Dramas

El dolor de Cora

Cora tiene setenta años y fue una aguerrida militante del partido comunista hasta hace unos años, que se retiró de su empleo como secretaria general del Sindicato de la Industria Alimenticia. Entonces comprendió que su chequera no alcanzaba solo para empezar el mes. No podía comer ideología, ni desayunar tareas, dijo, y entregó el carné del partido para convertirse al cristianismo.

Cora vive sola, su hija Mily se marchó hace años en una balsa para Estados Unidos y su hijo Pipe cumple una condena de treinta años en la prisión de Quivicán por robo continuado. Como la comunidad evangélica de Jaimanitas no tiene casa de culto, ofreció su vivienda y también brindó uno de sus cuartos para que viviera el pastor hasta que encontraran un lugar donde levantar la iglesia.

La fe en Cristo ayuda a Cora a soportar la pesada cruz que son las visitas todos los meses hasta Quivicán, a llevarle la jaba a su hijo, que cada vez cuesta más cara, porque ahora Pipe le pide exquisiteces. Aunque Mily la ayuda enviándole dinero desde Miami, ya no le alcanza, porque el recluso además de los cartones de cigarros y la comida de siempre, ahora le pide dulces en almíbar, quesos, leche condensada, latas de albóndigas de carne, refrescos de latas… En sus llamadas telefónicas le jura que si no le lleva esos pedidos, tiene que ahorcarse.

Los viajes hasta la prisión de Quivicán son un suplicio. Debe trasladare con la pesada jaba hasta la terminal El Lido, en Marianao, y allí tomar un camión que la deja a tres kilómetros de la entrada del penal. Hace poco Cora enfermó y tuvo que buscar a una persona para que lleve la jaba a la prisión. El individuo que se brindó para la faena fue un recién convertido a la fe de Cristo, que era de la peor catadura y apodan en el pueblo peste a perro, que además de la hermandad religiosa, iba tentado por los cinco cuc que Cora paga a quien la supla en su dedicada misión de madre.

Peste a perro contó como testimonio en el culto de la iglesia esa noche, al regresar de la visita, que pensaba haberlo visto ya todo en la vida, pero quedó estupefacto tras cargar con estoicismo el pesado fardo hasta la terminal El Lido y recorrer los tres kilómetros que separan la carretera de la prisión, más que el horror visto dentro de la sala enrejada y los clamores de libertad de los reclusos, la triste realidad y el calvario que está viviendo Cora: aquella jaba de alimentos deliciosos y tan caros que Pipe exige son para pagar a los carceleros y a varios reclusos sus deudas de juego.

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