Artículos relacionados con la emigración

El patito feo

Mami :

Llegué a Madrid con la emoción intacta. Desde que salí de Cuba tú ya sabes que venía con el corazón en un puño. Nada más bajar del avión el aire me pareció diferente, me entró un frío seco así por dentro; yo creo que era el miedo enmascarado de no saber dónde había caído. Lo único que me reconfortaba era pensar que el abuelo salió de aquí un día con menos de lo que yo traigo y en un barco de vapor, mi viaje tardó ocho horas y el de ellos tres meses y una semana.

En el aeropuerto, mami, yo era la de peor vestimenta. Acá la gente va muy bien vestida, imagínate que todos parecían que iban de fiesta y yo con mi ropa malita me sentí inferior. Te juro que no sabía dónde diablos meterme. Al pasar el control en Cuba me preguntaron lo mismito que me dijo Abelito, que si los planes que tenía, como había conseguido el contrato de trabajo, si no me iba en el período señalado quedaría ilegal y eso supondría lo último... pero la policía de aduana ya en España con una educación que tú ni te imaginas, me dijeron todo por favor, y con tremenda amabilidad, yo no pude imaginarme un policía cubano metido en aquel cubículo dando esa información con tanta diplomacia. Y para serte franca, no me gusta ser vulgar, pero esto a ti si te lo puedo contar: yo creo que les hubiese gustado saber hasta de que color traía el blumer, por educación no lo hicieron y porque acá la gente no está para perder el tiempo. Mami, en definitiva esto es Europa y hay mucho que comparar, fíjate lo que te digo y eso que no he pisado nada más que el aeropuerto

Acá la gente camina y camina, como si tuvieran prisa para ir a los lugares de destino; nadie ve a nadie, miran hacia el suelo. ¿Pero no decían que España y su gente eran parecidas a Cuba?¿Cómo serán entonces países como Suecia, Noruega o Alemania?

Conecté con el otro avión que me llevaría a Galicia, un vuelo de Iberia en el que tenías que pagar la comida y bebida; fueron casi tres horas en eso, hasta la salida del vuelo y otro tanto más de trayecto. Del frío ni te quiero contar, la chaqueta tuya que llevaba puesta era como no tener abrigo. Sentía el cuerpo helado como quien vive permanente dentro de un aparato de aire acondicionado, o arriba del pico Turquino en cueros.

Salí de aquel aeropuerto, cargada de bultos. Yo no se ni por qué te hice caso, ¿a dónde voy con tanta bobería a cuestas? En la calle los carros iban y venían a gran velocidad, la sensación que concebí fue estar en una jungla. El olor que salía de las cafeterías era como el olorcito a comida calentica que tu haces en la casa, pero ni pensar en sentarme a comer algo; metí la mano en el bolsillo como buscando lo que no tenía. Cuánto hubiera dado por descansar en una de aquellas cafeterías a tomar tan solo un café.

En el bolso llevaba la dirección de nuestros parientes. Pregunté a una señora de limpieza y ella me dijo que Salvaterra de Miño estaba a unas tres horas de carro, coche como dicen ellos. Los taxis están en la puerta, casi como queriendo meterse pa`dentro y en fila igual que en el aeropuerto de Cuba, pero acá nadie los dirige, ellos tienen su propia disciplina y saben bien a quien le corresponde el turno. Me acerqué a un chofer de unos cuarenta años, le pregunté por el lugar y el precio, y lo que te puedo decir es que con lo poco que yo traía, al cambio en euros, no daba ni para empezar. Desistí, y me fui debilitada para la parada de la guagua. Imagínate, se hacían las dos de la tarde y yo sin echar nada a la boca y sin salir del aeropuerto. Por fin pude subirme a una guagua, mami, una de verdad, con aire acondicionado, grandota, con sillones igualitos a los sofás que hace Mayito pero en versión original; cada dos metros había un timbre para pedir la parada y otras cosas que no te cuento para que no te de rabia mañana al subirte al camello pa`l trabajo.

En la guagua sentí que todos me miraban. No era cierto, era ese jodido complejo que yo traigo de pensar que soy inferior, por venir de donde vengo. No han pasado sino pocas horas y ya los extraño con la vida, me siento como el patito feo del cuento.

(En el futuro, Claudia, se daría cuenta de que ella no era tal patito feo y que los demás estaban lejos de ser cisnes, eran seres tan iguales y tan desgraciados como ella, o más...)

Mami, aquí lo que se habla es gallego, nada de español, yo no entiendo nada, es como estar en otro país dentro de la misma España. Si no es porque llegué a Madrid, hubiera dicho que aterricé en otro lugar menos España. Mira que una viene desinformada, coño si hubiera hecho caso a Minerva y hubiera leído aquel libro de gallegos hoy no estaría tan perdíaa...

Tuve que hacer dos cambios de guaguas, pero eso no me cansó, más bien me dormí a ratos y soñé con ustedes. Pasé por pueblos y ciudades donde las calles estaban limpias, limpios los propios latones de basura, y mami, las carreteras sin baches; parecía que íbamos derecho a la gloria, ni un solo hueco, una maravilla para los riñones maltratados. ¿Te acuerdas de la Fuente Luminosa de la Ciudad Deportiva? Acá es a lo grande, una pila de carriles más y todo los carros incluida mi guagua van por su sitio, y da la sensación de ir en vez de sobre ruedas, por la vía de un tren con la mayor de las disciplinas.

El pueblo de los parientes no era muy grande - sí lo era la ciudad de Pontevedra - pero aún siendo chico daba buena impresión. Lo más lindo, la iglesia en el centro del pueblo, cerca de un puente que cruza el río Miño. Al otro lado ya es Portugal. Había una lanchita como la de Regla que llevaba a la gente de un lado a otro. Las casas amplias, pintadas y uniformes, aunque para mi gusto vestidas en demasía de colores grises; daban sensación de desánimo. Algunas se veían húmedas, cobijadas bajo unos tejados negros que recordaban los cuentos de brujas. Bordeando el río, una avenida grande con árboles en línea recta, parecía un cuadro lindo de esas postales que uno veía de la Unión Soviética. En una cafetería había cuatro o cinco ancianos echando la partida de dominó y me acordé de papá, con su pulóver rojo de los domingos y la gorra de los Marlins que le regaló Luisito. Algunos me miraban y me sonreían; eso me llenó mucho de satisfacción y me fortalecí creyendo que acababa con toda esa cantidad de complejos y manías que yo traía. Pero al ratico ya estaba pensando otra vez y con la duda, ¿aquellas sonrisas gratuitas serían de lástima?

- Mira que yo soy comemierda - debieron serlo, por el poco abrigo que yo tenía y la que estaba cayendo, lloviendo y sin paraguas....

Caminé una media hora pues resulta que ellos no viven en el centro del pueblo sino en una aldea próxima donde lo más que hay son ocho o diez casas y todos son familia. Por aquel camino fui contando los pasos; eso no me dolía, más caminaba yo cuando la 15 me dejaba botada. Lo que me dolía era el estómago pues aquel dolor del vientre no se me quitaba; estaba muerta de miedo por las novedades. Iba pensando cómo me iban a tratar, tan solo dos cartas en estos años y yo aquí de improviso a verlos. Mami, yo iba muerta pensando si me aceptarían o no, claro está, ya sabes esa creencia gallega que todos los cubanos venimos buscando las herencias de los antepasados y exigiendo lo nuestro. ¿Cómo hacerles creer que yo no quería nada de eso, que lo que buscaba era un lugar donde llegar, para con un empujoncito buscar yo solita lo mío? Si esta gente no me recibía, ¿dónde iba yo con veinticinco euros? Ahora me doy cuenta de lo guapa y atrevida que soy, y loca....

Llegué al número 21. La casa no se diferenciaba mucho de las otras: tenía un jardín delante con rosales de varios colores, las ventanas eran de aluminio blancas distribuidas con un diseño de cristal a cuadritos, y el suelo, de baldosas como de barro, a concordancia mucho con el paisaje. Una pequeña escalera a un lado, con una baranda preciosa de color claro que daba a un garaje. Había un perro echado delante pero ni me miró al pasar por su lado. El frío hizo que tocara el timbre rápidamente; yo hubiera querido, con calma, hacerme un poco a la idea.

- Buenas tardes, - me dijo la señora vestida de negro que me abrió la puerta. Tendría unos sesenta y tantos años, de piel muy blanca y expresión bondadosa. Tenía mirada de gente feliz, o por lo menos satisfecha.

- Buenas, yo quisiera hablar con Estrella Piñeiro.

- La misma – me respondió. ¿Y usted quién es?.

- Señora, francamente creo que es una historia muy larga. pero con mi nombre y mis señas se que algo debe imaginarse. Soy Claudia Piñeiro Ortiz, vengo de Villa Clara, Cuba. Soy descendiente de la otra familia que su abuelo hizo en Cuba, mi mamá Araceli se escribió con usted hace unos diez años, más o menos...

Se le notaba sorprendida pero mientras yo más hablaba y más apurada me veía, más confianza creía que le iba inspirando.

Estrella, no obstante, se quedó pensando como quien visita su propia memoria llena de recuerdos y me dijo:

- Sí hija, sí, entra - e hizo finalmente un gesto con el bastón que tenía en la mano para que atravesara la puerta.

Mami, en esa mujer te vi por momentos a ti, ¡como se parecen!

Ella se sentó en un sillón y en el otro yo y empezó a contarme las penurias que su abuelo había dejado acá a su abuela, de su mísera cobardía y del abandono tan cruel a una esposa con cuatro hijos, sin mandarle ni siquiera para comer.

- Se acomodó a su nueva familia en Cuba mientras aquí mi madre y sus hermanos pasaron más hambre que los perros de la calle. De niña oí a mi madre contar de su infancia, y créeme, fue duro aquello. No es grato recordar ahora, prefiero morirme sólo con los recuerdos agradables en mi corazón lo otro lo he desechado hace mucho.

Cuando me hablaba lo hacía con pena, mirando al suelo y en una ocasión se secó las lágrimas que de forma natural se le escapaban. Yo me sentía como una intrusa y hubo un momento en que quise salir huyendo de allí, pero no me reprochó nada, me preguntó mis intenciones, mis proyectos, el motivo claro de mi viaje y en que situación económica estaba. Yo fui sincera como ella lo estaba siendo conmigo; hasta eso le agradecí; Estrella desde el principio fue honesta y clara y yo le correspondí.

Saqué de mi maletín las cinco cartas manuscritas del puño y letra de mi bisabuelo, las cartas que su esposa cubana jamás le puso al correo, engañándolo, haciéndole creer que su familia en España las había recibido.

Le pedí perdón por lo que ella hizo; no tuvo derecho a guardarse esas cartas. Si al viejo le nació escribirlas ella debió mandarlas y no guardarlas en lo más hondo de un baúl. Le dije que si en algo la podía reconfortar yo se las entregaba. Ella deshizo el nudo y una a una las fue leyendo. Entrada ya la noche la mujer seguía mirándolas una a una y tocándolas con la palma de su mano, como quien toca el rostro de una persona, ligeramente, rozando la mala y pobre letra de un hombre arrepentido pero tocado por los caprichos del destino. En las cartas le pedía perdón a su esposa y a sus hijos, un perdón suplicante: un hombre partido en dos mitades y destrozado por la distancia y esas dos familias que eran la suya.

En ese momento yo no pude pedirle nada a aquella mujer. Mi orgullo y mis valores pudieron más que la necesidad. No me importó dormir debajo de un puente porque esa mujer no merecía ver mi cara todos los días y tener que recordar la misma historia, así que le dije:

- Siento una gran vergüenza al estar hoy aquí delante de usted, en su casa. Debí haber meditado más esta locura mía de aparecerme acá. No puedo pedirle que me ayude ya que mi familia perdió ese derecho al ocultarle a ustedes estas cartas. Señora, buscaré otro sitio a partir de mañana,

Me miró a los ojos y con la cartas en la mano, oí su voz confusa y dolida:

- ...Claudia, así te llamas, verdad? Para que veas que yo no heredé ningún rencor, he decidido - y espero no arrepentirme mañana cuando me despierte - que voy ayudarte en todo lo que esté en mi mano. Aquí está mi casa: soy pensionista, es decir, no tengo gran cosa. Ahí tienes un cuarto, tendrás que ayudarme con los gastos de la vivienda. Solo te pido que respetes mi hogar, mi forma de vivir y mis manías de vieja. No me engañes, y demuéstrame lo que tu familia no ha sabido demostrar hasta ahora. Lucha y trabaja, y lo demás vendrá solo.

Mami, aquí acaba mi carta. No la quiero abultar con muchas hojas, que tú ya sabes lo que pasa con el correo. Da gracias que caí de pie.

Los quiero.

Claudia.

0
0
0
s2sdefault

Escribir un comentario

NOTA IMPORTANTE SOBRE EL USO DE LOS COMENTARIOS:
Por favor, recuerde que los comentarios son comentarios no un consultorio, es decir, si usted tiene algún tipo de consulta que realizar, hágalo en nuestros foros, (http://www.conexioncubana.net/foro) allí siempre hay personas dispuestas a ayudar.
Gracias.


Código de seguridad
Refescar