todos los lugares del mundo, y más en ciudades turísticas como nuestra Cartagena y tantas otras. Las chicas, a las que llaman jineteras, en ocasiones son estudiantes universitarias y tienen arreglos con ciertos administradores de los establecimientos de rumba y/o con algunos guardias de seguridad de los hoteles, con quienes comparten lo que consiguen, pero al mismo tiempo ellos se encargan de protegerlas. En Cuba, si un turista se propasa con una de estas chicas, la puede pasar muy mal.

La sociedad cubana, como muchas otras alrededor del mundo es patriarcal. Sin embargo las oportunidades están disponibles por igual para hombres y mujeres. El aborto es legal desde 1965, como un derecho de la mujer. Es una sociedad que no se caracteriza por el maltrato de género, sin embargo en el ámbito íntimo de la familia existen parejas donde todavía se dan estas conductas; pero de forma general, la comunidad rechaza y sanciona estos comportamientos. El orden social cubano, no engendra violencia estructural, ya que el principio de igualdad y no discriminación están incorporados a todas las leyes y políticas del país y son considerados valores fundamentales que se inculcan desde la primera infancia. El maltrato, la violencia y el trabajo infantil, son casi inexistentes y son sancionados no sólo por la ley sino también por la sociedad.

Es poco común que un cubano le robe a otro cubano. Le roban al gobierno, sustrayendo pequeñas cosas o alimentos durante su trabajo, eso sí… dicen que lo hacen para poder subsistir y, como mecanismo de defensa, a esos hurtos eufemísticamente los llaman “la lucha”. La gran mayoría está en esa lucha, porque es prácticamente imposible vivir con el equivalente a 20 dólares mensuales de sueldo que paga el gobierno a la mayoría de los trabajadores, sean estos médicos de renombre, abogados, ingenieros etc. La lucha diaria por tener un poco más de lo estrictamente indispensable es muy dura y como ellos mismos dicen, muy difícil de explicar. A veces ni ellos mismos entienden cómo logran vivir con ese ingreso. Sin embargo cuando hablan de las dificultades de su lucha diaria, lo hacen con calma y no se percibe rabia ni amargura en su voz. Se vislumbra, eso sí, un dejo de desilusión pero también una gran esperanza de que las cosas cambien y por fin se resuelvan definitivamente.

Cuba tocó mis fibras más profundas y me hizo evidente, lo que ya llevo intuyendo desde hace varios años: se puede vivir plenamente feliz con muy poco si se tienen las necesidades básicas cubiertas y si se está rodeado de cariño, de paz y de seguridad. Para visitar Cuba, hay que dejar en casa muchos prejuicios y preconceptos. Esto facilita el que se puedan percibir, no sólo el verdadero encanto de su gente, sino sus logros y sufrimientos.

En la segunda parte de esta crónica, compartiré las experiencias vividas en Cienfuegos, Trinidad y el poblado de Cartagena; también arriesgaré algunas conclusiones. Aunque el viaje ha sido breve, las experiencias y los sentimientos son extensos e intensos.

Los invito a ver en el siguiente enlace un video con una crónica del viaje en fotografías, acompañadas con buena música cubana:

* Iliana Restrepo es la Directora del Área de Internacionalización y Escuela de Verano de la Universidad Tecnológica de Bolívar.

Fuente: El Universal

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