Comunicaciones

Nadie me toma por jinetera

El “chateo” le ha cambiado la vida. Decir “te quiero” en varios idiomas, aprender a navegar por internet y construirse un perfil de “usuaria” es una buena inversión.

Yazmín no hace la calle. Ni se reconoce ejerciendo el oficio más antiguo del mundo. Navega Internet por 10 CUC la hora, en cualquier hotel habanero con ese servicio. Visita webs para encontrar pareja: cibercupido.com, mejoramor.com, y, entre otros, el portal cubano revolico.com, en la sección de Empleo.

El primer paso fue rellenar su perfil en esos sitios y diseñar el de los caballeros que busca, a la medida de sus deseos. Nada de cosas profundas. Ha añadido fotos, que no mostramos aquí por razones de seguridad; en una se hizo retratar semi acuclillada, de espaldas, inclinada hacia delante y volteando la cara con expresión de muchacha ingenua. Con esa dice haber tenido mucha suerte. En el año recibe varios amigos, de diferentes países de residencia u origen. Se quedan juntos unos quince días, para conocerse e intimar. Todos le envían remesas. Ella ha aprendido a decir te quiero en varios idiomas.

La idea se la dio una amiga. Hasta ese momento desandaba El Vedado, La Habana Vieja y las Playas del Este, bajo el peligro de terminar presa por asedio al turismo (figura delictiva creada para penalizar comportamientos como el suyo).

Esta nueva modalidad le resulta más agradable. No se habla de dinero, pero cada cual conoce su papel.

Antes, por 50 CUC la noche, se alquilaba para tener sexo seguro en cualquier variante del Kamasutra criollo. Reconoce que estaba cansada y no veía la ganancia. Ahora, tiene una especie de sueldo mensual y, sobre todo, nadie la trata como a una jinetera. Salvo cuando juega a sorprender a sus acompañantes en el rol de puta callejera. Entonces, se siente una artista.

Luego de que los buscadores de cada sitio ofrecen los candidatos con las características que ha solicitado, se inician las conversaciones por chat. Cuando el hombre viaja a Cuba ella prefiere no llevarlo a un hotel: porque allí no hay comisión.

Yazmín explica que las casas de alquiler que cuestan 25 o 35 CUC (diarios), pagan 5 CUC a cualquiera que lleve a un extranjero, también por cada día. Si van a un restaurant ocurre lo mismo. El santo y seña consiste en preguntar al camarero si hay comisión. (Discretamente, para no poner en sobreaviso al foráneo.) Entonces, el camarero saca otra carta. Un menú diferente. Por cada plato que pidan recibe entre 2 y 8 CUC. Los mariscos son lo más caro. A veces logra irse con 32 CUC solo por aceptar la invitación a cenar. Está segura de hacer feliz a todo el mundo.

Todavía se acuerda del destino de las viejas colegas, que dejó en un sitio llamado Don Pepe; un restaurant ubicado en un ranchón en la playa  de Santa María del Mar, donde ella hacía las noches. La presencia de las muchachas sirve para atraer a los clientes. Todas son muy jóvenes. Si logran captar el interés del extranjero de la mesa vecina, y llegar a un trato, se van al hotel. Aunque ahora a los cubanos les está permitido hospedarse en hoteles, la mayoría de las veces ellas tienen que sobornar a los porteros. Tienen antecedentes penales, por haber sido capturadas haciendo ronda en lugares turísticos. Si se les repite el arresto policial sin lograr franquear el asunto -pagando en efectivo, o en mercancía”-, pueden terminar en una Granja de Rehabilitación, igualmente presas. Yazmín las compadece y le parece haber escalado otro nivel de vida.

Le pregunto si ahorra dinero para invertir en algún negocio por cuenta propia, tal vez una cafetería o una peluquería. Se ríe y pregunta: Niña, ¿en qué país tú vives? No alcanza más que para vivir: comprar aceite, jabón y comer un poquito mejor. Quiere conocer otros países, eso sí. Y si puede conseguir un buen matrimonio será como darse con un canto en el pecho. Ya no le gustan los cubanos, porque querrían vivir de ella o montarle una “escenita de celos”. Tampoco pueden resolverle su problema, afirma.

Cuando lleva los novios a su casa, éstos se fijan en sus necesidades. También con esa táctica les brinda confianza. Sus padres le sirven de coartada, para no verla salir por la noche como hacía antes. Los vecinos del barrio no la recriminan. Al contrario; todo el mundo comprende que son tiempos difíciles.

-¿Que qué buscan los yumas en las cubanas? Pues, no sé. Dicen que somos más calientes. Algunos no han probado antes una negrita–,  dice, mientras hace un guiño sonriente.

Yasmín no renuncia a su trabajo en la recepción de un policlínico. Así se deshace de la mala letra y mantiene la coherencia del guión preconcebido en que se ha ido convirtiendo. También consigue gratis los condones; esa es una costumbre que nunca ha perdido desde que tuvo una infección de trasmisión sexual, curable pero muy vergonzosa, dice.

Después de contarme su historia, me pide que le cambie el nombre. Quiere que la llame Yazmín para no arruinar su papel. También porque, a sus 32 años, no ha renunciado al proyecto de ser madre algún día. Pero no quiere que sus hijos nazcan en Cuba. Esa reticencia a tener hijos en su país natal no obedece -según declara-, a que no esté contenta con su vida. Tampoco es que le interese la política. Es algo, dice, que no sabe cómo explicar.

Sobre la autora:

Lilianne Ruíz - Nací en la Habana el 30 de noviembre de 1976. Terminé el preuniversitario y me quedé con deseos de estudiar Derecho, pero al asomarme a la carrera que alguna vez matriculé, reconocí la abismal diferencia entre lo que yo entendía acerca de la justicia y la historia del pensamiento, y los libros de texto. La abandoné inmediatamente, eso fue en el 2003. Me quedé en la biblioteca de San Juan de Letrán leyendo libros de poesía y mística como si me asomara en un espejo, refugiándome en mi mundo interior sin responsabilidad alguna con la realidad de mi país, como hace tanta gente. Pero cuando me convertí en madre me di cuenta de que la responsabilidad es algo ineludible, y que no quería darle a mi hija mi pasado como su futuro, y que el problema del totalitarismo gubernamental e ideológico en Cuba afecta profundamente la vida espiritual y el destino de cada persona. Por eso me propongo participar del cambio en mi país y trascender las fronteras de mi propio ego en el acto de amar al prójimo como a uno mismo, que enseñan los Evangelios. La fuerza que encuentro, y la esperanza, me la da creer en Dios.

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