Consejos y recomendaciones

Pinar del Río, la cenicienta de Cuba

Artemisa queda atrás, empieza la vuelta abajo, la tierra de la guayabita, del puro cubano. Pinar no es sólo los mogotes de Soroa, no es sólo los cayos exclusivos pa´ turistas, tampoco los cotos de caza que jamás hollaron pasos cubanos. Para conocer esta provincia hay que dejar el traje de habanero o de turista a la entrada de San Juan y Martínez y seguir con el corazón abierto por entre matorrales y vegas de tabacos por caminos de tierra, viaje adentro hacia tradiciones centenares. Conocer los polémicos campamentos, donde lloraron y rieron miles de estudiantes habaneros durante 45 días al año, en un experimento que ha dado bastante que hablar: la escuela al campo. Allí muchos se amaron por primera vez, allí a pesar de un frío increíble se alineaban los muchachos en la mañana a recoger el “libre pié” que más tarde sería capa de puros vendidos a peso de oro en La Habana o París o de contrabando en Washington. Donde muchos aprendimos y llevamos hasta la perfección nuestras habilidades de bailar el baile del casino, que después llamarían en todo el mundo Salsa.

Dejando atrás esos destartalados campamentos hay que seguir rumbo a las no menos paupérrimas casas de los campesinos del lugar, arrimar un taburete a la puerta del bohío y degustar un buche de café como hace medio o dos siglos atrás, pues en Pinar del Río como en toda la república de Cuba también se paró el reloj.

Seguir viaje a través de la cordillera del Rosario y parar a almorzar en casa de algún guajiro y oír las historias sobre su héroe local. Todos te dirán con un orgullo del carajo: Yo conocí a Polo -porque Polo conoció a todos y compartió con todos y también jamó soga como todos, con el fango al pecho por todas esas lomas. Quizás te de tiempo a ver rodar una lágrima causada por su desaparición temprana.

Cuando el sol caliente, en vez echarse una siesta, hay que salir al monte de mangos y aguacates, mameyes y naranjas a descubrir donde el sinsonte pone su nido, a conocer a los chipojos y las iguanas y paliar el calor insoportable en un río perdido en la maleza y después vaciar lentamente la bolsa llenas de “mangos huevos de toro”

En las noches, si es la temporada de pelota, hay que llegarse al estadio Capitán San Luis que no queda muy lejos, a ver jugar uno de los mejores equipos de la historia del béisbol cubano, o disfrutar una andanada de décimas de repentistas locales, (increíblemente desconocidos), en la casa de la cultura del lugar.

La provincia de Pinar del Río ha quedado aplastada tras la mala suerte y la pujanza e imagen de la Habana que impide ver más allá. Los catálogos turísticos (cubanos y no cubanos) la reducen a bobaliconas excursiones de dos horas desde la Habana; si es que no la dejan fuera por completo de la ruta de aquellos que rentan un coche y salen de la capital rumbo a Varadero, dejándola atrás en el olvido.

¿Por qué la Cenicienta de Cuba?

¿Por qué desde la tele habanera se le envían insultos crueles a su gente?

¿Por qué no hay show nocturno en la capital en el que no se hable del tonto pinareño o repita hasta el cansancio aquella anécdota de la grúa dejada dentro del cine?

A pesar del desprecio habanero, la vecina pobre, devuelve a La Habana las mejores hojas del mejor tabaco cosechado en el mundo para que en sus fábricas produzcan puros HABANOS que den aún más renombre a la gran ciudad, nos envían la guayabita del pinar y sobre todo un equipo de béisbol sin el que el campeonato de pelota cubano no sería lo mismo.

Cada cual da lo que tiene.

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