El deporte en Cuba está perdiendo glamour. Ya no es aquel crucero de placer donde los cubanos descansábamos y encontrábamos muchos motivos para sentirnos bendecidos por haber nacido en este archipiélago. Si uno lo mira bien (al deporte en Cuba), como si fuera un turista deseoso de descubrir su destino, encontraríamos una imagen parecida a de la Habana Vieja en la distancia: un pedazo de ciudad colosal, con un centro histórico alucinante, imponente, pero que si nos adentramos, vemos que buena parte de esa belleza se cae a pedazos.
El flujo de atletas que deciden marcharse para probar fortuna fuera de casa, ahorita se vuelve río y luego mar (las estadísticas van en puro ascenso), porque no solo las estrellas deciden emigrar. Ya hasta los menos dotados, los de menor talento, también recogen sus maletas y dicen adiós.
De ser una potencia en muchos de los deportes más practicados a nivel mundial, hemos pasado a ser una cantera, una empresa de exportación de atletas que cocina y entrega deportistas a la carta.
Por Abraham Jiménez Enoa

Nubes negras en el firmamento del beisbol castrista

Castro no tenía la mínima voluntad de mantener la pelota en el plano de grandeza a que se había llegado; incluso el interés de “los representantes del pueblo” era eliminarla como deporte de amplia demanda y apoyo gubernamental.

En Cuba no se jugó pelota en 1961, fue un ensayo de lo que se pretendía: no preparar más campeonatos organizados por el gobierno ni que utilizaran los medios para su difusión…

¿Por qué desistieron? ¿Por qué abandonaron la idea de imponer el balompié como deporte nacional apoyado y difundido por la dictadura desde aquel momento?

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Béisbol castrista

Fidel Castro jugando al béisbol

Todo fue milimétricamente calculado

Marquetti, Casanova, Muñoz, Legón…eran mejores peloteros que los que desde hace 20 años representan a la tiranía; pero no jugaron nunca contra profesionales, salvo en series demasiado amistosas de las que se aprovecharon para levantar más alto, sin el menor ripio de vergüenza ni de civismo, el estandarte de “el mejor beisbol del mundo”, slogan que solo podía creer y repetir una fanaticada adoctrinada con total desconocimiento de la historia de la pelota cubana y del área.

El beisbol se alzó como un formidable enemigo del totalitarismo capitaneado por el sector profesional que, de inmediato, por presiones de todo tipo, Castro engavetó para siempre arrancándole “la niña de los ojos” al deporte nacional y cegando al público orgulloso del pasatiempo nacional, que pasó a convertirse en furibundo defensor de la campaña ideológica que representó armar un equipo fraudulentamente nacional con dinero del fondo soviético, necesario en otras áreas como la alimentación y enviarlo a ganar eventos sin calidad competitiva contra los peores representantes posibles.

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Cristóbal Torriente

Cristóbal Torriente

El Bambino… de Cienfuegos

Aquel herrero de la Perla del Sur, que atacaba los metales con fiereza, ha sido uno de los más grandes jugadores cubanos de cualquier época. Incapaz de regalar sonrisas insípidas ni desplazarse con la majestuosidad natural y la elegancia de Martín Dihigo, el acendrado azul añil de Méndez, o la descuidada figura de Bombín Pedroso, llegó a la pelota con la fuerza indiscutible del rudo oficio, cual mineros que rompen rocas en las profundidades de la tierra; de ahí la convocatoria a los primeros pininos.

En el juego iba a lo suyo y lo hacía mejor que los demás, sin émulos en la pradera central; lo sabía, pero nadie hubiera podido divisar una figura de mármol fuera del diamante, donde vivió como quiso, o mejor dicho, como pudo hacerlo en un mundo que le había llegado hostil. ¿Quién, sino él, desplazaría a Oscar Charleston hacia el jardín izquierdo en la pelota de los negros? No pocos lo vieron superior. Así lo recordó Martín Dihigo:

“Nosotros nunca le hemos dado a Torriente la importancia que tuvo (…) todo lo hacía bien, fildeaba con naturalidad, tiraba de forma perfecta, cubría tanto terreno como el que más pudiera cubrir y, en lo tocante al bate, ya dejaba de ser bueno para convertirse en algo fuera de lo común (…) yo no le he visto a Torriente alardes de lo inmenso que era como jugador de pelota...”

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Valentín Dreke

Una estrella fugaz.

La vida le fue esquiva a este moreno de facciones bien africanas, que había jugado a la pelota con fuerza de genes ancestrales y, en breve espacio, dejó una huella indeleble entre sus compañeros, los federativos y la fanaticada, ávida de verlo hacer contacto con la esférica y desplazarse a la velocidad de una pantera hambrienta, escapada  del cautiverio.

Se desempeñó, habitualmente, en los tres jardines, aunque a veces se vio en la necesidad de ocupar posiciones del cuadro, donde siempre trató de dar el máximo, para mostrar con orgullo un brazo prohibido desde largas distancias; la gente lo agradecía. Tiraba a la derecha y ocupaba el cajón de bateo a la otra mano, donde solía ganar pasos a los lanzadores en sus desplazamientos hacia la inicial, a una velocidad que le permitía alcanzar bases extras, con el parpadeo de un jardinero rival.

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El Duque ausente

A VER ¿CUÁNTOS DEFENDIERON AL DUQUE? ¿CUÁNTOS LO SIGUIERON TRATANDO?

¿En qué periódico publicaron las entrevistas de Jorge Ebro y otros quedaditos al Duque cuando lo hicieron tierra? ¿Quedaron engavetadas? ¿Acaso ni se pensaron, porque no hubo timbales y existía un carnecito al que se respondía primero que a la familia? Porque esa gente estaba en Cuba.

Y ¿Los fanáticos del hijo de Arnaldo? ¿Cuántos iban al Wajay a apoyarlo en grupo como protesta por haberlo suspendido injustamente?

De esos jugadores-militantes de Industriales, tan “unidores” ¿Cuántos se arriesgaron defendiendo a Orlando en cualquier esquina?

Porque, si querían “unir orillas”, aquí sobran los mensajes y otras faltas de respeto politiqueras e hipócritas con que quisieron representar un sainete conocido, la cosa era ayer y allá.

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Martín Dihigo

Semblanza para un Maestro Inmortal.

Su mirada iba más allá del horizonte, y en ella se dibujaba un rostro de nobleza, hidalguía y, sobre todo, el apego al terruño que lo vio nacer. Montones de arrobas beisboleras arrullaban su cuerpo y él, cual simple mortal, recorría las calles de New York, Matanzas o la capital, con la efigie natural de pelotero bueno que lo acompañó desde los años mozos, hasta la ternura de nietos e hijos en las piernas.

Su vida no se circunscribió al diamante, también disertó en tertulias culturales. El rostro de este hombre aparece en peñas musicales como la del trovador Sirique, hijo de Valentín González, un pelotero de alto nivel en el siglo XIX, de quien había heredado el apodo. A nadie negó un consejo, ni anécdotas de tiempos de glorias, que enriquecerían el acervo cultural de la pelota cubana, y más allá.

Lector voraz de temas disímiles, prefirió hurgar en la historia de su país, quizás para enraizar la autoctonía y mantener la dignidad nacional en cualquier plaza. Martí y Maceo fueron el centro de su atención. De ellos bebió una savia vivificadora de energía, patriotismo y entereza. Algunas peñas llevaron su nombre en pleno apogeo, como aquella de Reina y Belascoaín. A ellas acudió y logró enriquecerlas con el don de la palabra y el respaldo de los hechos.

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Los Orioles, Castro y una historia repetida

Ni jugar ping pong ni jugar beisbol ni jugar “al taco” pueden provocar acercamientos diplomáticos ni relaciones entre dos países que reflejen el gastado “confianza mutua”; sin embargo, la proposición es vieja, el deporte, por ejemplo el balompié, se ha encargado de crear odios y hasta guerras entre algunos países y Centro y Suramérica han sido teatros de esa barbarie.

En 1976, por poco los Yanquis juegan una serie de entrenamiento contra el equipo de Castro y contra los Dodgers de Los Angeles en La Habana; eran los inicios del pusilánime y consentidor Jimmy Carter al frente de este país… De que no fueran se encargó el Comisionado Bowie Kuhn, que autorizaba un All Stars contra el deseo del tirano, que quería a los Mulos en el Cerro para pisotearlos en pleno entrenamiento. Castro también puso su rúbrica en la suspensión de la seriecita al desembarcar sus mercenarios en Angola y reconocerlo abiertamente, a finales de 1975.

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¿Escapan o los envían?

Las dos caras del acontecimiento: ¿Escapan o los envían?

Que un atleta cubano de los deportes béisbol y boxeo decida emprender el camino hacia empeños superiores como profesionales del oficio y triunfe no debe constituir una extrañeza para nadie; históricamente, el nacional de la Mayor de las Antillas fue un elemento indispensable de la competencia en niveles de importancia en estas disciplinas, tanto en el circuito amateur como profesional.

De tal forma fue interesante y decisiva la participación cubana en instancias de primer nivel, que las Series Mundiales de Beisbol Amateur no se hubieran podido desarrollar con éxito cuando se ampliaron y cambiaron de escenario, en 1939, sin la intervención de los atletas aficionados cubanos; las Series del Caribe contaron en tal medida con el beisbol criollo para su éxito que, cuando Castro destruyó el Imperio Regional de la Pelota con sede en La Habana, el evento quedó prácticamente al garete en clase, entusiasmo e influencias, golpeado de tal forma que durante diez años vagó, a pesar de Bobby Maduro, como alma en pena por el firmamento del beisbol invernal confederado.

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Mala memoria y poco tino: Ebro a la carga

A Rey Anglada lo insertaron parcialmente en el beisbol castrista en 1986, cuando le permitieron trabajar como instructor de niños en un área del Cerro.

Para consumar la noticia, la revista Opina le dedicó 3 páginas con fotografías en las que algunos padres comentaban sobre lo felices y complacidos que estaban, porque el ex jugador entrenara a sus hijos.

Nada del lance que lo complicó por arreglos de juegos ni de la suerte de otros del grupo que salieron “limpios” por la puerta que lo hizo el ex segunda base, como José Ramón Cabrera o Jorge Beltrán.

Lo que se comentó fue que “no les pudieron probar el delito”, pero estuvieron casi tres años presos y la tiranía no dio a conocer nunca oficialmente que su tremendo equipo de rastreo se hubiera equivocado, porque esta gente fue investigada por el DTI pero supervisada por el G-2, “por si las moscas y la CIA hubiera estado detrás” con el objetivo de destruir y deslucir las poderosas y flamantes series nacionales…

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Entrevista a Lázaro Valle Martell

El “supersónico” capitalino llegó al medio siglo de vida.

Con su estilo agresivo de lanzar, Lázaro Valle Martell, El Supersónico de la Habana Vieja, marcó toda una etapa desde el montículo en los equipos citadinos.

Poseedor de una recta endemoniada, que sobrepasó las 98 millas, unido a una slider terrible, cosechó resultados impresionantes desde la “colina de los suspiros”.

Sus 654 de promedio de juegos ganados lo sitúan como el octavo de todos los tiempos.

Le encajó a sus rivales 1 351 ponches en solo 1 740 innings. Además de iniciar 209 juegos, relevó en otras 125 ocasiones.

Vigente en la memoria su espectacular juego perfecto contra Corea del Sur, logrado en la Copa Intercontinental de San Juan en 1989, hazaña nunca antes alcanzada por serpentinero cubano, y solo reeditada desde entonces en competencias foráneas por el guantanamero Dalier Hinojosa, en el 2010, frente a los universitarios de Sir Lanka y los mayores de Malasia.

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El estado de opinión negativo y Yasiel Puig

El momento es inmejorable con el seguimiento cansón que le dan al proceso A-Rod, a fin de cuentas, otra tormenta para tapar la letra de Selig porque, si le dejan la sanción en una suspensión de 214 juegos como se comenta, ayudaron al tipo. No es igual suspendido de por vida que un año y 1/3 (acabo de leer que son 211 los juegos).

Cuando no hay moral y se temen represalias con datos comprometedores, “mejor que me calle, que no diga nada” y que aplique una curita de mercuro cromo sobre una herida que requiere de cirugía…

Hay algo más sucio todavía: a Alex lo tomaron como chivo expiatorio de todas las culpas y eso es un golpe bajo, pero hay un detalle, ni Selig ni ninguno de los responsables ha peleado limpio nunca. El tipo es un yankee-roster con mucho dinero ganado y otra buena cantidad por recibir y eso cuenta.

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