Bayam - La religiosidad de la Cuba profunda

La concreción de dos grandes ideas estéticas e históricas inspiraron, en su origen, este ensayo: la de lo real maravilloso de Alejo Carpentier y la de un sistema poético del mundo de Lezama Lima. Ambas ideas son cubanas y americanas; ambas salidas de la cosmovisión martiana del arte y la política, y ambas conducen a una tercera idea, cuya concreción no ha sucedido del todo aún. De esta última, la trascendental, la grandiosa, la que me pertenece a mí, sin obviar las dos anteriores, trata el meollo de este trabajo: Bayam-o: en busca de lo grandioso.

En una de las sentencias martianas más conspicuas se lee: “No es Martí, sino una idea la que llevaremos a Cuba”. Martí se disponía llevar algo a Cuba. No sabemos si era un asombro o una imagen. Pero sí había algo en común: una idea creadora. Tanto idea como asombro e imagen tienen una relación común; proceden del mismo sitio: la imaginación. Pero hay una referencia martiana –véase el texto Hombre de Campo-- que no ha tenido reclamo hasta hoy: “el hombre está dormido; el hombre es una máquina de comer”. Este libro es para llamar la atención sobre ese reclamo.

Para Carpentier puede que esta idea sea un asombro, algo inesperado, real maravilloso; para Lezama una imagen, y forme parte de una era imaginaria. Pero ambas propuestas tienen algo en común: se conceptualizan en símbolos, metáforas y conceptos. Ambas formarán parte de una teoría del arte. E incluso en la concepción martiana existe una conceptualización también: Patria, Revolución, Partido Revolucionario Cubano, independencia, todas forman parte de una ficción creadora. Martí creó una realidad a través de la imaginación; creo un memes cultural y político, Nuestra América, que nos llegara hasta hoy. Carpentier y Lezama crearon su visión de la realidad, pero todas accesibles al hombre dormido. La visión de Martí tenía como propósito realizar un despertar de la conciencia americana. ¿Lo logró? Este libro puede arrojar luz sobre este punto crucial de la cubanía y el ser bayamés.

En todas las acepciones de cada creador, el teórico está separado de la teoría. Pero existe una diferencia entre todas, sutil, pero útil de señalar. Con la imagen se percibe la idea de que la percepción y lo percibido se han vuelto uno; el sueño y la realidad se han fusionado. De súbito parece sacarte fuera de la creación, pero no es real; es sólo una percepción conceptual. Existe en el mundo de la percepción filosófica; no forma parte del mundo existencial, de la realidad misma. Aunque el acto poético de Lezama es de mayor envergadura y creatividad que el de lo real maravilloso, no deja de ser también una proyección del creador.

Con respecto a lo real maravilloso, en “Razón de ser” Carpentier dice: “sólo tenemos que alargar las manos para alcanzarlo”. Hemos leído minuciosamente la novela “El reino de este mundo”, pero Bayam me ha dicho: “ten cuidado con Carpentier, pues es el narrador más perspicaz que la literatura americana haya conocido. Tiene la habilidad, que otros no tienen, de convertir lo irreal en realidad. Su narrativa tiene la fuerza de absorberte y dormirte. Te proyecta con sus personajes y la trama; te identifica con muchas cosas que suceden en ese periodo trágico de la esclavitud caribeña de finales del siglo XVIII y principios del XIX; sufre y te emociona; te hace parte de la novela; te hace olvidar que existes; y en ese olvido se crea la realidad, la que ha estado creyéndose el mundo entero. No es la realidad en sí misma la que se está viviendo, sino una realidad inventada; inventada porque el lector se ha identificado con la trama, los símbolos, las metáforas, el lenguaje. Tengamos cuidado, pues Carpentier es un verdadero creador; un inventor de realidades. Te lleva hasta el límite del abismo y magistralmente te devuelve a tu pasado. Te hace creer que lo narrado es la realidad”.

La idea de “alargar las manos para alcanzarlo”, para alcanzar la realidad, lo real maravilloso, demuestra que aún la realidad está separada del creador. El creador ha tenido que crear esa realidad basándose en hechos históricos, en hechos irreales, usando el pasado porque todo lo que se produce en la historia es una proyección, un sueño, una invención de la realidad. No es que la realidad no exista; la realidad está ahí, pero el creador ha pensado esa realidad; la ha creado desde su sistema de creencias, conceptos y filosofías.

En verdad, el creador no ha mirado, no ha visto la realidad, sino la ha soñado: lo separa una distancia; hay una lejanía. En ese alargamiento se percibe el tiempo; y tiempo conlleva a pensar, reflexionar y crear cosas. En ese alargamiento aparece el espacio de la creación, lo cual permite que las creencias funciones y sirvan de mediadoras entre la realidad y el sujeto. Pero nunca de ese modo se estará en contacto directo con la realidad, porque el amor no ha aparecido, la fusión entre el observador y lo observado está ausente. Por eso Bayam insiste en que el sistema poético del mundo de Lezama es de mayor envergadura que el del Carpentier. Lezama ama la realidad a través de una concepción poética. Aun en esa concepción amorosa de la realidad, la imagen, el súbito, la vivencia oblicua, se convierten en conceptos y permanecen como elementos de la poética del espacio y el tiempo.

La tercera idea casi no es una idea por decirlo de algún modo; no constituye un cuerpo teórico-filosófico y una teoría del arte. Pero aun así, lo subjetivo sigue siendo un fenómeno, un objeto subjetivo. En esta propuesta, la visión es sin límite donde el sueño y la realidad se pueden –y esta es la búsqueda-- volver uno.

El título de este trabajo era Bayam-o, con un subtítulo: En busca de lo maravilloso. Separamos la palabra Bayam-o con un guión a propósito de señalar algo: deslindar dos realidades. La real Bayam de la irreal Bayamo. En busca de lo maravilloso viene dado por la percepción de Bayam, de lo real. Lo que equivale a decir, también, de la irrealidad que emana de Bayamo, cuya manifestación como geohistoria y cultura ha emergido a lo largo de los siglos.

Lo maravilloso que expresaba ese subtítulo no era la percepción de lo real maravilloso contenido en “El reino de este mundo”. Era lo maravilloso, la beldad en el sentido estético que yace oculto en el otro mundo, en el mundo de Bayam. No sólo es un asombro, no es una sorpresa únicamente, no es algo improbable e inesperado justamente a lo que nos enfrentamos; ni siquiera es una imagen tan solo. Lo maravilloso a que se refiere este trabajo es algo más que un concepto, es una revelación. No hay forma de expresarlo, pero Bayam-o es una simbiosis simbólica, una metáfora de lo inexpresivo, una referencia de la realidad. No hay que alcanzar esa realidad como expresa Carpentier, porque nunca ha estado fuera de nosotros. Sólo hay que descubrirla en ese olvido, en ese juego de proyecciones y ficciones.

La propuesta es una búsqueda de lo inexpresivo, del alma bayamés, de Bayam, en el mundo de lo expresado, de la historia y la cultura del pueblo de Bayamo. Martí tiene algunas referencias en varias partes de su obra a lo maravilloso como revelación. Martí no se asombra ante esa realidad que se le revela. Su conciencia lo sabe, pero él, el ego, lo ha olvidado. Ante ese olvido Martí se detiene; no proyecta nada, no crea nada, sino asume la realidad sin dualidad. En ese lugar el conocedor y lo conocido han desaparecido; no hay nadie que mire, nadie que interprete, nadie que conceptualice. Sólo la conciencia queda. El observador y lo observado se han fusionado, se han diluido en la maravilla. Martí dice: “La única verdad de esta vida y la única fuerza es el amor”. La única verdad es el amor… ¿es que no existe otra verdad? Martí está en lo cierto; sólo el amor existe como única verdad, como única realidad. El amor es el único asombro, la única maravilla, pero no puede ser expresado directamente. Esa es la paradoja de la escritura martiana. Se trata de un hombre que ha hallado algo, pero no lo puede expresar del todo. Tiene que recurrir a una invención.

En su ensayo de 1878, “Poesía dramática americana” –de escritura esotérica--, Martí lo deja indicado de un modo magistral:

“Yo traigo aquí conmigo no contados cuentos, no descritas guerras, no pintados caracteres, no revelados lánguidos amores. Yo también tengo, como los moros de la Aljafería, como los jardineros de la Alhambra, mis lindas cautivas, mis rudos herejes, mis doncellas heridas de amores, mis historias de maravillas increíbles, de misteriosas fugas, de mágicos rescates. Tengo bajo el cielo vasto un mundo Nuevo”.

Martí se refiere a una realidad no conceptualizada, sino dramática, poética. Lo que Martí dice sobre esas maravillas increíbles no es toda la verdad, no es todo el amor. Son “misteriosas fugas“. Todo lo que se diga acerca del amor será una invención, una filosofía. Por eso tiene que acudir a la poesía dramática, tiene que ser de “mágicos rescates”, tiene que fundirse con esas maravillas para indicar algo, para señalar ciertos fragmentos de esa totalidad.

En lo real maravilloso, el mundo persiste. El observador y lo observado están separados. Ti Noel tiene su propio mundo, el mundo de la esclavitud y la rebeldía; Mackandal tiene su propia visión del mundo, de magia, leyendas y mitos; Bouckman tiene su propio mundo antiesclavista; Henri Christopher vive en su propio mundo de rey y dictador. Ellos son todos creadores de su propio mundo, pero de un mundo aparentemente maravilloso, real. Este mundo no es real, sino una construcción de cada mente, de cada ego, de cada individuo. La realidad que se construye no es tal realidad, no es maravillosa, sólo aparenta serlo. Por eso es que lo real maravilloso se convierte en una teoría literaria, en un modo de conocer el mundo, de conocer a Bayamo, de lo irreal.

Sin embargo, lo grandioso no será un modo de conocer, una teoría a construir. Lo grandioso es el modo de existir, el modo de Bayam. Con Bayam, Bayamo se hace grandioso; trasciende la política, la cultura y llega al mismo fondo del alma bayamesa. Esa alma es la expresión última del amor, del despertar del que habla Martí.

Todos los personajes de la historia bayamesa tienen su propio mundo; viven lo real maravilloso; viven también el asombro y también lo irreal. Cuando algo no encaja con su sistema de creencias se asombran, le resulta inesperado, sorprendente, inusual. Y esa es la constante en América, en Cuba, en Bayamo. El ser bayamés vive en el asombro, lleno de angustia ante un hecho fatídico: todo le va pareciendo ilógico.

El asombro no es más que un proceso ilógico que se introduce como formando parte de la lógica, de los sistemas de creencias. Se convierte en un concepto, forma parte ahora de su mundo. Lo que antes era del otro mundo, ahora pasa a formar parte de este mundo, del reino de este mundo, de la concreción fenomenológica. Qué extraño. Eso fue lo que le sucedió a Ti Noel; es simbólico lo que dice Carpentier: fascinado ante un mundo inusual, que no correspondía a su sistema de creencia, a sus conceptos, de repente es devuelto a su sistema de creencia. Un latigazo en el lomo lo devuelve a su pasado de esclavitud. Es como si Ti Noel fuese expulsado del Jardín del Edén.

Cuántas veces el bayamés es devuelto nuevamente a su sistema de creencia y sacado de Bayam. Hay un sistema de creencia que los define. Carlos Manuel de Céspedes viaja a Europa y trae consigo un sistema de creencia determinado desde el cual intenta mirar el mundo Bayamo, pero de repente se da cuenta que muchas cosas no encajan, le parecen ilógicas respecto a su modo de ver. Entonces trata de imponerse. Lucha e impone su voluntad de poder. El tiempo que transcurre lento, lo hace más dinámico. El tiempo óseo lo ocupa. La naturaleza que le parece viva, la mata; en fin, se encuentra con una mentalidad y una realidad que trata de alterar, de cambiar de acuerdo a su modo de pensamiento. Y lo logra. Crea su propio mundo que se convierte en una nueva realidad. La realidad emana de la creación, de la construcción mental. Lo real maravilloso expresa esa creación.

Leonardo Padura tiene razón cuando dice en su trabajo crítico “Lo real maravilloso: creación y realidad” que lo real maravilloso se aproxima a un concepto, a una concepción filosófica, a una teoría del arte, “a una relación dialéctica impostergable entre praxis e imaginación poética, entre realidad y creación”. Claro está, Padura pierde de vista el hecho mismo de que esa creación forma parte del mundo irreal del artista y sus personajes. Viéndolo desde los cuerpos sutiles, desde el cuerpo mental, lo real maravilloso confunde la imaginación con la realidad. Están tan próximos que realidad e imaginación artística se confunden como no dual. Aparenta ser una misma realidad, pero no lo es. Con lo real maravilloso el artista tuvo la libertad absoluta de crear. El asombro se convertirá en el concepto de su creación. Aún es un espejismo, una ilusión que se proyectará como teoría del arte.

De modo que hemos utilizado la palabra maravilloso para designar la auténtica realidad, ya cuando el velo del maya ha desaparecido. Ese maravilloso, del cual Martí hace varias regencias en su obra, es la realidad, sólo que aquí no será una creación, sino la búsqueda de eso real que yace oculto en lo irreal del mundo maya. Martí lo nombra en su célebre Prólogo al “Poema del Niágara” como la maga del tiempo.

El Bayamés construye su realidad ante el asombro del Cauto, de la vegetación y las relaciones patriarcales. Un hombre que viene lleno de ideas instrumentistas o esotéricas proyecta una realidad diferente. Crea una realidad en el lienzo de otra realidad. Refaccionara e hipotecara ingenios; aplicará trabajo asalariado; arrendará tierras, pero fracasará. Aplicará toda una jurisprudencia económica capitalista, pero fracasará. Creará una especie de aristocracia, pero será irreal. De ese fracaso nace el poeta. La poesía es una vuelta al asombro.

De ese choque de mundos surge la angustia y con ello la esperanza. Se sienten como arrojados a un nuevo mundo que no conocen, que le resulta ilógico, pero albergan la esperanza de adaptación, de sostenerse. Esa adaptación crea tensión; crea el mundo irreal de querer ser, ser bayamés. El mundo que mira es real, pero desde donde lo mira es lo irreal. Se tienen que convertir en poetas, de lo contrario se anularán. Su sistema de creencia es irreal porque no proviene de su ser, no es suyo, sino de la historia, del pasado, de la tradición. De ahí que se asombre también de tantas maravillas bayamesas, pero de pronto lanzado al olvido nuevamente.

¿Por qué ese asombro? No hay por qué. No existe causalidad en ello porque los personajes quedan anulados de repente. De repente existen y el proceso del pensamiento cesa. El sistema de creencia a que pertenecen no encuentra referencia en lo que ven. Pero el miedo ante ese mundo maravilloso los devuelve de nuevo a lo que son: creadores de realidades. Entonces surge el dilema bayamés: el ser bayamés se va haciendo de asombro; va constituyendo su propia creencia de asombro, de lo natural, de su identidad. Ese es el aporte de América al mundo. Se va constituyendo de asombro hasta que un día se enreda con la realidad para siempre, hasta que un día el bayamés se topa definitivamente con Bayam. ¿Cómo? No se sabe. Todo eso pertenece a lo maravilloso, a lo incognoscible, al misterio que ofrece la vida. Sólo un poeta podrá tener atisbos de esa experiencia.

En el acápite “De los poetas” del libro “Así habló Zaratustra”, Nietzsche dice:

“Desde que conozco mejor el cuerpo --dijo Zaratita a uno de sus discípulos-- el espíritu no es ya para mí más que un modo de expresarse; y todo lo imperecedero es también sólo un símbolo. Esto ya te lo he oído decir otra vez, respondió el discípulo; y entonces añadiste: mas los poetas mienten demasiado. ¿Por qué dijiste que los poetas mienten demasiado? Sin embargo, ¿qué te dijo en otro tiempo Zaratustra? ¿Que los poetas mienten demasiado? --Más también Zaratustra es un poeta. Nosotros sabemos también demasiado poco y aprendemos mal: por ello tenemos que mentir. ¿Y quién entre nosotros los poetas no ha adulterado su propio vino? Más de una venenosa mixtura ha sido fabricada en nuestras bodegas, y más de una cosa indescriptible se ha hecho de ella. Y todos los poetas creen esto: que quien, tendido en la hierba o en repechos solitarios, aguza los oídos, ése llega a saber algo de las cosas que se encuentran entre el cielo y la tierra.

Una extraña afirmación, pero significativa. Esa ha sido también, a mi modo de ver, el ímpetu con que Lezama abordó su sistema poético del mundo. Lezama debió tropezar con la belleza de la poesía, con esa cualidad del mentir. Lezama debió mentir demasiado. Y es que ese mentir se convierte una metáfora de la ficción, de la imagen, de las eras imaginarias y de la experiencia, traducidas por sus detractores como irracional, ilógica. ¿Cuántas bellas mentiras aparecen en su excepcional novela Paradiso? No existe un poeta en el verdadero sentido de la palabra que no haya mentido, que no haya convertido sus afirmaciones en metáforas. En esencia, parece que la poesía, el conocimiento poético, es un modo de mentir pero de singular ayuda para dar entender cosas que están fuera del alcance del conocimiento científico. Como este mundo está hecho de pura racionalidad, la poesía ha perdido su encanto. Entonces, cómo hablar del mito, de la leyenda, del cuento, de la belleza que constituye la historia bayamesa. ¿Cómo la racionalidad puede entender ese mito, el misterio que subyace en la estructura temporal de la historia bayamesa?

No hay posibilidad de entender el mito sin mentir, sin la poesía. Ello se convierte en una herramienta de inestimable ayuda.

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